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Hans Zollner, SJ. Miembro de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores

“En Australia la Iglesia Católica es vista como un monstruo”

El jesuita alemán Hans Zollner es uno de los referentes a nivel mundial en la promoción de acciones para la protección de los niños y los adolescentes en el seno de la Iglesia Católica. Según afirma, parte de sus motivaciones para dedicarse a esta misión surgieron de constatar que “a veces la Iglesia local en un país no se mueve ni hace lo necesario en términos de prevención, intervención y justicia a las víctimas (de abusos sexuales por parte de clérigos) hasta que los medios de comunicación no ponen el asunto en primer plano”. Desde la Pontificia Universidad Gregoriana, institución de la cual es hoy vicerrector académico, ha trabajado para incidir sobre estos desafíos a nivel mundial. Como miembro de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores, asesora al papa Francisco acerca de medidas que eviten que nuevas heridas se abran y que el silencio se imponga cuando debe prevalecer la justicia. Vida Nueva conversó con él, durante su paso por el país, en el marco de la más reciente asamblea de obispos.

¿Cuál es la posición actual de la Iglesia Católica con respecto a los abusos sexuales de menores por parte de clérigos?

Cada abuso de menores es horrible e incomprensible. La visión y la misión oficial de la Iglesia desde siempre, y especialmente en este momento, es que debemos hacer todo lo posible a fin de que no se produzcan estos abusos nuevamente.

El papa Benedicto y el papa Francisco han insistido mucho sobre esto, de diferentes maneras. El papa Benedicto, cuando todavía era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, consiguió el traslado de la competencia jurídica de los casos desde la Congregación para el Clero a la Congregación para la Doctrina de la Fe, con la intención de asegurar una cierta coherencia en el tratamiento de estas acusaciones; y como Papa continuó en algunas de las líneas más importantes con una legislación más severa, contundente en materia, por ejemplo, de la prescripción: el período de prescripción fue alargado a 20 años; y en 2010 la posesión y divulgación de pedo-pornografía se incluyó como crimen, según la normativa eclesiástica.

Benedicto fue a encontrarse con víctimas de abuso en todos sus viajes y escribió la carta a los católicos de Irlanda, uno de los pocos documentos eclesiásticos que demuestran una reflexión teológica sobre esto, ya que, hasta ahora, tratamos los abusos desde el punto de vista canónico y sicológico.

Para nosotros, en la Gregoriana, fue muy importante su apoyo en el simposio de 2012 para representantes de todas las conferencias episcopales del mundo; un apoyo decisivo para poder llevar este tema a un nivel global, dentro de la Iglesia Católica.

El papa Francisco, además de fundar la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores, ha tenido pronunciamientos muy claros sobre el tema, como la carta que escribió el 2 de febrero 2015 a los presidentes de las conferencias episcopales y la última, del 28 de diciembre de 2016, a todos los obispos, con la cual repite lo que ha dicho: tolerancia cero, que ningún sacerdote abusador debe volver al ministerio y que los procesos canónicos han de mostrar transparencia.

Estamos ante un Papa que ha comparado un abuso con un sacrilegio; el daño hecho al cuerpo de un niño o un adolescente con el daño hecho al cuerpo de Jesús; eso es muy fuerte.

A pesar de que hace años se empezaba a hablar en Roma de la lucha contra los abusos y de la necesidad de hacer todo lo posible para proteger a los niños, en algunos lugares lamentablemente no escuchaban. En todo el mundo, en este momento, hay una sensibilidad mucho más alta y con más enfoque y determinación para actuar. Algunos no saben, a veces, cómo empezar este cambio. Por eso es necesario crear una red de colaboración internacional, con la cual poder divulgar las competencias que tenemos como Iglesia, que son únicas; porque la Iglesia Católica existe casi en todos los países y tiene conocimientos e información que puede compartir, por ejemplo, sobre prácticas para mejorar la prevención, para promover medidas que sabemos que funcionan, pero que deben ser inculturadas y aplicadas a la medida de la persona humana en cada país. Se debe comprender cómo se viven las relaciones intergeneracionales, cómo está sancionado o no un abuso sexual en la familia y en la sociedad. Y allí la Iglesia Católica tiene un potencial de actuación y de promoción de la sensibilidad y de la protección de los menores, según mi parecer, sin comparación con ninguna otra institución mundial.

¿Qué lectura se hace de estos abusos en la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores? 

La comisión está conformada por expertos en distintos ámbitos: sicología, siquiatría, teología, jurisprudencia, derecho canónico… materias en las que se discuten estas cuestiones.

Por ejemplo, en el ámbito sicológico, se propende por utilizar las palabras de una manera exacta. En sociedades con lenguas de origen latino, lamentablemente, en los medios de comunicación se utiliza la palabra pedófilo para hablar de quien abusa de menores. Pero una parte menor de quienes abusan de menores son pedófilos o pederastas. En el sentido exacto de la palabra un pederasta es una persona que abusa de un niño antes de su adolescencia. El 90 por ciento de los abusos en la sociedad son contra adolescentes y en lenguaje exacto refieren a casos de efebofilia. Hay errores de lenguaje y un entendimiento erróneo de las posibilidades de tratar en terapia con esas personas.

