Tribuna

Culturas juveniles

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Gianfranco Ravasi, cardenal presidente del Pontificio Consejo de la CulturaGIANFRANCO RAVASI | Cardenal presidente del Pontificio Consejo de la Cultura

“Preferiría centrarme sobre la fe en los jóvenes, en la confianza en sus potencialidades, aunque estén sepultadas bajo esa indiferencia…”.

Debo confesar que cuando era un muchacho envidiaba a los quiosqueros porque tenían a su disposición una vasta gama de publicaciones para leer sin tener que pagar nada. Pues bien, entre los tantos indicios posibles de una metamorfosis generacional, hay uno que, precisamente, tiene que ver con el papel impreso y que me llamó la atención hace ya años, cuando todavía era director de la Biblioteca-Pinacoteca Ambrosiana de Milán.

El Corriere della Sera patrocinaba una gran exposición sobre el Codice Atlantico de Leonardo que custodiábamos y, cada mañana, nos dejaba gratuitamente una pila de diarios. Cuando llegaban los visitantes adultos, todos se daban prisa para coger un ejemplar. Cuando eran estudiantes de instituto los que llegaban, ninguno soñaba siquiera con recoger el periódico.

A cualquiera le resulta fácil hacer la prueba: basta con tomar el metro por la mañana y verificar cuántos estudiantes hay con libros de texto, con un periódico… Un lector me escribía: “En una entrevista, una vez usted se declaró un ecléctico cultural. Pero habrá un campo de interés de esta fase histórica que, fundamentalmente, tiene en consideración”.ilustración de Jaime Diz para el artículo Culturas juveniles, cardenal Ravasi, 2872

La pregunta para mí es fácil: la cultura juvenil (y olvidémonos de las discusiones sobre esta fórmula que no quiere ser ni censora ni de apartheid).

La comunicación nos muestra de inmediato que se ha producido un salto generacional. Ya desde el inicio me doy cuenta de que su oído es distinto al mío: incluso me he expuesto a la escucha de un CD de Amy Winehouse para hacer una prueba inmediata. En cualquier caso, de esos textos tan lacerantes, musical y temáticamente, emerge una pregunta sobre el sentido que es común a todos.

Su lengua es diferente a la mía, y no solo porque usen una décima parte de mi vocabulario. Nuestros jóvenes son nativos digitales y su comunicación ha adoptado la simplificación de Twitter, la pictografía de las señales gráficas del móvil. Han sustituido el diálogo hecho de contactos directos, visuales y olfativos, por el frío chateo virtual a través de la pantalla.

La lógica informática binaria del save o delete regula también su moral, que es apresurada: la emoción inmediata domina la voluntad, la impresión determina la regla, el individualismo pragmático está condicionado solo por eventuales modas de masa, como los tatuajes, la movida nocturna, las bandas, los juegos extremos…

Su forma de pasear por las calles con las orejas obturadas por los auriculares de sus músicas señala que están “desconectados” de la insoportable complejidad social, política y religiosa que hemos creado los adultos. En un cierto sentido bajan una visera para autoexcluirse porque nosotros les habíamos ya excluido con nuestra corrupción e incoherencia, con la precariedad, el desempleo, la marginalidad. Aquí debería aflorar un examen de conciencia en los padres, maestros, sacerdotes y en la clase dirigente.

La diversidad de los jóvenes no es solo negativa, pues contiene sorprendentes semillas de fecundidad y de autenticidad. Pensemos en la opción por el voluntariado de muchos de ellos, en su pasión por la música, el deporte, la amistad, que es una forma de decirnos que el hombre no vive solo de pan. Pensemos en su espiritualidad, sinceridad y libertad originales, escondidas bajo una capa de aparente indiferencia.

Por estos y tantos otros motivos me intereso por los jóvenes, que son el presente y no solo el futuro de la humanidad. De los 5.000 millones de personas que viven en los países en vías de desarrollo, más de la mitad tiene menos de 25 años (el 85% de los jóvenes del mundo).

Es por eso por lo que, abandonando los necesarios análisis objetivos socio-psicológicos sobre la fe de los jóvenes, o sea, sobre el sentido de la presencia religiosa en ellos, preferiría centrarme sobre la fe en los jóvenes, es decir, en la confianza en sus potencialidades, aunque estén sepultadas bajo esa indiferencia que a primera vista me impresionaba.

“Todos –escribía Henri Duvernois– debemos tener una juventud; poco importa la edad en la que se decide ser joven”.

En el nº 2.872 de Vida Nueva.