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Libros

‘Dios sin Dios. Una confrontación’


Un libro de Javier Melloni y José Cobo (Fragmenta Editorial) La recensión es de Luis González-Carvajal Santabárbara

Dios sin Dios. Una confrontación, Javier Melloni y José Cobo (Fragmenta Editorial)

Título: Dios sin Dios. Una confrontación

Autor: Javier Melloni y José Cobo

Editorial: Fragmenta Editorial

Ciudad: Barcelona, 2016

Páginas: 176

LUIS GONZÁLEZ-CARVAJAL SANTABÁRBARA | El título de este libro podría hacer pensar en una confrontación entre una persona creyente y otra que no lo es, pero en este caso la confrontación es entre dos creyentes, amigos desde la infancia y ambos de espiritualidad ignaciana: jesuita el primero (Melloni) y padre de familia el segundo (Cobo). ¿Qué es lo que confrontan entonces? Dos modos diferentes –muy diferentes, incluso– de entender la fe cristiana. Lo hacen a través de siete temas: la revelación, la cristología, el mal, la vida en el Espíritu, el silencio, la Palabra y la acción.

Si, para caracterizar esos dos modos diferentes de entender la fe cristiana, recurriéramos a las tipologías manejadas por los especialistas en diálogo interreligioso, podríamos decir que la postura de Cobo responde con bastante exactitud al modelo exclusivista y la de Melloni al modelo universalista: “Después de las exploraciones que he hecho en estos últimos años en el campo interreligioso –explica este último–, ha crecido en mí la convicción de que la zarza que arde en el Sinaí es la misma que quema en el Himalaya, en las selvas del Amazonas y de África, en la taiga de Siberia o en las piras de la Europa prerromana” (p. 137). Pero no se trata de un universalismo indiscriminado, sino –como diría Torres Queiruga– asimétrico: “Confesamos que todo esto ha pasado plenamente en la persona de Jesús de Nazaret, pero ¿es necesario afirmar que haya sucedido únicamente en él?” (p. 53).

Siendo ambos amigos y de espiritualidad ignaciana, sería lógico esperar que vamos a asistir a un diálogo de guante blanco, por aquello de Ignacio de Loyola: “Todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y, si mal la entiende, corríjale con amor, etc.” (EE 22). Pero tampoco en este caso acertaríamos. Melloni sí procura casi siempre “salvar” las proposiciones de su interlocutor, pero si diéramos por buenas las valoraciones de Cobo, deberíamos concluir que Melloni ha adquirido méritos sobrados para entrar en el libro Guiness por batir el récord de herejías defendidas por un solo hereje.

En opinión de Cobo, incurre en idolatría (p. 21), panteísmo (p. 23), gnosticismo (pp. 47-48) y docetismo (p. 111), amén de encontrarse “más cerca de una espiritualidad budista que cristiana” (p. 166). Pero Cobo cumple al menos la segunda parte de la enseñanza del santo de Loyola, porque “corrige con amor” a Melloni: considera que es “un hombre de espíritu” (p. 89) y acaba así: “Siempre he dicho que Javier es un hombre de Dios. Por su capacidad de asombro, pero, sobre todo, por su bondad. Y la bondad lo es todo” (p. 165).

Si me pidieran una opinión personal sobre los planteamientos de uno y otro, diría que no me identifico plenamente con ninguno de los dos; pero me siento más cerca de Melloni, porque Cobo tiende a destacar la parte más oscura de la condición humana. En mi opinión, no habla del ser humano real, sino de cómo sería el ser humano si no estuviera impregnado de gracia, algo que nunca ocurre: Todos somos a-graciados; nadie es des-graciado. Al destacar la parte más oscura de nuestra condición, queda también teñida de pesimismo la aportación del ser humano a la historia de la salvación: “Nada de lo que pueda hacer el hombre desde su lado lo acerca a Dios” (p. 92). Aun a riesgo de que mi recensión parezca a algunos lectores tediosamente ignaciana, diré que yo me identifico con la famosa máxima de san Ignacio (llegada a nosotros por tradición oral a través de Hevenesi): debemos “actuar como si todo dependiera del hombre y confiar como si todo dependiera de Dios”.

Inconvenientes

Este libro resultará muy interesante a quienes tengan ciertos conocimientos teológicos porque tiene páginas magníficas, como las dedicadas al silencio de Dios (pp. 113-130); pero algunas afirmaciones me han desconcertado, como por ejemplo esta: “La experiencia de la resurrección es deducida, por decirlo así, de la confesión de Jesús como Mesías” (p. 154). Yo siempre había creído –y sigo creyendo– que es justo al revés. Otras afirmaciones, compartiendo plenamente lo que se pretende decir, pienso que no dejan de tener inconvenientes.

Por ejemplo, esta: “Cristianamente no declaramos tanto que Jesús es Dios como que Dios es Jesús”. Estoy de acuerdo en que “Jesús es Dios” tiene el peligro de suponer conocido de antemano cómo es Dios, cuando en realidad únicamente conocemos a Dios por Jesús. Pero la fórmula “Dios es Jesús” me temo que crea todavía más problemas de los que resuelve porque es perfectamente válida aplicada al Hijo eterno, pero aplicándola al Hijo encarnado puede inducir al monofisismo. Puestos a afinar, yo preferiría la fórmula (agustiniana) “Jesús es el sacramento de Dios”.

En el nº 2.995 de Vida Nueva

Actualizado
01/07/2016 | 00:30
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