No todos los abusadores de menores, si hablamos de abuso de adolescentes, son incurables. Hoy en día la psiquiatría, en general, declara que quienes están fijados en el abuso sexual o en la fantasía sexual con niños, antes de la adolescencia, son incurables; los efebófilos normalmente podrían mejorar, integrar mejor su sexualidad y controlarse, si hubiese las medidas de control y la supervisión necesaria.

El fenómeno de abuso sexual de menores está mucho más presente en todo el mundo. Muchos de los casos ocurren en el contexto familiar, donde hay la costumbre de callar o prohibir hablar: muchas madres no hablan cuando ven que sus esposos abusan de sus hijas. 90 por ciento de las denuncias en Colombia refieren al contexto familiar; 9 por ciento de los casos ocurrieron en el contexto institucional (parroquias, escuelas, internados, estudios de abogados, centros médicos o de sicoterapia).

El abuso sexual daña tremendamente la vida. Algunas personas logran vivir una vida bastante normal; para otras el costo es muy alto, en el sentido de que no viven relaciones cercanas, padecen depresión o separan una parte de su conciencia de la vida de cada día.

La persona humana, sea el abusador, sea la víctima, demostrará una reacción diferente. La diferencia en la reacción no se explica muy fácilmente. En sicología y siquiatría se usa la palabra resiliencia para expresar la capacidad de estabilizarse.

El abuso sexual está conectado con otro tipo de abusos: violencia física, emotiva, violencia del poder, relacional, violencia a conciencia. Es importante no mirar el fenómeno solo desde el punto de vista sexual; porque una sexualidad mal vivida es un síntoma. Hay también dinámicas interiores involucradas; una persona que abusa de un menor o está muy enferma o no logra manejar sus dinámicas interiores de una manera más integrada: normalmente no tiene relaciones adecuadas con personas de la misma edad. En el caso de un sacerdote, a veces tiene temor de mirar de frente a una mujer; y la decisión de entrar a un seminario, de hacerse sacerdote, podría estar conectada con el miedo a una relación íntima, pero también a la responsabilidad frente a una persona coetánea y una familia.

¿De qué forma el abuso por parte de un clérigo hacia un menor se configura como violencia a partir del poder conferido?

“El abuso sexual daña tremendamente la vida”

El ministerio sacerdotal es conferido a personas de las cuales la Iglesia espera que sean mensajeros del Evangelio, del cuidado de los más vulnerables; de la curación de los enfermos, del acompañamiento de las personas más desafortunadas. Que la ordenación otorgue una posición de poder que puede ser abusada es una realidad. Lamentablemente la vocación en algunas personas se convierte en un medio para lograr aceptación y poder vivir sus deseos más escondidos: sentirse bien consigo mismo, recibir gratificación, pretender llenar un vacío.

El poder no podemos quitarlo. El poder está allí. Cada posición, sea en la Iglesia o en otra institución, comporta un cierto desnivel con ciertas personas subordinadas. Soñar una Iglesia, una institución, una sociedad sin autoridad no funciona. No ha funcionado nunca en la historia humana.

El enfoque de nuestra formación como sacerdotes debería favorecer el ejercicio de este poder en una manera conforme al Evangelio, como servicio. Tenemos ejemplos de esto. El papa Francisco tiene el poder absoluto en la Iglesia, según la definición del ministerio petrino; pero no creo que la gente vea en él a un autócrata, un déspota, que se permite todo porque está arriba de todas las reglas. La gente percibe que está cerca de los necesitados. En el mundo político ello es percibido claramente como un poder. Conozco en Roma a embajadores que están fascinados con su manera de promover una Iglesia no autosuficiente, que no se concentra solamente en la defensa, que no tiene miedo de comunicarse con el mundo sobre cuestiones como la inseguridad, la pobreza, la injusticia, las guerras. Tienen de él la imagen de un líder mundial, cuyo poder no se apoya en la fuerza y la economía, sino en la credibilidad.

¿A qué ha obedecido el silencio frente a tantos hechos?

Una institución se defiende siempre; y defiende a sus miembros. Sea la Iglesia, la BBC, la ONU. Se teme la mala fama; por eso, muchas veces, se busca a toda costa que no salgan estos escándalos e historias.

En la Iglesia hay otros aspectos que han aumentado esta actitud. Uno, que muchos obispos o superiores han percibido su cargo como el de padres espirituales de sacerdotes. Un padre tiene que ser misericordioso. Muchas veces los obispos y los provinciales han creído en las promesas de sacerdotes acusados, acerca de que nunca habían hecho algo así o que no lo volverían a hacer. Los obispos, por una razón humanamente comprensible, creían en estas promesas (tú, que eres padre, quieres creer que tu hijo no miente). Lamentablemente muchos de estos sacerdotes fueron manipuladores. Los obispos les creyeron y los trasladaron de una parroquia a otra. Así se difundió el mal.

