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Asesinados en Guerrero (México) un sacerdote y dos seminaristas

Todo apunta a grupos de narcotraficantes presentes en el estado, uno de los más pobres de la República

militares-en-mexico(Pablo Romo Cedano– México DF) El 6 de junio fue asesinado en México el sacerdote Habacuc Hernández Benítez, junto a los seminaristas Eduardo Oregón Benítez y Silvestre González Cambrón, cuando se dirigían en su vehículo a una reunión de pastoral vocacional. El padre Hernández, de 39 años, era el encargado desde hace cuatro de la promoción vocacional en la diócesis de Ciudad Altamirano (Guerrero). Había celebrado la Eucaristía en Arcelia, una población entre Ciudad Altamirano e Iguala, y acudía con los seminaristas a un encuentro de jóvenes, cuando fue alcanzado por un grupo de personas armadas que les obligaron a detenerse y bajar del automóvil. Sin mediar palabra, fueron ejecutados por la espalda, y los asesinos huyeron sin que ninguna autoridad haya dado hasta el momento con ellos.

Este suceso se produce en un contexto de gran violencia en la región (en las últimas fechas han muerto más de 35 personas) no sólo por el narcotráfico, sino también por lo que parece ser un movimiento insurgente. De hecho, el martes anterior al homicidio de los religiosos, en un camino en la sierra, pocos kilómetros al sur de Ciudad Altamirano, el Ejército Federal se enfrentó con una presunta columna guerrillera del Ejército Popular Revolucionario Insurgente (ERPI), acción en la que murieron al menos 20 integrantes de ambos bandos. Tras recibir refuerzos, el Ejército Federal ocupó dos comunidades vecinas saqueando los bienes y golpeando y maltratando a sus pobladores, acusándoles de “cómplices de los guerrilleros”. No sería hasta cuatro días después, coincidiendo con la muerte del P. Habacuc, cuando la llegada de activistas de derechos humanos a las comunidades sitiadas presionó a los militares para que regresaran a sus cuarteles.

Denuncia del obispo

Entretanto, el obispo Máximino Martínez Miranda, en las exequias de los tres miembros de su diócesis, denunció la violencia y expresó su rotundo rechazo a estos “actos que van en contra de la vida humana, el mejoramiento de la sociedad y la labor evangelizadora de un sacerdote que diariamente procura el bien de los demás”. Emocionado, rodeado por todos sus sacerdotes y acompañado por cientos de fieles que abarrotaban la catedral, agregó: “No tenemos palabras para expresar nuestra preocupación y pena por el asesinato de nuestro querido padre ‘Cuco’, como le decíamos, presbítero de nuestra querida diócesis de Ciudad Altamirano”. La feligresía de Arcelia, de su parroquia en Pungarabato y de toda la diócesis sigue profundamente consternada, pues no entiende por qué asesinaron a “un padre tan bueno y cercano a la gente”. “No lo pudieron confundir, pues cuando llegan los matones saben bien a quiénes van a matar”, dicen los habitantes del lugar intentando explicarse el crimen.

El padre ‘Cuco’ nació en Mesa, Cañadas de Nanchititla, Estado de México, el 16 de enero de 1970. Fue ordenado a los 32 años y nombrado vicario parroquial de San Juan Bautista, Pungarabato. Por su entusiasmo y cercanía con los jóvenes, fue designado promotor de vocaciones. 

Los obispos de las cuatro diócesis del Estado se reunieron en la capital para analizar la situación de violencia y pedir que se esclarezcan los hechos. El arzobispo Felipe Aguirre, titular de Acapulco, señaló públicamente al terminar la Eucaristía dominical que “esto es un golpe muy doloroso para Guerrero y para la Iglesia de la diócesis de Altamirano; nos duele el asesinato del sacerdote y los jóvenes, quienes estaban en un seminario en familia”, y denunció con fuerza que “nos convertimos en rehenes en esta confrontación violenta de ajustes de cuentas de los cárteles que están sobre nosotros, eso también contagia a personas, pues imitan estas acciones violentas y quieren llevar a cabo lo que es la ley de la selva”.

Guerrero es uno de los estados más pobres de la República y sufre también la violencia que asola a todo el país: a diario hay enfrentamientos entre cárteles de la droga y, últimamente, se corre el rumor de la presencia de grupos guerrilleros. Cabe recordar aquí la “guerra sucia” de finales de los 60, cuando existía un movimiento marxista armado liderado por el maestro rural Lucio Cabañas y el Ejército Federal emprendió una guerra sucia que acarreó cientos de desapariciones.

La diócesis de Ciudad Altamirano cuenta con menos de un millón de habitantes, de los que casi el 90% son católicos. Con la llegada del obispo Raúl Vera, a finales de los 80, crecieron las vocaciones, y hoy cuenta con 61 sacerdotes y 86 religiosos.

promo@vidanueva.es 

En el nº 2.665 de Vida Nueva.

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