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Cuando ser cristiano es un peligro mortal

Ante la magnitud de la tragedia de los cristianos perseguidos en el mundo, la sociedad mundial ha permanecido indiferente.

Las violaciones a la libertad contra distintos grupos humanos han provocado explicables reacciones internacionales; no ha sucedido así cuando el derecho a la libertad religiosa en las tres cuartas partes del mundo provoca muertes y abusos.

Pero más sorprendente es la frialdad de los grupos cristianos frente al hecho. Ante la indiferencia del mundo, hoy están muriendo más cristianos que en los primeros siglos del cristianismo.

Estos son los temas que usted encontrará a continuación.

Las estadísticas son de una elocuencia escalofriante: en 2016 cada seis minutos fue asesinado un cristiano. 90.000 creyentes pagaron con su vida su condición de cristianos en el año que terminó.

Un estudio del Centro para el Estudio del Cristianismo  Global  concluyó que el de los cristianos es, hoy por hoy, el grupo religioso más perseguido en el mundo.

No es un fenómeno nuevo. Hace 5 años fueron 105.000 los cristianos muertos en el mundo; de ellos 63.000 (el 70%) en África, en donde negarse a tomar las armas para las guerras tribales  es castigado con la muerte. Según Massimo Introvigne, director de la CESNUR, el 30% de estas muertes ocurrió en atentados terroristas atribuidos a militantes del Estado Islámico (EI).

Entre 2015 y 2016 aumentó en un 63% el número de cristianos muertos y en un 127% el de iglesias objeto de atentados. Este aumento de las acciones contra los cristianos se viene dando desde los comienzos del siglo. Entre 2003 y 2010 los actos terroristas contra los cristianos crecieron en 309%.

La ONG Open Doors elaboró una lista de 50 países del mundo en los que ser cristiano constituye un peligro mortal. La encabezan Somalia, Siria e Irak y siguen Nigeria, Pakistán, Myanmar, República Centroafricana, Egipto, México, Sudán e India. Colombia figura también en esa lista.

El Informe sobre libertad religiosa de la ONG Ayuda a la Iglesia Necesitada llega a la conclusión de que entre 186 países del mundo la libertad religiosa está limitada en el 42%, o sea en 82 países, y que la situación no parece susceptible de cambiar. El mismo estudio dice que, examinada la situación de 192 países, solo seis han mejorado. Por el contrario, ha empeorado en 55 y en 14 de ellos distinguidos por la presencia persecutoria del EI.

La persecución en estos países aparece descrita por el patriarca caldeo Luis Rafael I Sako cuando calificó como fenómeno cotidiano la muerte violenta de cristianos, la vida como refugiados, después de la destrucción e incendio de sus viviendas, la destrucción de iglesias y mezquitas por fanáticos musulmanes, por chiítas y suníes.

Al conceder la comunión eclesiástica, a la Iglesia particular de Silicia en la capilla Santa Marta el 12 de septiembre de 2015, el papa Francisco observó: “no hay cristianismo sin persecución” y aludió a los armenios como “los primeros perseguidos y degollados por la fe”. “La Iglesia está orgullosa de vosotros”, dijo.

Durante el Ángelus del pasado 26 de diciembre, el Papa afirmó que en nuestro tiempo los mártires que dan la vida por su fe superan en número a los de los primeros siglos del cristianismo. Y explicó: “el mundo aborrece a los cristianos por las mismas razones que a Jesús”.

¿Por qué los persiguen?

Esas mismas razones las tuvieron los atacantes que en las llanuras de Nínive saquearon y destruyeron las aldeas cristianas y provocaron el desplazamiento de 3’100.000 personas, entre el 5 y el 7 de agosto del año pasado. Sako, el patriarca de Babilonia, llamó “auténtico genocidio” y “acto diabólico” a ese episodio de la persecución.

En África se han multiplicado las víctimas de la persecución y los grupos de perseguidores de los cristianos. En las informaciones forman una sopa diabólica de letras los nombres de esos grupos anticristianos que obedecen, entre otros, a Boko Haram: Seleky, ADF, Nalu, El Shabaab, la RCC de Nigeria, en Chad RDC. Estos grupos fueron los autores de la muerte de cristianos, que fueron el 70% de los 90.000 asesinados el año pasado.

Son conflictos en los que se mezclan lo tribal y lo religioso y que dan lugar a episodios como el vivido por los ocupantes de un bus en Kenia, que inesperadamente fue abordado por hombres armados que ordenaron: los que sean cristianos pasen a las bancas de la derecha, los musulmanes, a la izquierda. Para su sorpresa nadie se movió, en una insólita actitud de solidaridad con los cristianos que eran los amenazados. Los asaltantes insistieron con gritos y amenazas. Los pasajeros no obedecieron. Entonces dispararon sobre ellos y dejaron en el bus dos muertos y cuatro heridos.

Es un odio alimentado por vagas razones étnicas, religiosas, culturales y políticas que convergen en el cristiano como el diferente y rechazable, por ajeno a la cultura dominante. Le pasó a Tom Uzhunnalil, un sacerdote salesiano nativo de la India, que fue secuestrado en Yemen desde el mes de marzo del año pasado por fundamentalistas islámicos de Aden. La razón: ser cristiano.

