Signos

Balance de la JMJ Madrid 2011

MANUEL MARÍA BRU, SACERDOTE Y PERIODISTA | Esta generación, al contrario de la de quienes quisieron tentar al Señor, no busca señales. De vueltas de lo religioso, sus mentes pensantes y dominantes no esperan nada de lo alto, pues la suya es una autosuficiencia “más madura” que la de los fariseos del Evangelio.

Manuel M. Bru

Más consistente que aquella, es una autosuficiencia en la que no cabe ni la duda sobre Dios, pues ésta sería una amenaza. A esta generación, la nuestra, la de quienes ya no entramos en el mitificado, también en la Iglesia, colectivo de los jóvenes, nos han hurtado la tan benéfica sensibilidad intelectual de reconocer y de interpretar los signos, incluso a aquellos que creemos que todo sucede bajo la promoción o la permisión de la Providencia.

Como un instantáneo relámpago de energía y de luz, tras años de intensa preparación y expectativa, pasó la Jornada Mundial de la Juventud. Y aún habiéndose celebrado en casa, si hemos tenido abiertos los ojos, nos habrá sorprendido tanto o más que a los venidos de fuera. Pero la sorpresa no es suficiente si no queremos quedarnos en la mera noticia que, paradoja de la Sociedad de la Información, a más elocuente, más efímera.

Puesta en jaque nuestra inteligencia, al menos tendríamos que preguntarnos qué ha significado lo que hemos “visto y oído” en Madrid en esa calurosa semana de agosto. Y puesta en jaque nuestra fe, la que cada uno alcance y acoja, debería llevarnos a la pregunta por los signos. Esa que si en el contexto de la cultura dominante está de más, en el del lenguaje eclesial suena o a abusivo tópico conciliar de buscar “signos de los tiempos” hasta debajo de las piedras, o a esas voces que reaparecen siempre en tiempos de crisis de pesimismo apocalíptico.

Pero como no nos podemos dejar arrebatar el valor de las palabras, deberíamos tener el coraje de preguntarnos por los signos, que desde la fe es preguntarnos por lo que Dios nos está diciendo.

Preguntas

¿Qué nos está diciendo cuando, en medio del ruidoso silencio de Dios, todo el mundo quedó sobrecogido ante la imagen del silencio de dos millones de jóvenes postrados en adoración? ¿Qué nos estará diciendo cuando ni si quiera en las anteriores ediciones fue tan contagiosa su alegría, y al mismo tiempo nunca antes fueron como en esta vituperados y acosados? ¿Qué nos estará diciendo cuando, sin caer en el maniqueísmo, estos signos coinciden con otros menores, pero también elocuentes, de extremada consecuencia de la cultura del vacío y de la muerte inculcada en las nuevas generaciones?

Yo aún estoy bosquejando las respuestas, pero no me rindo en el intento. Y atisbo un denominador común. Creo que, como aquellos lisiados y cojos que Mauriac describe en su Vida de Jesús camino del Sermón de la montaña, aún antes de poder escuchar con nitidez al Maestro, ya en ellos se suscitaba una novedad, una certeza, una sensación, una palabra: esperanza.

En el número 2.767 de Vida Nueva

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