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Novelistas que cargan contra lo religioso

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | Almorzaba recientemente con un renombrado escritor. Sus libros menudean por mesas de novedades y su editorial es bien conocida. Hablábamos de una novela suya que leí hace tiempo. Había en aquella trama un personaje secundario en el que se atisbaba una búsqueda sincera de lo religioso. Hubiera venido bien explorarla para dar fuerza al personaje en la etapa de taller. Le pregunté por qué no bajó al hondón del alma de ese personaje singular. La respuesta me dejó de piedra.

Cuando iba hablando con su editor y los folios aumentaban, hubo que parar, recortar, reducir, arreglar el texto y reconstruir. El consejo que le dieron fue que despojara al personaje de tanta “monserga religiosa que no interesa a nadie” (palabras textuales). Sobraban los capítulos en los que se avanzaba por ese sendero de búsqueda.

Mala costumbre la de estos editores y flaco favor a la creación literaria la de estos escritores que se dejan avasallar así por el sello editorial y por el oro del becerro. El novelista llama a sus personajes de la nada a la existencia. Se cree un dios en el acto de crear y no parece necesitar otro dios que él mismo.

Así andan las cosas. Juguemos a ficción, ese puro gozo en el que andan los escritores revueltos. Si dentro de un siglo, los estudiosos tuvieran que describir la actualidad solo con lo que se escribe en la narrativa de hoy, encontrarían este cóctel: los hombres y mujeres no serán adultos mientras no se emancipen de lo religioso; las normas morales nos infantilizan; la religión solo ha servido para alimentar el poder; Dios es una rémora del pasado; los creyentes son una raza a extinguir.

La narrativa española contemporánea, con excepciones honrosas (Pablo D’Ors, Sánchez Adalid, Jiménez Lozano, Mercedes Salisachs), es un auténtico aquelarre de lo religioso. Ni tan siquiera abordan el debate como hizo Flaubert, cuando sentó, junto al cadáver de la Bovary, a Boursienne y a Homais, y los puso a hablar de la trascendencia.

Si echamos una ojeada, vemos a monjas y curas trabucaires en las obras de Almudena Grandes y sus obsesiones freudianas con los hábitos; a Pérez Andújar y su lectura visceral de las Misiones Pedagógicas; a Marías y sus obsesiones redondas; a Manuel Rivas y su hoguera libresca; a Maruja Torres y su obsesión libanesa; a Juan José Millás, Gala y sus truenos, Vicent, Belén Gopegui, Monzó, Mainer, Martín Casariego, Fernando Delgado… Plumas cargadas contra lo que huela a sagrado. Si al menos fueran más objetivos, como Muñoz Molina, Andrés Trapiello, Elvira Lindo, Rosa Montero, Use Lahoz, Andrés Barba, Andrés Ibáñez…, alejados de las creencias, pero respetuosos.

Y quiero terminar con un autor que me gusta y con el que disfruto, Rafael Reig. Asturiano, afincado en Madrid, ciudad de sus personajes, excolumnista de Público, actual colaborador de ABC Cultural, en su nueva novela Todo está perdonado, con exquisita prosa, páginas antológicas y buena radiografía de la Transición, usa y abusa de la mofa sin necesidad. ¿Qué falta hace, a cada página, el recurso de los “envases eucarísticos”, del Papa polaco, del sacerdote alpinista, de la monja que se pierde y esa burla de algo sagrado para la mayoría de quienes cada sábado lo leen en las páginas del periódico conservador?

director.vidanueva@ppc-editorial.com

En el nº 2.748 de Vida Nueva

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