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El problema del mal

ALBERTO INIESTA | Obispo auxiliar emérito de Madrid

“Ante el dolor humano, solo podemos invocar el dolor divino. Jesús decía: El que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz y que me siga…”.

Es un viejo problema, que preocupa desde antiguo: si existe Dios y es poderoso, ¿por qué existe el mal? Pero si Dios no existiera, ¿por qué existe el bien? En realidad, si bien se mira, en el mundo y en la gente hay mucho más bien que mal. En la naturaleza, existe un orden preciso y una belleza preciosa, aunque alguna vez sucedan catástrofes lamentables.

En lo humano, aun dentro de una sencilla medianía, predominan los buenos sentimientos. Y aun en los mayores criminales, siempre quedan en todo corazón rincones buenos.

Es cierto que hay situaciones terribles, por enfermedad, por accidentes o por catástrofes naturales. ¿Qué hace Dios entonces? Los cristianos no tenemos ninguna explicación. Solo podemos presentar al mundo el escándalo de la Cruz: donde el Hijo de Dios se hizo hombre para salvarnos con su sacrificio.

Lo admirable es el éxito de aquel fracaso. Desde entonces, innumerables seguidores de todos los tiempos, razas y culturas, dieron su vida y su muerte por Jesús, como consta por la vida, las obras y los escritos de los santos. ¿Qué tiene aquel muerto que está dando tanta vida?

Ante el dolor humano, solo podemos invocar el dolor divino. Jesús decía: El que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz y que me siga. Y san Pablo añade: Suplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo. El apóstol san Pedro escribe: Sus heridas nos han curado. Y Edith Stein, filósofa judía conversa (hoy, santa Teresa de la Cruz), la invocaba: ¡Salve, santa Cruz, nuestra única esperanza!

Dando por supuesta toda la ayuda posible al que sufre, además de nuestra cercanía y oración, los cristianos no podemos ofrecer otra solución. Pero hay que tener en cuenta que, si sufrimos con Cristo, Él nos ayuda espiritualmente a llevarlo. Mientras que si sufrimos solos, de todos modos el sufrimiento seguirá adelante con la misma fuerza, o quizás aún mayor, sin esperanza ni sentido.

En el nº 2.796 de Vida Nueva.

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