Editorial

El Papa, con las víctimas de la pederastia

Compartir

EDITORIAL VIDA NUEVA | Un paso más en la lucha de la Iglesia contra la lastra de la pederastia. En esta ocasión, en forma de práctica carta circular en la que las víctimas ocupan una mayor atención –prioritaria, se podría decir–, y en la que no solo se habla de sacerdotes o consagrados, sino también del personal laico que trabaje en centros de la Iglesia.

Benedicto XVI sigue escuchando y actuando. Se ha visto en lo que llevamos de Pontificado y parece que esa va a ser la tónica general. Ejemplo claro es su empeño por abordar de forma justa y erradicar en lo posible la conducta de algunos sacerdotes y religiosos que cometieron abusos sexuales a menores. No se arredró nunca; más aún, afrontó el problema y, lejos de ser parte del mismo, se convirtió en principio de la solución. Ahí están los numerosos documentos pontificios en los que se refiere a la cuestión –homilías, discursos…–, encabezados por la carta pastoral a los católicos de Irlanda. También las modificaciones introducidas en la Normae de gravioribus delictis en mayo del pasado año fueron un paso importante.

Ahora, el Vaticano ha decidido enviar a todas las conferencias episcopales una carta en la que se les pide que elaboren una guía que contenga el procedimiento a seguir ante casos de abusos. Era un texto esperado. En él se añaden indicaciones generales para redactar el documento y se recuerda la nueva legislación canónica con el objetivo de acabar con las dudas, los miedos e impulsar a todos los obispos del mundo a actuar correctamente. Se trata de afrontar los casos desde el primer momento, de buscar la verdad, de proteger a los más débiles, de hacer justicia civil y canónica… Las líneas de trabajo quedan bien claras: apoyo a las víctimas –que deberán ser lo primero–, programas de prevención, la formación de los candidatos, la exclusión de clérigos si suponen un peligro para los menores y la denuncia ante las autoridades civiles.

Ya nadie podrá decir que la Iglesia no afronta los terribles actos cometidos por sus ministros, ya nadie podrá afirmar tal cosa. Ahora sí, deberá considerarse su aportación como pionera en la lucha contra los abusos sexuales a menores, porque, aunque los casos de la Iglesia sean sonados, y está bien que así sea, no son menos dramáticos los casos que se viven en otras profesiones y que, hasta el momento, nadie –ni como colectivo, sociedad o Estado– ha actuado. El drama de la pederastia en la Iglesia, que ha sido motivo de conversión para Benedicto XVI, se ha presentado como un terrible desafío para la Iglesia y para las víctimas, doloroso y abominable también, y se convierte ahora en oportunidad para amar a los que han sufrido y sufren, para humillarse, para ponerse al servicio, para regenerarse.

Tanto sufrimiento ha sido provocado por miembros de la Iglesia, los mismos que debería haber sido sanadores… Esta es la fuerza de la Iglesia, la esperanza. No todo está perdido; la Iglesia, y Benedicto XVI a la cabeza, ha sabido convertirse y superarse. Ejemplo humilde el de Ratzinger, descendiendo de nuevo hasta el fondo para volver a resurgir y poder así continuar haciendo el bien. El Papa cuenta con el apoyo no solo de los creyentes, sino de las gentes de buena voluntad…

En el número 2.754 (21 al 27 de mayo de 2011) de Vida Nueva.

INFORMACIÓN RELACIONADA