Sergio Silva: “Necesitamos redescubrir a Jesús”

Es Doctor en Teología de la Universidad de Ratisbona, Alemania. Estudió Ingeniería Civil antes de ingresar a la congregación de los Sagrados Corazones donde fue ordenado sacerdote hace 52 años. Ha sido profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile por 45 años y su decano en dos períodos.



Está dedicado al proceso de beatificación de su hermano de congregación, Esteban Gumucio, para lo cual pasó dos años en Roma. De regreso, se instaló en Valparaíso, ciudad a la que llegó su congregación en mayo de 1834, y desde allí respondió a Vida Nueva.

PREGUNTA.- ¿Qué opinión tienes de la actual situación de la iglesia en Chile?

RESPUESTA.- Pésima. Pero hay que distinguir. La parte oficial de la jerarquía, obispos y clero, muy mal, con pequeños asomos. El pontificado de Juan Pablo II hizo un daño enorme no sólo en la iglesia chilena, sino en muchas otras, sobre todo con los nombramientos episcopales. Pusieron gente sin personalidad propia, meros ejecutores, que todo lo hacen mirando al Nuncio. Así no se puede ser obispo. Así no se gobierna la Iglesia. Me ha impresionado ver las declaraciones episcopales durante la dictadura en Chile: su fuerza, su claridad, su preocupación por la realidad concreta que están viviendo sobre todo los pobres, los perseguidos, los que están mal. Eso se perdió en la iglesia chilena. Esa es la falta de profetismo que les reprocha el Papa en el documento que leyó a los obispos chilenos en Roma, en mayo del 2018. Veo a la jerarquía con pérdida casi total del profetismo.

P.- ¿Y el laicado?

R.- Es un pueblo fiel. Envejecido, pero fiel. Casi no hay juventud, salvo pequeños y escasos grupos que no tienen fuerza. No hay un movimiento juvenil potente. Es cierto que la juventud es compleja y la entendemos poco. Pero no está.

Desafíos y cambios

P.- ¿Cuáles son, a tu parecer, los principales desafíos?

R.- Para la Iglesia chilena, la conversión en sus dos niveles: en lo personal, trabajar más la docilidad al Espíritu, porque Él es el que debe conducir a la Iglesia, si lo dejamos. Necesitamos la conversión para ser cada vez más dóciles al Espíritu de Dios en nosotros.

P.- ¿Y el otro nivel?

R.- La conversión de las estructuras. Creo que, en esto, Francisco tiene razón. La iglesia tiene que convertirse y salir de sus estructuras actuales que tienen a Jesús encerrado, sin dejarlo salir. Tienen a Jesús encerrado en cosas que no sirven, que no significan nada. Al contrario, son contraproducentes. En esto, Casaldáliga era un profeta de la deconstrucción eclesiástica. Yo creo que ahí hay mucho que hacer. La Evangelii Gaudium es audaz: dice que hay que revisarlo todo. Todo. Nada puede quedar sin revisión. Hay que ser audaz para revisar y cambiar todo lo que hay que cambiar.

P.- ¿Qué sería urgente cambiar?

R.- Uno de los cambios principales es la formación del clero. Los seminarios han hecho y están haciendo mucho daño: esta formación del clero fuera del mundo, apartado, inevitablemente crea la sensación de ser especial, diferente, que yo tengo la verdad. Al llegar a la parroquia hago lo que quiero porque lo que yo quiero es lo que Dios quiere. Eso genera tremendos abusos de conciencia y poder que, a veces, pueden derivar también en abuso sexual. El gran problema es el abuso de poder y de conciencia. Yo tengo la verdad y te la impongo a ti, porque tú no la tienes. Eso hay que cambiarlo radicalmente y eso no se puede hacer manteniendo los seminarios. Creo que esto requiere una revisión muy radical y atreverse a cambiar.

P.- ¿Solo la formación del clero?

