Editorial

El poder terapéutico del perdón

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Tras una larga experiencia de secuestrada y cuando disfruta su libertad recuperada, Ingrid Betancur tiene toda la autoridad para decir que “una de las operaciones espirituales más difíciles que un ser humano puede enfrentar es la del perdón… pero la recompensa del perdón es la tranquilidad”.

Lo contrario, o sea el espíritu de venganza, es un castigo agregado al dolor de la ofensa. El médico Carlos Fernández, apoyado en investigaciones científicas, lo ha dicho: “perdonar alivia males y eleva el bienestar”. Se lo demuestran investigaciones como la de F. Laskin, de la universidad de Stanford: “las personas que aprenden a perdonar, elevan su seguridad, se deprimen menos y tienen mejor salud”. El investigador Van Oyen llegó a una conclusión parecida: “cuando la gente perdona experimenta mejoras en los sistemas nervioso y cardiovascular”. Y en la Universidad de Wisconsin, otra investigación coincidió al relacionar “la intensidad del perdón con una mejoría de ciertas enfermedades”. Sin embargo, concluye Fernández después de estas citas, “el perdón es una terapéutica que apenas comienza a conocerse”.

Los datos consignados en el “A fondo” publicado en esta edición, dejan al descubierto el mal que hoy por hoy afecta más profundamente el alma de los colombianos. Los largos años de violencia y el impacto de un permanente estado de guerra, han dejado una sociedad enferma. Atenderla es un desafío para quienes en el país tienen, como responsabilidad, velar por la salud de toda la población. Hasta ahora las actividades de reparación a las víctimas han girado alrededor de museos, monumentos, publicaciones, peticiones de perdón más formales que reales, y otras acciones simbólicas que solo indirectamente y de modo vago tienen en cuenta los destrozos interiores hechos  en las víctimas. Pero la huella sigue ahí, como una herida que no llega a cerrarse. Así lo comprobaron los investigadores de Médicos Sin Fronteras quienes, después de atender a 4.455 pacientes del sur del país descubrieron que más del 67% de ellos habían vivido hechos violentos asociados con las dinámicas del  conflicto.

Un hecho similar, aunque de una máxima gravedad, fue el que vivieron los surafricanos y los ugandeses. En Uganda en cien días murió un millón de personas destrozadas brutalmente a machete. La reconciliación que siguió y la paz que hoy se vive en ese país son lo más parecido a un milagro. “El líder del país y su gente se convirtieron en un ejército de reconciliación”. Lograron la convivencia y, con ella, el equilibrio emocional de la población.

Un milagro parecido ocurrió en Suráfrica en donde, de la mano de un hombre que había permanecido encarcelado durante 27 años, cundió la convicción de que para reconciliar los temores de los blancos con las aspiraciones de los negros, debería hacerse una utilización política del perdón. Mandela convenció  a su gente de que la venganza no era el camino, cuenta el periodista inglés John Carla, quien agrega: “el perdón y la generosidad utilizados como instrumentos políticos permitieron llegar a la democracia, la paz y la justicia con un mínimo de sangre  derramada”.

Todo proceso de paz, toda operación de recuperación de la salud mental y física después de una guerra, necesitan el milagro del perdón. Se llama milagro porque escapa a la lógica de hierro y de mezquindad del ojo por ojo, que se disfraza con la toga de la justicia. Recuerda Carla que los ugandeses tenían presos a más de cien mil de los autores de la millonaria masacre y que amnistiaron a 40 mil dentro de un singular proceso de perdón en que a la irracionalidad del odio y de la ofensa, opusieron la irracionalidad de la generosidad y del perdón. De esa respuesta de irracionalidad a la irracionalidad, resulta una realidad que solo puede ser entendida como un milagro.

El milagro, al fin y al cabo, es una acción que suspende las leyes de la naturaleza, y esto es lo que hace el perdón, suspende las leyes de la venganza y del odio y crea una realidad nueva en que la generosidad es más poderosa que el odio. Quizás sea esta la razón por la que el acto de perdonar tiene poderes terapéuticos al introducir un orden nuevo en el organismo y en la mente.

Es el orden nuevo que construye la pastoral de la Iglesia y que es, actualmente, uno de sus objetivos prioritarios. Decía el cardenal arzobispo de Bogotá, monseñor Rubén Salazar: “el papa Juan Pablo II en uno de los mensajes para la jornada mundial de la Paz, tenía como tema: ‘no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón’. Porque cuando la justicia se hace única y exclusivamente castigo, puede adquirir las dimensiones de la venganza y por tanto se puede convertir prácticamente en una injusticia”.