Ojalá prevalezca la exigencia en la lucha contra los abusos

Víctimas de abusos sexuales
Víctimas de abusos sexuales

Familiares de víctimas de abusos en la Iglesia estadounidense

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ-MARTOS, SJ PSICÓLOGO CLÍNICO

La Iglesia ha reconocido, desde las más altas instancias y en distintas ocasiones, que se alertó tarde y con falta de criterios sobre el tema de la pederastia causada por sus sacerdotes o religiosos. Lo que ya era patente para mentes lúcidas (Cozzens, Sperry…) en los años 80 y 90, tardó en ser percibido con crudeza por el Vaticano. Dicho esto, es justo reconocer que, con creciente velocidad y convicción, se está abordando esta lacra del abuso a niños o adultos indefensos.

El motu proprio Como una madre amorosa (4 de junio de 2016) es una muestra de ello y un paso muy importante en el humillante y doloroso camino para curar la “herida abierta del abuso” (Benedicto XVI). He sido testigo del daño causado por alguna jerarquía distraída o poco formada. Este documento afina la responsabilidad jerárquica. El “buenismo” no es bueno. Stefan Zweig ya retrató la “falsa piedad”.

Es justo alzaprimar jalones de ese avance imparable y todavía en marcha. Ya Juan Pablo II, en su discurso a los cardenales americanos (2002), afirmaba que “no hay lugar en el sacerdocio o en la vida religiosa para los que dañen a los jóvenes”. Aun así, bajo su mandato se incubaría un gran escándalo que afectó a algún instituto desde su raíz. Pero ese hecho agudizó la conciencia de su sucesor, Benedicto XVI, que asumió la cuota de culpa de la jerarquía, al afirmar que “se cometieron graves errores de juicio y hubo fallos de gobierno” (Carta pastoral a los católicos de Irlanda, 2010), e invitó a un honrado examen de conciencia y a “un convencido programa de renovación eclesial e individual”.

Hito clave fue la carta circular de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 2011. Sus palabras iniciales son las del reciente motu proprio: “Entre las importantes responsabilidades del obispo diocesano para asegurar el bien común de los fieles, y en especial la protección de los niños y de los jóvenes, está el deber de dar una respuesta adecuada a los eventuales casos de abuso sexual cometidos en su diócesis por parte del clero”. Destaco dos avances de esa carta: la obligación de los obispos de colaborar con la autoridad civil y el propiciar programas de protección, educación y recuperación de menores que desembocó en el Centro para la Protección de la Infancia para pastoralistas que tratan estos abusos.

El propio Benedicto XVI apoyó decididamente el simposio de la Universidad Gregoriana Hacia la curación y la renovación (febrero de 2012), con 110 representantes de conferencias episcopales y 35 superiores generales. Ya en 2014, el papa Francisco pidió perdón ante seis víctimas por “los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero” y las recibió individualmente durante más de tres horas. En la homilía de esa mañana dejó caer la semilla del presente motu proprio: “Los pecados de omisión por parte de líderes de la Iglesia que no han respondido adecuadamente a las denuncias presentadas”. Él considera esos abusos como “algo más que actos reprobables” (…). “Son como un culto sacrílego, porque esos chicos y esas chicas les fueron confiados al carisma sacerdotal para llevarlos a Dios, y ellos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia”. Y se duele del “silencio cómplice de la jerarquía eclesiástica”.

En febrero de 2016, el cardenal australiano George Pell, ante quince víctimas y una comisión gubernamental de su país, reconoció “errores enormes” porque “no estábamos tan alerta como lo estamos ahora”.

Novedad de este motu proprio es la remoción del oficio eclesiástico por negligencia probada de los obispos. Será difícil evaluar objetivamente esa “falta de diligencia grave”. Ojalá prevalezca la exigencia. Es lógica la inclusión de superiores mayores y la justa autodefensa del obispo, pues intereses económicos o venganzas propician la calumnia.

En el nº 2.992 de Vida Nueva


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