De cómo hacer una revista y no perecer en el intento

pelayo(Antonio Pelayo– corresponsal de ‘Vida Nueva’ en Roma)

“Al contemplar toda nuestra trayectoria, creo que podemos compartir todos -los de antes y los de hoy- un razonable orgullo”

Del medio siglo de existencia de esta revista que celebramos con este número especial, he trabajado en ella más de veinte, es decir, casi la mitad. En dos períodos: el primero, de 1968 a 1976 como crítico cinematográfico e informador de la vida de la Iglesia, hasta que fui destinado por el Ya a París como corresponsal; el segundo, de 1997 hasta hoy, como corresponsal desde Roma.

Estos datos biográficos me dan, eso creo, cierta autoridad para hablar de nuestra revista, de cuyos directores -desde José Mª Pérez Lozano y José Luis Martín Descalzo al actual Juan Rubio– he sido amigo sin excepción y compañero de fatigas, de algunos más, como Bernardino M. Hernando y Pedro Miguel Lamet, y de otros menos, como Vicente Guillamón. Con Rosario Marín volví a escribir en estas páginas tras una ausencia de varios años, y con Ninfa Watt he colaborado durante los años que dirigió VN.

No quiero caer en personalismos, pero, al volver la vista atrás y contemplar nuestra trayectoria, creo que podemos compartir todos -los de antes y los de hoy- un razonable orgullo, teniendo en cuenta los altibajos de toda experiencia colectiva, y extraer algunas lecciones que pueden servirnos para seguir siendo fieles al perfil que tuvo desde el principio y mantuvo, a veces a trancas y barrancas, este semanario de información.

Quisiera transcribir unas afirmaciones de Martín Descalzo (ABC, 21 de noviembre de 1987) a raíz del cese de Lamet como director de Vida Nueva, que tanta polvareda levantó. “Queríamos ser -escribía José Luis- una revista ‘de Iglesia’ aunque no una revista simplemente ‘al servicio’ de la jerarquía, y menos de botafumeiro a la misma. Como revista de Iglesia, tratamos de defenderla frente a los ataques exteriores; de alentar todo lo positivo que en la marcha de la Iglesia encontrábamos; y también de aguijonear crítica y respetuosamente aquello que nos parecía dormido en la misma. Todo esto pudimos hacerlo en un clima no sólo de libertad, sino de auténtico gozo. Para mí y creo que para toda la redacción fueron aquellos años apasionantes y felices”. Por lo que a mí respecta, lo confirmo y ratifico.

Un talante incomprendido

Pero es oportuno recordar que no siempre se entendió este talante. Varios jerarcas censuraron nuestro excesivo, según ellos, espíritu crítico o nuestra alineación con sectores menos respetuosos de la praxis predominante en diversos momentos de este medio siglo de historia eclesiástica y eclesial. Un libro reciente nos presenta como “un grupo de presión” que “deseaba trasladar al terreno eclesial los anhelos de democracia que tenía respecto al país” y favorable a una profunda renovación de la Iglesia española, aunque, según su autora, “el proyecto con el que pretendían que dicha renovación se llevara a cabo adolecía -cuando menos- de notables carencias”. ¡Vaya por Dios!

Como una de las tentaciones de toda celebración es la autocomplacencia, diré que todos somos conscientes de las limitaciones y errores. No seríamos humanos si nos considerásemos perfectos. Pero, con la humildad necesaria, hay que tener también la sana pretensión de pensar que hemos contribuido en lo que ha estado a nuestro alcance a acercar la Iglesia -española y universal- a nuestros lectores, hemos mantenido abiertas algunas  ventanas por las que debe entrar el “aire fresco” en la Iglesia y hemos sostenido la esperanza en esta Iglesia, nuestra madre y al mismo tiempo nuestra hija, como gustaba de repetir Martín Descalzo.

Como corresponsal en Roma de VN -y en años anteriores del Ya y de otros medios españoles-, añadiría que nuestra fidelidad al Papa y al Vaticano II no puede ser puesta en discusión por nadie que nos haya leído y seguido en estos años. Esa fidelidad -que nos ha costado más de un disgusto y censuras nada divertidas- no puede entrar nunca en contradicción con una información objetiva, porque, desde Pío XII hasta Benedicto XVI, ningún Papa ha negado el deber y el derecho a la verdad. Otra cosa es que se nos pidiera cerrar los ojos, pasar la esponja, borrar la realidad o usar el “incienso y la vaselina”. Si lo hiciésemos, habríamos renunciado a nuestra razón de ser, que no es otra que representar una parte de esa “opinión pública” cuya ausencia –Eugenio Pacelli dixit en 1950- “es un vicio, una imperfección, una enfermedad” en todo cuerpo social, también en la Iglesia.

En el nº 2.652 de Vida Nueva (especial 50º aniversario).

Compartir