Cifras

2016: 90.000 creyentes muertos.

Cada 6 minutos fue asesinado un cristiano.

600 millones de cristianos viven sin libertad religiosa.

Es la misma oscura razón por la que 700 familias sirias de Kessab tuvieron que huir en junio de 2014 cuando milicias anti-Assad entraron a su pueblo, destruyeron casas, dinamitaron un centro cultural y dispararon contra la gente.

En estos casos la persecución es de no cristianos contra cristianos, frecuente en África y Asia. Pero también se da la persecución de cristianos contra cristianos, que es el fenómeno latinoamericano.

Sacerdotes, catequistas, obispos, religiosos han muerto a manos de otros cristianos que, en muchos casos, pretendían defender su personal visión de lo cristiano. El hombre que disparó contra el obispo Óscar Romero en San Salvador era cristiano, lo mismo que quien le pagaba por el asesinato; el que asesinó al arzobispo Isaías Duarte en Cali, o el guerrillero que torturó y dio muerte al obispo Jesús Emilio Jaramillo, o el que asesinó en Guatemala al arzobispo Juan Gerardi, que había promovido la investigación sobre la violencia, eran cristianos que se proponían ganar un dinero o eliminar a alguien que creía de modo diferente.

Hay, pues, un extenso catálogo de razones para perseguir a un cristiano y para hacer del cristianismo un peligro mortal para quien lo profesa y proclama.

En Hungría llegó a ser una situación tan crítica que el Gobierno creó una secretaría de Estado para ayudar a los cristianos perseguidos. La nueva oficina, dependiente del Ministerio de Recursos Humanos, tiene, según la expresión oficial, la misión de “luchar contra las persecuciones a los cristianos”.

Publicada por la prensa después de la última navidad, la fotografía de la navidad en Alepo, entre las ruinas de la catedral maronita de San Elías, resultaba conmovedora y simbólica de una iglesia que nace todos los días entre las ruinas, como Jesús en la cueva de Belén, y esto a pesar del impacto negativo de la persecución.

Alepo era, hace 4 años, una comunidad cristiana de 250.000 bautizados; hoy son 100.000. En Irak, después de la Yihad que desató sobre los cristianos una persecución arrasadora, el 1’200.000 cristianos se redujo a 300.000 que han visto el implacable cumplimiento de la orden oficial de destruir estatuas, iglesias, tumbas y santuarios católicos.

El Centro de Estudios Religiosos (CESNUR) testimonia que una reacción por parte de los perseguidos es “el testimonio sereno de su fe, el perdón a los perseguidores y la oración por ellos”. En los territorios ocupados por los terroristas en Irak y Siria, permanecen aún esos grupos de cristianos que, a pesar del temor, testimonian su fe.

Los informes recogen con admiración la actividad de las iglesias de Kirkuk, que acogen a los refugiados musulmanes que llegan de Mosul, huyendo de la persecución tribal de los sunitas.

Como sucedía con los primeros cristianos perseguidos, su reacción es la de dar con mayores veras un testimonio de su fe. De uno de esos países africanos en donde la persecución, como una tempestad, todo lo arrasa, han llegado a la prensa la fotografía y el mensaje de la hermana Guadalupe Rodrigo que, escuetamente, afirma: “la fe en pie, más que nunca”.

Una tragedia mundial

Los cristianos han sido el grupo religioso más perseguido en el mundo

(Centro para el Estudio del Cristianismo Global).

Hay persecuciones en 139 países del mundo.

Entre 2003 y 2010 los actos terroristas contra cristianos aumentaron en un 309%.

Más motivos para perseguir

Los emperadores romanos creían merecer el tratamiento de dioses y por eso temían y perseguían a los que proclamaban a un dios único, o adoraban a otros dioses. ¿Hoy alguien teme a los cristianos? ¿Existen razones para perseguirlo?

El islam radical mantiene viva una vieja convicción: el que no es musulmán es un infiel que debe convertirse. Trasplantado a la actualidad, ese viejo prejuicio da por resultado la práctica de la persecución que viven los cristianos en África o en Asia, donde las mayorías construyen su fe alrededor del Corán. Allí se persigue al cristiano por ser cristiano, no porque así lo ordene el Corán, cuyo mensaje es de paz, sino porque así conviene a la política del Estado Islámico o de los grupos fanatizados que, con la misma lógica de los cruzados o de los combatientes en las guerras santas, hicieron la violencia en el nombre de Dios. Su persecución a los cristianos hace parte de su guerra santa.

Parecida a esta razón es la que alegan muchos perseguidores de cristianos, que se sienten continuadores y vengadores de la historia en que los cristianos asumieron el papel de perseguidores. Episodios históricos como La noche de San Bartolomé, o las de las Cruzadas, o la conquista de América, en que la violencia tuvo una motivación religiosa, parecen legitimar las persecuciones de hoy. A esa violencia con razones religiosas sigue la de corte antirreligioso.

