Luces del alba

Pedro Aliaga, trinitario e historiadorPEDRO ALIAGA | Trinitario e historiador

“Encarna es luz por las rendijas de la oscuridad de mucha gente. Alegría mediterránea…”.

En los anales de un andaluz debe quedar registrada la primera vez que experimenta –24º C. Fue en una ciudad del norte de Austria, en febrero. Por la mañana atravesaba un bosque nevado y llegaba a un convento de religiosas para celebrar la misa: cinco ancianas (a estas horas ya son cuatro), que tuvieron que dejar la escuelita que regentaron durante varios años; ahora viven en su casa, ayudando en la parroquia en lo que pueden. Cuidan la acogida al máximo, con una finura y elegancia exquisitas. Me doy cuenta de que tienen difícil el reemplazo desde su congregación.

En una parte del convento se ha instalado una familia numerosa. Un matrimonio joven con seis hijos. Transpiran alegría de vivir y profundidad de existencia. Pertenecen a un “nuevo movimiento”.

Sé que rezan, que se quieren, que son felices y que trabajan, y eso me basta para quitarme el sombrero ante ellos. Están comprometidos en la nueva evangelización de su entorno, con sencillez y convencimiento. Se nota que entre las monjas y “la familia” hay una fraternidad fuerte. Las fotos de los niños alegran la salita de las religiosas. Cuando hablan de “la familia” se les iluminan los ojos. De la eucaristía y el desayuno salgo reconfortado. El frío me parece pura anécdota, mientras una ardilla me mira con descaro desde un pino bajo.

Diez meses más tarde me tocó acompañar a un cardenal, Peter Turkson, presidente de Justicia y Paz. Aceptó participar en un congreso sobre persecución religiosa, convencido de que se trataba de una buena causa y de que allí debía estar.

Llegó con la sencillez más grande, con la misma con la que se dejó guiar por un improvisado cicerone por el otoño de Granada. Con un café compartía sus preocupaciones, ilusiones y fatigas por todo lo que tenga que ver con la defensa de los derechos humanos, en nombre de la Santa Sede. Un hombre de Dios, cercano, amable, disponible, sencillo, profundo. Buen embajador de los intereses de Dios en los más débiles.

Y Encarna, “la Gitana”. Me volví a encontrar con ella este noviembre en Buenos Aires. Es una religiosa trinitaria de un pueblo de Albacete que encontró su vocación cuando ató la burra en la reja de las monjas –venta ambulante de fruta– allá por los años 50. Se hizo monja y se especializó en las periferias. No tiene ni la primaria, pero logró hacer una escuela a los gitanos en un suburbio de Valencia. Luego se fue con ellos a Puerto Rico y, más tarde, pasó a Colombia, recogiendo niños de la calle para darles hogar y escuela. Ahora está en la “Villa Miseria” de Buenos Aires.

Con Encarna entro en las casas, en las chabolas donde mucha gente sufre en silencio y olvido sus soledades y pobrezas más extremas. Encarna es luz por las rendijas de la oscuridad de mucha gente. Alegría mediterránea, que nunca se ha bajado de aquel burrito juguetón de los caminos de La Mancha.

Son, queridos amigos, tres luces del alba que se acerca. La esperanza se llama como ellos; 2012 me los trajo. Bendito sea Dios.

En el nº 2.829 de Vida Nueva.

 

NÚMERO ESPECIAL NAVIDAD–FIN DE AÑO 2012

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