De un tal Blázquez a querido don Ricardo

Carlos Amigo, cardenal arzobispo emérito de SevillaCARLOS AMIGO VALLEJO | Cardenal arzobispo emérito de Sevilla

“Don Ricardo sabe reconocer la diferencia y el derecho a pensar de forma distinta. Firme en sus convencimientos, pero escuchando a los que otro criterio puedan tener…”

Acaba de ser elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española. Ninguna sorpresa. Es un obispo muy querido y en el que se reconocen actitudes de lo más apropiadas para presidir y servir en la caridad a la Iglesia que peregrina en España.

Galicia, y particularmente Santiago, fue el punto de partida de mi relación directa con las instituciones de la Iglesia. Allí fue obispo auxiliar don Ricardo. La huella de su bondad y de saber actuar eficazmente en la sombra y con una sencillez ejemplar todavía permanece en cuantos le conocimos.

Después, Palencia, mi diócesis de origen cristiano, pues en ella fui bautizado, en la parroquia de Santa María de Medina de Rioseco, entonces perteneciente a la diócesis palentina. Allí siguió con su mismo estilo y se ganó el aprecio de todos.

Ni nada quiero pedir ni a nada me puedo negar. Palabras casi textuales de don Ricardo, que acababa de ser nombrado obispo de Bilbao. Fue recibido, desde los estamentos oficiales, con unas palabras que sonaban a indiferencia, por no decir a disgusto, pensando que llegaba una persona nada grata. No sé si fueron años duros o no, pues una de las buenas actitudes de monseñor Blázquez es la de mostrar siempre la cara de la paz y de la serenidad. No es que la procesión fuera por dentro, es que, para él, en los adentros y para fuera, siempre domina el sentido de fidelidad a su vocación de obispo, de obediente y de servidor del pueblo que se le confía.

Al final de su etapa, no solo había cambiado el saludo del tal Blázquez a querido don Ricardo, sino que unos y otros, desde posiciones muy diferentes, alababan el ministerio realizado por un obispo enviado para ser signo de unidad y de caridad.

Muchas son las alabanzas y reconocimientos a la ejecutoria de monseñor Blázquez a lo largo de sus muchos años de encomienda episcopal. Todos ellos sobradamente merecidos. Pero pocos han reparado en que una de las grandes virtudes de don Ricardo es la de ser un hombre justo. En el mejor sentido que de esta palabra se hace en la Sagrada Escritura: temeroso de Dios y valedor de los derechos de las personas, sobre todo de los más débiles.

Don Ricardo sabe reconocer la diferencia y el derecho a pensar de forma distinta. Firme en sus convencimientos, pero escuchando a los que otro criterio puedan tener. Como buen intelectual, sigue el criterio de la continuidad en la hermenéutica de la verdad, pero siempre está abierto a aquello que Dios le puede ir manifestando en los signos de los tiempos y también de los espacios.

Por eso don Ricardo comprendía y respetaba a las gentes de Galicia, valoraba la reciedumbre de la fe castellana y quiso ser instrumento de reconciliación, con la fuerza del Evangelio en la mano, en Vizcaya.

En fin, de un tal Blázquez a presidente de la Conferencia Episcopal Española. Siempre y en todo momento, querido don Ricardo.

En el nº 2.887 de Vida Nueva.

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