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El eterno retorno

Juan María Laboa, sacerdote e historiadorJUAN MARÍA LABOA | Profesor emérito de la Universidad Pontificia Comillas

“No se trata de un año perdido, porque el amor de Dios y nuestro amor a Dios no conoce huelgas de celo, pero sí interpela nuestra responsabilidad…”

Al contemplar este último año de la Iglesia española desde la perspectiva de la conmemoración de los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, el hecho eclesiástico más importante de los últimos siglos, y en plena crisis social y económica, me embarga un sentimiento contrapuesto de nostalgia, admiración y disgusto.

La comunidad creyente se está mostrando admirablemente generosa y creativa, las parroquias desarrollan con mil iniciativas su sentido solidario y las comunidades religiosas ofrecen cauces de innovación en su presencia religiosa. En una sociedad tan conflictiva y poco interesada por el hecho religioso, muchos creyentes se esfuerzan por hacer más creíble y sugerente el anuncio evangélico, orientando sus vidas, a menudo, complicadas, por su amor a Cristo, y muchos matrimonios que se fuerzan para que sus hijos compaginen su crecimiento con su conocimiento del Evangelio.

Por el contrario, buena parte del cuerpo clerical se mantiene en un estancamiento preocupante, con una jerarquía unánime por fuera y dividida por dentro, con demasiados obispos descorazonados por el estancamiento existente en la misma organización. Los actos programados han sido, en general, de pura galería, sin pretensión pastoral real: misiones diocesanas, misiones y congresos de jóvenes, sínodos diocesanos. ¿No será pecado generar artificialmente expectativas que acaban como nacieron, en la nada?

Los sacerdotes, en su mayoría de edad avanzada, conservan un ánimo estoico admirable. No esperan ya casi nada, pero se mantienen al pie del cañón por pura fe y entrega a los fieles. Estos son menos, asimilan lentamente una cierta descomposición ambiental, pero se mueven de acuerdo con el principio de “mientras pueda amar, puedo ayudar”.

Buena parte de los sacerdotes jóvenes participan de las características de su generación: visten de Armani con el collarín adosado, no concelebran “porque no les da devoción”, son muy papistas, no tanto episcofilios, saben poca teología, aunque conocen de nombre a los teólogos más renovadores para atacarlos, defienden con ardor la adoración nocturna sin ser conscientes de que el Señor no se ausenta del sagrario tal como ellos se escapan de sus parroquias en cuanto pueden. Se trata de sacerdotes ya descatalogados antes de que salgan del almacén.

Obviamente, no todos son así. Buen número de los sacerdotes diocesanos y religiosos viven su vocación misionera con generosidad y entrega, atentos a los retos de la cultura y la sociedad moderna, pero viven bastante a la intemperie porque las diócesis no saben a acompañarles debidamente y quedan más tranquilas y despreocupadas si los ven sometidos a dobles obediencias.

No se trata de un año perdido, porque el amor de Dios y nuestro amor a Dios no conoce huelgas de celo, pero sí se ha tratado de un año que interpela nuestra responsabilidad.

En el nº 2.829 de Vida Nueva.

NÚMERO ESPECIAL NAVIDAD–FIN DE AÑO 2012

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