Aquí es lo religioso, mirado como contrario a lo racional o a lo democrático o a la libertad de pensamiento, lo que se rechaza, sea la religión que sea. Este perseguidor de manos limpias puede ser un intelectual, un científico, un aconductado ciudadano que miran lo religioso como atraso y negación de los derechos del pensamiento libre. Su persecución no es sangrienta, ni represiva, sino de exclusión y de señalamiento discriminatorio.

En vez del nombre de Dios que los perseguidores invocan para hacer su violencia, estos justifican su rechazo de lo religioso en nombre de la civilización y la modernidad. Desde 1910 hasta hoy los cristianos disminuyeron en un 40.4 % en el mundo. En Oriente Medio y en el norte de África en un 0.1%. Aumentó su número en las Américas en un 14.7%. En Asia pacífico en 8.6% y en África subsahariana en 22.2%.

China y Arabia saudita, a su vez, ven el cristianismo como una amenaza. En Birmania y en la India el cristianismo aparece como un obstáculo para el ascenso y el progreso social y en gran parte del mundo oriental el cristianismo se ve como una expresión occidental que introduce en la sociedad los valores y perversiones de Estados Unidos y de Europa. Es, pues, una lucha contra esta avanzada de la cultura occidental la que inspira la persecución a los cristianos.

La misma razón cultural es la que identifica a los cristianos con una forma de vivir y de relación con los otros, propia de occidente.

Recientemente en España hubo conmoción cuando un movimiento laicista promovió una acción de gobierno para quitarle a la Iglesia la propiedad de la catedral de Andalucía. Al mismo tiempo se conoció la irrupción de un grupo que en Navidad interrumpió las celebraciones en la parroquia de San Félix en Sabadell; o los que en Colombia, en nombre de una constitución laica, promueven la imposición de impuestos a la Iglesia, puesta a la par con cualquier empresa o negocio lucrativo, o la supresión del apoyo económico oficial a la Semana Santa de Popayán. Así, el laicismo radical se agregaría a las razones que inspiran, con atenuadas formas, la persecución a los cristianos.

No es difícil identificar en algunas de estas razones lo que el papa Francisco señalaba: las mismas por las que Jesús fue objeto de rechazo y persecución.

Un clamoroso silencio

Las cifras y los hechos mencionados hasta aquí, cuando se reúnen, revelan la existencia de un hecho que parece desmentir cuanto ha proclamado la civilización como conquista en materia de derechos humanos.

El Pew Forum en 2012 lo dejó escrito: “el cristianismo es la religión perseguida en las tres cuartas partes del mundo, o sea en 139 países”. Sin embargo, hasta ahora no se ha promovido una discusión sobre el hecho, con la intensidad con que los medios y las instancias políticas mundiales polemizan sobre otros derechos humanos. Ni las Naciones Unidas, ni las organizaciones de Derechos Humanos, ni los tribunales han registrado el tema en sus agendas. Sin embargo, se trata de un hecho que contradice y pone en peligro la vigencia del derecho humano a la libertad religiosa.

Hay en el mundo 600 millones de personas que no pueden ejercer ese derecho, sin peligro para sus vidas. Anotaba el Papa: “la comunidad internacional no puede ser indiferente ante este inaceptable crimen”.

Pero la humanidad no parece ver ni oír los hechos y las voces de esta persecución. Es un silencio que Régis Debray explicó a su manera y de acuerdo con su visión no religiosa: “las víctimas de esta persecución, decía, son demasiado cristianos para interesar a la izquierda; y demasiado extranjeros para mover la conciencia de la derecha”.

En efecto, el laicismo no tiene el tema en su agenda ni quiere tenerlo y, quizás, un sentimiento de culpa aconseja no agitar un tema molesto; pero los creyentes también callan, o parecen desconocerlo todo sobre el tema. ¿Por qué?

Libertad religiosa

El derecho a la libertad religiosa se desconoce en 82 países del mundo.

Hoy las víctimas de la persecución religiosa son más que en los primeros siglos del cristianismo.

Porque la mirada de estos cristianos es corta; apenas si observan su comunidad o su vecindario o su país. Lo que está más allá de esas fronteras se siente demasiado lejano. Cuando se conocen estos casos de persecución se cree que son excepcionales; no se alcanza a imaginar que son sociedades enteras las que padecen persecución, ni se tiene idea del sufrimiento, la angustia y la incertidumbre de vivir en esas condiciones. Hace más difícil la valoración la idea recortada de la universalidad implicada en una sola fe, una sola Iglesia, un solo bautismo que nos hacen parte de las alegrías y sufrimientos de todos.

Cada confesión cristiana: católicos, bautistas, pentecostales, luteranos, etc., inmersa comunidad, pierde sensibilidad y conocimiento de los demás. Es el límite que introduce la autorreferencialidad.

Sin embargo, mientras usted leía estas líneas alguien ha estado agonizando o muriendo, o ha sido expulsado por razón de su fe en alguna parte del mundo. Esto interpela nuestra conciencia y aviva nuestra esperanza; en efecto, la historia ha demostrado que la sangre de cristianos fecunda y difunde una nueva vida a la familia humana. Es la regla sorprendente y mantenida en la economía misteriosa de Dios.

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