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César Pérez de Tudela: “No tengo más remedio que creer”

El escritor y alpinista presenta su último libro ‘Al filo de la escalada’

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ÁNGELES LÓPEZ | Estudió Derecho, fue policía y es periodista, escritor, experto en Protección Civil, divulgador de la naturaleza, conferenciante, esquiador, alpinista, organizador de expediciones, enviado a las guerras de Vietnam, Malvinas o a la Marcha Verde. Su vida son muchas vidas y por eso ha decidido contarlas en su último libro Al filo de la escalada (Almuzara). Con el hombre que ha muerto muchas veces pero sigue vivo, compartimos un café.

PREGUNTA.- El libro recoge sus memorias y constituye un conmovedor documento de amor a la naturaleza. ¿Qué encontrará el lector?

RESPUESTA.- El libro es ameno y variado en su contenido: expediciones, escaladas de montañas, encuentros con personas conocidas, anécdotas, tragedias… es como la vida.

P.- ¿Por qué se ha decidido a escribir este libro? Suena a que sea el último, ¿o queda mucho Pérez de Tudela por “contar”?

R.- No debería ser el último. Mi personaje, el barón de Cotopaxi, tiene que narrar muchas experiencias todavía, algunas de las cuáles son aquellas que no he podido realizar.

P.- El ser humano se acostumbra a la “disciplina de los grandes sufrimientos”. ¿Cuál ha sido el peor momento que le ha dado la montaña?

R.- La muerte de Elena en el Hindu Kush. Fue como un sueño, una terrible realidad, una visión bíblica: abrir aquél saco de dormir, cruzado en el camino de entrada a ese poblado perdido en las montañas, y ver el cuerpo de Elena, cuando esperaba encontrarla viva.

P.- ¿Cambiaría el mundo si se rigiese por las normas de la montaña?

R.- El mundo sería más justo. Los mejores son los que más se esfuerzan, los que más ayudan a sus compañeros, todo lo que se hace se conoce y no hay codicia.

P.- ¿Cada noche hay una oración para los que se han quedado en la montaña?

R.- Sí. En escaladas y expediciones, en los momentos difíciles, antes, durante o incluso después, siempre rezo pidiendo ayuda o dando gracias a Dios, rezando a esos compañeros que están en ese mundo perdido del “más allá” mejor posicionados. Yo nunca rezo a los muertos sino que les pido ayuda para dar el “paso” difícil.

P.- Los toreros dicen que es un honor morir en la plaza. ¿Y para un alpinista?

R.– Yo creo que morir es trascendente. A mí nunca me gustó eso de morir rodeado de familiares, demacrado y con mal aspecto, tumbado en la cama, agonizante. Efectivamente siempre desde muy joven decidí morir con las botas puestas, es más gallardo. También creo que es mejor morir en soledad. Pero deberemos aceptar lo que Dios decida…

P.- Hablando de Dios… ¿Qué opina de su máximo representante en la tierra?

R.- Me parece un personaje valiente y extraordinariamente activo.

P.- Por todo lo que hemos hablado, se puede decir que es un hombre de profunda fe…

R.- Yo doy muchas veces gracias a Dios y no me importa hacerlo público. Soy cristiano por cultura –la primera cultura viene de la religión–, y como he vivido tantos acontecimientos, casi increíbles como relato en el libro, confieso que soy un agradecido a Dios. Por ello cuánto me preguntan: ¿Usted cree en Dios? Contesto que no tengo más remedio.

Dicto sentencia

“Fui candidato al Congreso en el 77, pero no salí. Iba por AP en el puesto 38. Algo aprendí: la política no es para mí. La disciplina de voto y todo eso… Sé obedecer, pero no sé mentir. La política, hoy, no es gallarda”.

“Me place echar la vista atrás y decirme: no has desaprovechado el tiempo ni actuado con indignidad. El mayor placer es superar el miedo. Soy valiente, pero se pierde un poco el valor con los años”.

En el nº 2.985 de Vida Nueva

 

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