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Misionar no es hacer proselitismo


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“Misioneros de la misericordia” es el lema que este año ha elegido la Iglesia para iluminar el mes de octubre, el Mes de las Misiones. En su convocatoria, el Papa Francisco recordó que esta celebración coincide con el año de la Vida Consagrada y señaló que son los religiosos y las religiosas los primeros invitados a misionar, a llevar el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús, a todos los rincones de la tierra.

La ocasión sirvió también para que el Santo Padre reiterara un concepto que en los últimos años ha estado muy presente en los discursos y homilías, no sólo de Francisco sino también de Benedicto XVI: evangelizar no es hacer proselitismo. Fue en la Conferencia de los Obispos Latinoamericanos realizada en 2007 en Aparecida, Brasil, cuando Benedicto XVI hizo aquella afirmación que estaría destinada a permanecer en el lenguaje eclesiástico y a ser repetida infinidad de veces. El 13 de mayo de 2007, en su homilía, el ahora Papa emérito decía: “La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae a todos a sí’ con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor”.

Atraer con la fuerza del amor: ese es el desafío; eso es lo que, de hecho, hacen miles de misioneros en todo el mundo. El proselitismo es otra cosa; es una acción propia de los partidos políticos y de las sectas; tiene como objetivo ganar adeptos, lograr que el mayor número posible de personas se conviertan en “seguidores”. Se intenta convencer a los demás a través de publicidades o de diversas acciones que pretenden “captar la voluntad” de quienes aún no pertenecen al grupo. Detrás de esa acción se encuentra siempre la búsqueda del mayor número posible de miembros, ya que en esa cantidad de seguidores radica en parte el argumento para integrarse a él. La lógica que subyace a la acción proselitista está clara: cuanto más miembros son, más razón parecen tener y más aumenta su poder. La verdad y la fuerza de su propuesta se apoya en la cantidad de personas que la comparten.

Evangelizar no es lo mismo que hacer proselitismo, pero las diferencias entre una acción y otra parece que para muchos no están a la vista. Por eso la necesidad de aclarar; y también por el mismo motivo, desde aquel día en Aparecida, la frase fue tantas veces repetida. Si Benedicto XVI sintió la necesidad de decir lo que dijo, fue porque veía que para numerosos cristianos, había una confusión. Tenía razón. Es suficiente observar el contenido, el lenguaje y el tono de infinidad de libros, folletos, declaraciones, documentos, homilías, programas de radio o televisión, para advertir que lo que muchos hacen desde la Iglesia es más parecido al proselitismo que a la evangelización.

Anunciar el Reino

El tema es muy profundo; allí radica buena parte de la explicación de por qué en muchas ocasiones los esfuerzos por difundir el Evangelio han producido tan pocos resultados. El Evangelio no se transmite de esa manera. Jesús jamás hizo proselitismo. Su objetivo no fue tener muchos seguidores sino anunciar el Reino de Dios. El objetivo de las primeras comunidades no era atraer a las personas a formar parte de una institución sino anunciarles el Reino, el amor de Dios. Luego, naturalmente, los que descubrían ese Reino se reunían y celebraban; tenían una manera especial de vivir y la compartían.

Jesús envía a sus discípulos a anunciar su mensaje hasta los confines de la tierra; pero hay una diferencia que no es menor entre ese envío y “hacer proselitismo”: el contenido de su anuncio es la llegada del Reino de Dios, que no es lo mismo que la pertenencia a la Iglesia. La institución es signo, sacramento, de la presencia del Reino, pero no se identifica con él. Otra diferencia esencial es que el Reino que anuncia Jesús debe ser comunicado a todos, tanto a los que están más alejados como a los que ya pertenecen a la Iglesia. No es un mensaje que se dirige a los que están “afuera”. Se dirige también, y especialmente, a quienes ya forman parte de la comunidad de creyentes.

Perdemos el rumbo cuando, en nuestra forma de comunicar, transmitimos la idea de que nosotros, los que estamos adentro, nos dirigimos a los que están afuera para que entiendan y sean de los nuestros. Esa lógica aparece en los evangelios solamente en la manera de pensar y actuar de los fariseos y los doctores de la ley. No es la manera de hablar ni de actuar de Jesús.