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Los riesgos de la cercanía


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Una de las características que más se han señalado y aplaudido del papa Francisco desde el primer minuto del ejercicio de su ministerio ha sido su estilo cercano. Se utilizaron muchas palabras –humildad, simpatía, ternura y varias otras– pero la expresión más repetida y que expresaba mejor su manera de ser era “cercanía”; rápidamente se impuso como aquello que más lo caracterizaba y que más era valorado: Francisco es un Papa cercano.

A medida que fue creciendo su inmensa popularidad más se fue subrayando esa cercanía como una de las llaves que le abría el corazón de todo tipo de personas en el mundo entero. También muy pronto aparecieron los que señalaban los riesgos que esa actitud del Papa implicaba. En primer lugar los riesgos físicos; su manera de moverse y encontrarse con la gente hacía casi imposible la tarea de la custodia y se extendió la sensación de que en cualquier momento “podía pasar algo”. El Papa aceptó ese riesgo y dijo que el verdadero peligro estaba en encerrarse y no exponerse.

También muy temprano aparecieron otro tipo de riesgos. El Papa hablaba con cualquiera en un tono muy directo que se prestaba a todo tipo de interpretaciones. Incluso hablaba por teléfono con personas que luego contaban lo que el Papa les había dicho en el ámbito privado y esa conversación era puesta en los titulares de los medios sin ningún filtro ni contextualización. En más de una ocasión se debió salir apresuradamente a aclarar los dichos del pontífice. Nada de esto detuvo al Papa, quien siguió adelante con su manera de ser y comunicar. Francisco también aceptaba estos riesgos. Nada se iba a interponer en su camino de estar cerca de la gente.

El conflicto en Osorno

El doloroso conflicto en la diócesis de Osorno, en Chile, trajo un nuevo capítulo en esta “cercanía peligrosa”. Como lo reproduce en este número nuestro corresponsal en Chile, Roberto Urbina Avendaño (página 16) apareció en las redes un video en el que el Papa usa al menos dos palabras que causaron estupor en muchos. En primer lugar llamó “zurdos” a los grupos de izquierda –la expresión es muy utilizada pero tiene un inocultable sentido descalificador–.

De hecho, muchos grupos que no reciben con agrado el estilo del Papa Francisco, cuando hablan de él usan esa expresión: “es un Papa zurdo”. En segundo lugar, y más sorprendente aún, dijo que “Osorno sufre por tonta”, porque no abre su corazón a lo que Dios dice y “se deja llevar por las macanas que dice toda esa gente”.

Si el Santo Padre hubiera dicho algo así: “Invito a la Iglesia de Osorno a abrir su corazón a la voluntad de Dios y a no dejarse confundir por otras voces”, es probable que nadie se hubiera sentido afectado; ni una línea sobre el asunto habría sido publicada, y la situación no se hubiera alterado en absoluto. ¿Realmente queremos un Papa cercano y que hable sin vueltas? ¿O cuando dice las cosas “demasiado claras” añoramos un Papa solemne que nos hable de una manera neutra, de la que cada uno puede sacar las conclusiones que más le convenga? El Papa acepta los riesgos de ser cercano y directo. ¿Nosotros también estamos dispuestos a aceptar esos riesgos?

Las reacciones no se hicieron esperar y los medios chilenos reflejaron la manera en la que muchos respondieron airadamente y, en algunos casos, con dolor y perplejidad. Seguramente otros también se preguntaron: Si el Papa nos trata de tontos, hay algunas cosas que tenemos que sentarnos a pensar… ¿Por qué reaccionar con indignación y no con esa humildad que celebramos en el Papa, pero que parece que no sabemos imitar?

“Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”, dijo Francisco en una ocasión, y todos aplaudieron. ¿Estamos también dispuestos a acompañar al Papa en estos riesgos que él asume, o solo lo acompañaremos cuando su lenguaje y cercanía no nos incomoda?

A medida que pasa el tiempo, va quedando más claro que hay algo que molesta profundamente en este Papa. Esa molestia cada día va adquiriendo más visibilidad y nos empuja a todos a tomar una postura sobre la Iglesia que queremos. Las intenciones de muchos van quedando al descubierto. Francisco da la impresión de saber que esto es así y que no teme las discusiones; no se detiene, avanza, enfrenta las críticas y nos enseña a ser cristianos en medio de las tormentas de nuestro tiempo. Mientras la nave de Pedro se sacude en el mar de los conflictos, Francisco se mantiene en el timón, y, por momentos, más que un timonel, parece el conductor de una misteriosa máquina trituradora de hipocresías. Como el Maestro.