Meditación en el Oratorio de Cádiz

celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz

Celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, el pasado marzo

PEDRO ALIAGA, trinitario, historiador | La reciente conmemoración del Segundo Centenario de la Constitución de 1812 ha quedado retratada con las principales instituciones del Estado reunidas dentro de un recinto religioso de Cádiz (el Oratorio de San Felipe Neri), recibidas a la puerta del mismo por eclesiásticos y dispuestas en un espacio presidido por las imágenes del Corazón de Jesús y de la Inmaculada Concepción.

Y me ha llamado la atención constatar lo sesgado de varias informaciones y comentarios al tratar la evidente presencia de la Iglesia en las Cortes de Cádiz (compuestas por un tercio de eclesiásticos) y en la elaboración de la Constitución, como si molestara a quienes profesan, enseñan y divulgan una versión soñada de los orígenes de las libertades de los españoles en conflicto con lo cristiano.

Pedro Aliaga, trinitario e historiador

P. Aliaga

La cosa no es tan anecdótica. En torno a la Ilustración existe hoy un dogmatismo cultural que la considera y proclama como movimiento concorde en oponer fe y razón y en haber hecho de la lucha contra la religión y la Iglesia católica la bandera común de la militancia ilustrada.

La Ilustración auténtica sería (según esta visión) su versión más radical, revolucionaria, atea, democrática y pacifista, siguiendo las enseñanzas de Diderot y Lessing; o bien la más moderada de Voltaire, Hume y Kant, defensora de la monarquía parlamentaria, moralmente tradicional, culturalmente burguesa, religiosamente deísta. Ambas formas criticaron y se opusieron (con mayor o menor ahínco) a la Iglesia católica, especialmente en cuanto garante de los reyes “por derecho divino” y defensora de la inmovilidad de la pirámide social.

Hubo, sin embargo, una tercera forma de ser ilustrados. A nivel europeo, esta línea –ni radical ni moderada– está formada por quienes fueron leales a su fe (protestante, católica o judía) y a la cultura de la razón, dando una contribución de primer orden a la formación del pensamiento ilustrado e influyendo positivamente en la renovación de la política, de la cultura y de la misma religión.

La Ilustración religiosa

España es uno de los casos más excelentes de esta Ilustración religiosa, obviamente “católica”, con muchos protagonistas que supieron hacer síntesis de la fe cristiana y de la cultura de las Luces. El siglo XVIII es un momento de gran vitalidad en el cristianismo ibérico, con multitud de nombres decisivos en la configuración de la cultura española moderna, sinceramente cristianos y entusiastamente ilustrados. Clérigos y laicos.

Feijoo, Jovellanos, Mayans, Amat, Tavira, Garriga, Abad, Piquer, Calatayud, Vilaroig… A través del “espíritu crítico” en el conocimiento de las fuentes de la Revelación, del discurso científico y de la educación, se abrió paso un inédito espíritu tolerante y secularizador; se leyó la Enciclopedia francesa, pero no todos compartieron sus ideas en materia de religión.

El siglo XVIII es un momento de
gran vitalidad en el cristianismo ibérico,
con multitud de nombres decisivos
en la configuración de la cultura española moderna,
sinceramente cristianos y entusiastamente ilustrados.

La Constitución de Cádiz no es pensable sin el espíritu reformista de Carlos III, que debe sus logros a muchos de los nombres antes dichos, perseguidos por Carlos IV o Fernando VII, interesados por la vuelta a la alianza entre el Trono y el Altar. Padres de esa Constitución serán dos ilustres cristianos madurados en ese ambiente: Diego Muñoz (sacerdote, presidente de la Comisión Ponente y adalid del concepto de soberanía popular) y el jurista José de Espiga.

Este centenario es tiempo para que la Iglesia española haga una especie de peregrinación jubilar a ese oratorio. Viaje saludable, estación de penitencia en tiempos en que la cristiandad hispana parece golosamente ensimismada con ambientes y personajes de la España de la Reconquista y de los Austrias, y arrincona la época de la Ilustración, como si no hubiera sabido superar la molesta presencia del espíritu crítico o le costara admitir cuántos de sus tesoros presentes debe a quienes no temieron salir con la fe y la razón al encuentro de la modernidad, muchas veces costándoles martirios sin derecho a glorias de altares… (¡Ay si a alguien se le ocurre hacer en nuestras comunidades cristianas una sencilla encuesta sobre los nombres de los ilustrados citados! ¿Quién los conocerá?).

Ojalá nunca la Iglesia se deshaga del oratorio gaditano, donándolo o vendiéndolo para otros usos. Mantenerlo como iglesia con culto, abierto a conmemoraciones constitucionales, será buen servicio a la memoria viva de España, manifestando la vecindad pacífica y respetuosa, vivificante y fecunda entre el Evangelio de Cristo y las libertades individuales y colectivas de todos los españoles. Recuerdo, advertencia y programa necesarios, tanto para la sociedad como para la Iglesia de nuestra patria.

En el nº 2.804 de Vida Nueva.

 

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