Otro aspecto es el de considerar a la Iglesia como una madre a la que no podemos hacerle ningún daño, como manchar su imagen. Hubo un argumento espiritual y teológico. Y también la falta de coraje para mirar a los ojos la realidad del abuso, de la manipulación, del sufrimiento de las víctimas.

Hasta el día de hoy no tenemos una verdadera comprensión de la gravedad del trauma espiritual que se produce cuando un sacerdote abusa, porque abusa normalmente de una persona muy cercana a la fe, no de un no creyente; de una persona que está en una parroquia, en una escuela católica o en el jardín de niños católicos. No hemos comprendido a nivel eclesial la importancia de este trauma espiritual. Hasta ahora estamos focalizando sobre el aspecto sicológico y canónico, pero el aspecto espiritual y teológico no ha sido tratado de manera suficiente.

Posiciones claras, realidad global compleja

“La actitud de la Iglesia Católica en todos los documentos, en todas las declaraciones, es muy clara. Sin embargo, la Iglesia refleja una realidad de casi 200 países, con miles de culturas muy diferentes. Casi todas las conferencias episcopales tienen las líneas guías frente a los abusos que la Congregación para la Doctrina de la Fe les pidió. Faltan algunas, sobre todo del África francófona, que no han logrado ese reto, por una u otra razón. Esto dice mucho sobre la actitud en estas iglesias y estas sociedades, donde el abuso sexual de menores no es de primera importancia para una discusión pública y una atención eclesial, porque en muchos de esos países hay guerras, falta de educación o son estados fallidos. Cuando uno habla con alguien que viene de Europa o del mundo occidental, que empieza a hablar del abuso y la necesidad de trabajar en la prevención, en esas iglesias locales la respuesta inmediata es: ustedes tienen este problema, nosotros tenemos problemas mayores: muerte por hambre, la enfermedad, las guerras, la persecución”.

¿Cuáles han sido las consecuencias del silencio?

En primer lugar, tenemos que pensar en las víctimas. La primera consecuencia es que muchas de ellas están totalmente alejadas de la Iglesia, de la posibilidad de creer; la base de la fe ha sido destruida y muchas han perdido la posibilidad de confiar en cualquier palabra eclesial.

En segundo lugar, muchas personas en la Iglesia y fuera también han perdido la confianza. La credibilidad de la Iglesia ha disminuido; en algunos países, totalmente. Si yo voy por Irlanda o Bélgica con el hábito sacerdotal me escupen en la cara. En Australia la Iglesia Católica es vista como un monstruo.

Esta es una consecuencia que las personas que niegan el abuso no conciben. Un día, antes o después, saldrán los hechos. Una parte de mi motivación para entrar en este asunto fue constatar que a veces la Iglesia local en un país no se mueve ni hace lo necesario en términos de prevención, intervención, justicia a las víctimas, hasta que los medios de comunicación no ponen el asunto en primer plano.

¿Cómo está constituida la comisión y cuáles son las principales acciones que está promoviendo para la protección de los menores?

La comisión fue instalada por el papa Francisco en marzo de 2014. No tiene ningún poder jurídico, porque las cuestiones jurídicas dependen de los tribunales de cada diócesis, de los tribunales de la Santa Sede y de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Somos un órgano autónomo de la Santa Sede, bajo la dirección del Santo Padre; estamos afuera de cualquier congregación o consejo pontificio. El reto fundamental es aconsejar al Papa sobre medidas. Por ejemplo, propusimos jornadas de oración en favor de las víctimas, animadas por las conferencias episcopales. Hemos sugerido también juzgar a obispos y provinciales que no ejecuten las normas eclesiásticas en reacción a los abusos.

¿Qué lugar tiene la atención a esta problemática en la formación inicial de los futuros sacerdotes?

En el número 202 de la nueva Ratio se habla de la necesidad de que en cada nuevo programa de formación sea integrada la atención a la prevención; que los rectores, obispos y provinciales sean alertados sobre la necesidad de elegir a los candidatos apropiados y más tarde se ordene solo a personas que han demostrado que están en grado de poder vivir el celibato y entregarse al servicio del Señor y de su pueblo. En cada seminario, a lo largo de toda la formación, debería ser incluido un programa de sensibilización y de prevención. O nos enfrentamos a esto con humildad o huimos hasta que se presente. La selección de personas debe prestar atención a signos de un desequilibrio emotivo, a la dificultad de relacionarse con coetáneos, a una atracción visible hacia los menores. También, a las personas que han sido abusadas y que quieren entrar en la vida religiosa o en el seminario. Probablemente hay un cierto número de esas personas que buscan una vía de salida frente a sus traumas, porque piensan que en el sacerdocio pueden olvidar. Normalmente, después de algunos años, sobre todo en la formación religiosa seria, vuelven estas cosas; al tocar la interioridad las heridas se reabren. Son dos grupos de personas a la cuales deberíamos prestar gran atención y ayudarles, a los unos, a no continuar y hacerse ayudar; a los otros, a discernir si están huyendo o encaminándose en una seria búsqueda de una integración mayor con sus heridas.

Miguel Estupiñán

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