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Antonio, el sin techo español que habló con el Papa

Antonio, sin techo español usuario de la iglesia de San Antón del padre Ángel Mensajero de la Paz participante Jubileo de los excluidos le entregó un regalo al papa Francisco 11 noviembre 2016

Durante el Jubileo de los excluidos, en nombre de los 50 peregrinos de la parroquia de San Antón

Antonio, sin techo español usuario de la iglesia de San Antón del padre Ángel Mensajero de la Paz participante Jubileo de los excluidos le entregó un regalo al papa Francisco 11 noviembre 2016

Antonio, con una foto del altar de la iglesia de San Antón, esperando al Papa

LUCÍA LÓPEZ ALONSO | Moreno de piel y de mirada joven, Antonio solo tiene 40 años. El jueves pasado, llegó a la iglesia de San Antón –la parroquia que tiene el padre Ángel en el centro de Madrid– casi media hora antes de lo que le había dicho la directora, nervioso por empezar la peregrinación a Roma organizada por Mensajeros de la Paz para 50 personas sin hogar.

Cuando trabajaba de camarero en Palma de Mallorca, estaba acostumbrado a viajar: Palma-Madrid, Madrid-Mérida. “Con 30 años –explica a Vida Nueva–, lo había tenido todo en la vida. Todo lo que quiere un chaval. Pero, debido a un tumor cerebral que me apareció, cambió mi suerte”. Estaba exactamente entre el cerebro y la cavidad craneal. Después de la operación, en plena convalecencia, dando una vuelta con un amigo, conoció la droga. “Quería despejarme, porque también le acababan de descubrir a mi padre un cáncer en el brazo. Yo saqué un porro y él la plata. Era más pequeño que yo, pero me convenció para que lo probara”, cuenta Antonio.

Luego la cocaína le hizo olvidar las enfermedades que habían entristecido a su familia y la muerte de su hermano mayor, “que era el más guapo y lo más grande”. Aunque, a la vez, le dejó en la calle. “Solo consumí unos meses, pero mi madre me dijo que no volviera. Sabía en qué me gastaba los cinco euros que me daba cada día”, explica con sinceridad.

Antonio ha experimentado que dormir en la calle es estar siempre solo y que los demás parezca que ni te ven. También, mirar el suelo donde vas a echarte y preguntarte por qué otra noche más: “Es muy difícil. Yo hice el servicio militar, y me enseñaron algunas cosas, como llegar a cualquier sitio y poder hacer mi pequeña cama. Es lo que hago. Me duermo y, por la mañana, salgo escopetado. No reconozco ese hueco como mío durante el día. No lo acepto”. Es como si llevara una década de maniobras militares de supervivencia…

Pero, hace casi dos años, descubrió San Antón. El templo en el que Ángel García, presidente de Mensajeros de la Paz, atiende a personas en situación de calle. “Allí he encontrado lo más grande que podría encontrar, teniendo una vida como la que tengo. Personas que no me tratan como al diferente, aunque no me presento todos los días. El padre Ángel me reconforta y me regala todas estas experiencias”.

Antonio, sin techo español usuario de la iglesia de San Antón del padre Ángel Mensajero de la Paz participante Jubileo de los excluidos le entregó un regalo al papa Francisco 11 noviembre 2016

El momento de la entrega del regalo y saludo a Francisco

Jubileo en Roma

Frente al Coliseo, está recordando que acaba de entregarle, dentro del Aula Pablo VI, un obsequio al papa Francisco. “Me coloqué al lado del pasillo central, por el que pasa el Papa. El padre Ángel estaba a mi lado, también muy nervioso. Llevaba un dibujo enmarcado del altar de San Antón. Entonces el Papa me vio, vino y me preguntó: ‘¿Es para mí?’. Le dije: ‘Sí, para usted’. Y luego me di cuenta de que tenía que haberle dicho que ‘para Su Santidad’, ¿no? Pero me lanzó la mano y le di la mía. Fue una cosa tan normal que, de verdad, fue preciosísima”.

“Llevaba 11 años sin coger un avión. Yo, que he conocido Austria, Alemania, Bélgica, Italia. Y también sin pegarme un baño, que es lo primero que he hecho al entrar en la habitación del hotel. Al padre Ángel le debo todas estas alegrías, las de cualquier otra persona”, dice con honda emoción.

Después de haber participado en el Jubileo de los excluidos, mira al futuro sin rencor. Ya este mes va a empezar a cobrar la RMI (Renta Mínima de Inserción), y podrá mirar habitaciones. “Nunca me ha dado rabia la gente que tiene de todo y no me ayuda, porque entiendo que lo que tienen es suyo. Pero he sufrido mucho. Vivir en la calle es espantoso, no se lo deseo a nadie. Y cuando extraño una ducha o me muero de la vergüenza por pedir, en quien pienso es en los que llevan más tiempo que yo”.

Quizás esa haya sido la lección del Jubileo. Que los que sufren saben solidarizarse con los demás, defendiendo una dignidad que es de todos.

Publicado en el número 3.012 de Vida Nueva. Ver sumario

 


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