Autoridad y obediencia: ante todo, muy humanos…

(Luis Alberto Gonzalo-Díez, cmf) Hablar del sentido de la autoridad y obediencia en los tiempos que corren puede parecer anacrónico. “No es país para obediencias” en el horizonte del triunfo de las libertades. Desde sus orígenes, la vida de consagración se entendió a sí misma como una auténtica experiencia de liberación personal. Porque sin persona, y sin respeto a la misma, no hay seguimiento.

En junio del pasado año, la Congregación de Religiosos y Sociedades de Vida Apostólica publicó la Instrucción sobre autoridad y obediencia. Y ciertamente es un texto lúcido. Atinado. De este momento y para este momento, el servicio de autoridad y la vida en obediencia estaba reclamando iluminación. El individualismo, la misión reducida a la acción y la inercia la habían desdibujado un tanto.

Monseñor Gianfranco A. Gardín, Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, en la presentación de la Instrucción en el Instituto de Vida Religiosa de Madrid, proponía dos iconos para nuestro tiempo: el joven rico y Nicodemo. Reconocía Gardín que, quizá, los consagrados ofrezcamos una vida un tanto cansada ante una inquietud como la del joven rico. Proponía encajar la respuesta de Jesús a Nicodemo y así “nacer de nuevo”. Ciertamente la Instrucción tiene una pretensión clara y es ayudar a “nacer de nuevo”. Orientar de otro modo las cosas. Autoridad y obediencia hay que entenderlas en el contexto de la búsqueda de Dios. Ahí es donde confluyen. Porque sólo Jesús es modelo de autoridad y de obediencia.

El mejor guión sobre el ejercicio de autoridad en la vida consagrada nos lo han dejado hombres y mujeres que, en su tiempo, supieron entender cómo la encarnación de Dios no violentaba la humanidad. Basilio Rueda, marista; Pedro Arrupe, jesuita, o Madre Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad, por citar sólo algunos, lograron la síntesis perfecta de lo que es el gobierno: enteramente de Dios y profundamente humanos.

La reciente Instrucción ofrece un nuevo lenguaje mucho más comprensivo. Viene a reconocer el valor de la persona y ésta en el contexto de la comunión y la referencia a otros. Ahí habría que situar ese nacer de nuevo. Encontrar en la comunión las claves de auténtica realización personal, como Dios quiere, para este tiempo.

No hace mucho, el religioso marianista José María Arnaiz insistía en que estamos abocados a respuestas nuevas. Si seguimos haciendo lo mismo tendremos los mismos resultados. Y la fecundidad sólo brota generosa cuando hay un ambiente vital cuidado, referencias de pertenencia y una comprensión comunitaria de la libertad para todos desde la Misión. El ministerio de animación y gobierno es vital. Un hombre o una mujer desvivido por sus hermanos es una fuente insospechada de vida.  Este tiempo nos está pidiendo algo inédito. A los que gobiernan, de manera singular, algo tan fuerte como es el nacer de nuevo, para provocar vida.

Decía con acierto el cardenal arzobispo de Buenos Aires, Jorge M. Bergoglio, SJ, que el ídolo es la gestión. Convertir la misión en gestión pública sometida a dividendos y resultados. También el servicio de autoridad y obediencia puede estar viviendo su reduccionismo funcional. “Todos somos adultos” y “cada uno sabe bien qué tiene que hacer”, son expresiones que denuncian la devaluación de lo más original y transgresor de la vida consagrada. La incidencia de los consagrados en la vida de sus semejantes, curiosamente, no viene de las conquistas personales de libertad o prestigio, sino de la capacidad de ofrecer una vida en comunión.   

MIRADA CON LUPA

Uno entra en la vida consagrada para seguir a Jesús, no para ser superior. Cuando tienes que serlo, lo sensato es entender claramente que es un servicio temporal y, además, no añade nada a tu valor de consagrado. El peligro es convertir tu vida en una función. He conocido a algunos y algunas que sólo son si “mandan”. Cuando no lo hacen, se diluyen o entristecen.

La gran sabiduría de la vida consagrada es posibilitar que todos pasemos por todo. Que realmente es vida de iguales en búsqueda de Dios. Este tiempo necesita superiores. Y superiores de verdad. Hombres y mujeres enamorados del proyecto de Dios, de la sorpresa de la vida y de la riqueza de cada persona. Entre los religiosos y religiosas hay abundancia de programadores y ejecutivos, no tanto de acompañantes espirituales. La autoridad en la vida consagrada es, ante todo, acompañar, estar y alentar. Parafraseando a Juan XXIII, “prefiero usar la medicina de la misericordia a las armas de la severidad”. El gobierno religioso no se conforma con el papel, necesita la arena de la vida. No es cuestión de juventud o vejez; de estilos o modas. Es cuestión de fe.

En el nº 2.643 de Vida Nueva.

Actualizado
09/01/2009
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