R.- La formación es una prioridad para todos en la Iglesia. Es fundamental aprender, ante todo, a dialogar. En Chile estamos en un estado en que es prácticamente imposible dialogar. El diálogo supone, en cada uno de los dialogantes, la humildad de saber que yo no tengo toda la verdad y, también, la humildad de decir lo que yo veo. Con toda la pasión porque yo lo veo, pero sabiendo que yo no veo la totalidad. Siempre dispuesto a que otro me muestre algo que yo no he visto y que incluso me haga cambiar. A veces uno se obsesiona con una cosa que vi, pero no veo el resto que puede hacerlo cambiar completamente. Entonces ahí hay un tema fundamental también de servicio y es una necesidad urgente: aprender a dialogar.

P.- ¿Qué otro desafío tenemos como iglesia?

R.- Aprender de Jesús, de la acción pastoral de Jesús. Me convenzo cada vez más que Jesús no pretendía convertir a nadie, sólo compartir la vida con la gente y con ellos resolver sus necesidades fundamentales, haciéndoles ver que Dios quería reinar en ellos. ¿Cuáles son las necesidades fundamentales nuestras hoy? Ahí tenemos que estar, sirviendo. Era lo que hacía Jesús: había enfermos, los sanaba. Había hambre, multiplicaba el pan. Había marginados, los acogía, les devolvía su dignidad. Pecadores, recaudadores de impuestos, mujeres, niños. Todos ellos eran marginados. Lo que hacía Jesús era resolver con la gente sus necesidades. Es muy interesante ver cómo son los milagros de Jesús, llamados ‘fuerzas’ en los sinópticos y ‘signos’ y ‘obras’ en Juan. Son la fuerza sanadora de Dios que está actuando a través de Él.

Jesús, modelo de Pastor

P.- ¿Jesús era un milagrero?

R.- La palabra milagro es un invento nuestro. Aparece cuando Jesús se enoja, ‘ustedes no creen si no ven milagros’ y dice ‘tengan cuidado porque van a venir falsos profetas que van a hacer milagros. No les crean’. Cuando Jesús hace sus ‘milagros’ siempre incorpora a las personas, nunca hay algo que El haga por su cuenta como si fuera un hada madrina. Si no hay fe no puede hacerlos, como le ocurrió en Nazaret donde no pudo hacer milagros por la falta de fe, porque la gente no colaboró. Sólo cuando la gente colabora se produce esa corriente de la fuerza salvadora de Dios que pasa por Jesús y llega a la gente, si no, no puede. El texto dice ‘no pudo’, no dice ‘no quiso’. No fue una rabia que le dio porque no había fe, no, no pudo.

P.- ¿Solo hay esa fuerza sanadora?

R.- Tenemos que redescubrir a Jesús como modelo de pastor. Lo que hace Jesús, además de resolver necesidades, es crear parábolas, no solo habladas, sino crear espacios de una vida nueva. ¿A qué se parece el Reino de Dios? Y cuenta historias. Pero también ¿a qué se parece? Se parece a esto que hago yo, diría Jesús, con este grupo de 12, con estas mujeres que me acompañan, esto que hago yo acogiendo a los niños, almorzando con pecadores. A eso se parece el Reino de Dios. Él crea parábolas vivas. Cómo crear parábolas vivas en nuestra acción en este mundo. Francisco dice que todos caben en la Iglesia. Entonces, abramos el espacio: ¿cómo puede caber un masón, un ateo, un narcotraficante?, ¿cómo pueden caber los jóvenes, los que están en situaciones canónicamente irregulares?  No se nos ocurre porque defendemos lo nuestro, mantenemos nuestro sistema, hacemos que la gente se adapte a lo que nosotros proponemos. Por ahí no llegamos a ninguna parte.

P.- ¿La Iglesia en Chile está logrando superar la crisis de los abusos?

R.- El tema de los abusos es la parte exterior, la punta del iceberg. Se puede superar por fuera, con protocolos, prevención. Hay que hacerlos, sí, pero si no cambiamos la formación, redescubrir a Jesús como el modelo de pastor, no se va a mejorar el tema de los abusos. En síntesis: responder a los desafíos reales, abrirse al Espíritu y cambiar todo lo que haya que cambiar.

Noticias relacionadas
Compartir