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Centro de comunión

(Juan María Laboa– Sacerdote e historiador)

“Resulta imposible explicar la historia de Cataluña sin tener en cuenta la participación importante de Roma. Algo parecido puede afirmarse de Galicia. Benedicto XVI llega como un punto de referencia clarificador del pasado y puede ser asumido como importante también en el presente”

El viaje ha respondido al perfil ideal de un viaje pontificio. Visita, deseada y pedida por todos los interesados, a dos Iglesias con personalidad propia, con motivo de la celebración en estos días de dos ceremonias muy especiales, que reflejan su historia y su capacidad de aglutinar y respaldar experiencias religiosas diversas, dentro de un marco estético y litúrgico espléndido. En ese marco, la visita del obispo de Roma adquiere su significado más profundo. Las dos comunidades cristianas pueden relacionarlo íntimamente con su historia, porque el pontificado romano aparece, muy a menudo, en sus documentos, en sus páginas más brillantes, como actor principal. Resulta imposible explicar la historia de Cataluña sin tener en cuenta la participación importante de Roma. Algo parecido puede afirmarse de Galicia. Benedicto XVI llega como un punto de referencia clarificador del pasado y puede ser asumido como importante también en el presente. El pueblo cristiano, al verlo actuar, comprende mejor su historia y puede equilibrar mejor el presente si integra en él el significado esencial del papado.

Además, Benedicto XVI, como antes Juan Pablo II, ha confirmado con naturalidad el hecho de que en el cristianismo han existido y existen tres grandes caminos de peregrinación espiritual: Jerusalén, Roma y Santiago, en los cuales se manifiesta en toda su riqueza la historia, la espiritualidad y la condición creadora, inquieta, capaz de relacionarse y nutrirse a varias bandas, de la comunidad creyente.

Me confirma, además, este logrado viaje una reflexión histórico-eclesiológica: la Conferencia Episcopal debe representar y respetar la sensibilidad religiosa y social de los cristianos españoles. Fue así con Pablo VI, mientras que con Juan Pablo II, por el contrario, representó tendencias más personalistas, autócratas y excluyentes, con las divisiones y empobrecimiento consiguientes. Con la preparación y desarrollo de este viaje, parece que volvemos al equilibrio integrador. Debemos reconocerlo a la Nunciatura, a la impecable actuación del episcopado catalán y al arzobispo compostelano.

En el nº 2.729 de Vida Nueva.

Número Especial de Vida Nueva

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