.


Mensajes muy esperados

Carlos Amigo, cardenal arzobispo emérito de SevillaCARLOS AMIGO VALLEJO | Cardenal arzobispo emérito de Sevilla

“Con el pretexto del pluralismo religioso, se anulan los derechos de unos y otros para no enfadar a nadie…”.

Con motivo de las fiestas de Navidad y Año Nuevo, Benedicto XVI se reúne con los miembros de la Curia romana y con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Se intercambian felicitaciones y parabienes. El Santo Padre suele ofrecer unos discursos que acaban siendo síntesis y programa. Se recuerdan los acontecimientos del año que concluye y se pone luz sobre aquello que debe ser el empeño de la Iglesia y de quienes se ocupan de los asuntos públicos.

El Santo Padre quedó gratamente admirado de la devoción de las gentes en sus viajes a México y a Cuba. También pudo comprobar personalmente los grandes problemas que se viven en esos países, que no se van a resolver simplemente mediante la religiosidad, pero mucho menos aún sin la purificación interior que proviene de la fe.

En el Líbano habló de la necesidad de abrirse al diálogo, especialmente con la sociedad, la cultura, la ciencia y con otras religiones. La Iglesia habla desde la luz que le ofrece la fe.

La Iglesia católica mantiene relaciones fructíferas con las autoridades civiles del mundo entero. No se trata de una injerencia en asuntos que le competen, sino más bien de contribuir al bien integral, espiritual y material de todo hombre, sin olvidar su dignidad trascendente.

Con gran claridad y precisión, Benedicto XVI ha señalado las dos reglas esenciales para el diálogo interreligioso: “El diálogo no se dirige a la conversión, sino más bien a la comprensión”; “ambas partes permanecen conscientemente en su propia identidad, que no ponen en cuestión en el diálogo, ni para ellas, ni para los otros”.

Ha llamado poderosamente la atención el reclamo que ha hecho el Papa sobre la urgencia de la formación de líderes que guíen en el futuro las instituciones públicas nacionales e internacionales, y de contar con representantes clarividentes y cualificados que sepan tomar las decisiones oportunas para el bien de la sociedad y de los individuos en toda su integridad. La caridad y la justicia se necesitan recíprocamente, no se sustituyen ni pueden suplirse la una a la otra.

Construir la paz no es una opción, sino una necesidad que exige el respeto a la libertad, particularmente a la libertad religiosa. No solo como algo que se limita al ámbito de lo privado, sino a la presencia pública, especialmente en instituciones educativas y asistenciales. Con el pretexto del pluralismo religioso, se llega a una intolerancia en la que se anulan los derechos de unos y de otros bajo el pretexto de no enfadar a nadie.

Decía Benedicto XVI en el citado discurso: “Para establecer la justicia, no basta con buenos modelos económicos, aunque sean necesarios. La justicia solamente se realiza en personas justas. Construir la paz significa, por consiguiente, educar a los individuos a combatir la corrupción, la criminalidad, la producción y el tráfico de drogas, así como evitar divisiones y tensiones que amenazan con debilitar la sociedad y obstaculizan el desarrollo y la convivencia pacífica” (Al Cuerpo Diplomático, 7-1-2013).

En el nº 2.833 de Vida Nueva.

Compartir