Amador Fernández: “Cuando se trata de enfermedad o muerte, la sociedad mira para otro lado”

  • El superior provincial de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios habla con Vida Nueva con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo
  • “Las personas necesitan empatía y ternura, gestos que le hagan cercana la experiencia del Dios que es Amor”

AMADOR FERNÁNDEZ

Amador Fernández es el superior provincial de Castilla de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo habla con Vida Nueva acerca de la experiencia que le ha dado el carisma de su congregación situándole, a lo largo de los años de su vocación, al lado de los que sufren el dolor de la enfermedad.

Y es que la Pastoral de la Salud en los centros de la Orden Hospitalaria está contemplada como parte del “modelo de atención integral, ofreciendo a los enfermos y a sus familias la posibilidad de cuidar su dimensión espiritual y religiosa, tanto si la enfermedad se vive desde un horizonte de fe como desde otras posiciones existenciales”.

Todo ello sin olvidar aspectos como “la cercanía, la ternura y la gratuidad”, que son precisamente en los que más insiste el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de este año.

PREGUNTA.- La Iglesia lleva mucho tiempo haciendo algo que la bioética se está planteando recientemente, que es el acompañamiento a los enfermos, ¿cómo se vive esto desde la fe?

RESPUESTA.- La preocupación por humanizar la atención de las personas enfermas ha estado muy presente en las últimas décadas en ámbitos diversos, y hay que alegrarse por ello. La atención integral, que contempla a la persona en todas sus dimensiones, va poco a poco penetrando en todo el entramado, institucional y personal, del cuidado de la salud.

La Iglesia, presente siempre en el mundo de la salud, ha contribuido de forma extraordinaria a mantener en equilibrio las diferentes dimensiones del arte de curar y cuidar. Hay que ofrecer a la persona enferma los mejores medios para su curación, pero sin olvidar en el proceso aspectos tan importantes como la cercanía, la ternura, la experiencia de fe, el sentido de la vida, el horizonte de trascendencia, la gratuidad.

P.- En procesos de enfermedad no sólo el paciente necesita atención, sino también sus familiares, ¿cómo se puede ayudar a estas personas desde la pastoral?

R.- Especialmente cuando se trata de una enfermedad grave, que nos sitúa ante la fragilidad y finitud, con la muerte tal vez en el horizonte, la familia y el entorno más próximo del enfermo se ve profundamente alterado, y el acompañamiento espiritual puede ser de gran ayuda.

Los agentes de pastoral de la salud son conscientes del bien que se puede hacer a quienes acompañan a los enfermos, mostrándose cercanos a su preocupaciones, temores y cansancios, sosteniéndolos en su esfuerzo por cuidar y acompañar a su familiar enfermo. La palabra y el gesto amable, el diálogo sereno, la oración, la presencia silenciosa, contribuyen a que en este camino difícil de recorrer no falten la fortaleza y la paz.

P.- Bajo su experiencia, ¿afrontan de la misma manera la propia enfermedad los niños y jóvenes que las personas adultas?

R.- Como todas las realidades que acompañan nuestra vida, la enfermedad es percibida y afrontada de manera diversa según el momento en que aparece en nuestra existencia. En la edad adulta se tiene más conciencia de la fragilidad, el horizonte del final de la vida está más presente, la vida se ha ido cargando de experiencias, y es bastante frecuente que ante la enfermedad se muestre una mayor aceptación y serenidad.

En la juventud la percepción del enfermar es tal vez más dramática, porque trunca proyectos, y nos enfrenta con los límites cuando no estamos todavía preparados para asumirlos. Los niños valoran sobre todo sentirse acompañados por su familia y por los profesionales, y a veces dan prueba de una fortaleza y capacidad de lucha que sobrecoge y emociona a quienes están cerca de ellos en la enfermedad.

P.- Como sociedad, ¿estamos concienciados con el sufrimiento de los enfermos o nos hace falta que nos toque de cerca para entender lo que supone?

R.- Cuando se trata de la enfermedad, de sufrimiento e incluso la muerte, nuestra sociedad mira para otro lado. Se trata de  una cuestión ampliamente estudiada y puesta de manifiesto desde diversos ámbitos (antropología, sociología, pastoral). Para una sana vivencia de la enfermedad es necesario asumirla como parte de la vida. Y acompañar a quienes la padecen es, sin duda, la mejor “escuela” para vivir esta experiencia -ciertamente negativa, pero también profundamente humana- como oportunidad de crecimiento y superación.

P.- Si pudiera dar un mensaje a todos los que estén pasando por un proceso de enfermedad o que lo estén viviendo a través de un familiar, ¿cuál sería?

R.- Creo que es importante dejarse curar y cuidar. Esto implica recibir con agradecimiento el apoyo profesional, que en general y refiriéndonos a nuestro contexto, es hoy de gran calidad. E implica también dejarse acompañar en otras dimensiones que la enfermedad, como hecho humano, conlleva: espiritual-religiosa, relacional, emocional. Transitar solos por el tramo de la existencia marcado por el dolor es mucho más difícil que hacerlo sabiéndose acompañados.

La dimensión espiritual, y dentro de ella la experiencia de fe, genera un espacio de confianza en el que la persona enferma encuentra recursos para afrontar la enfermedad de una manera sana. Más que un discurso sobre el misterio de la enfermedad y del sufrimiento, la persona enferma necesita y agradece empatía y ternura, gestos que le hagan cercana la experiencia del Dios que es Amor, del Dios que en Jesús pasa por el mundo haciendo el bien y curando.

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Actualizado
11/02/2019
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