Tribuna

El triunfo de la verdad

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El pasado día 5 de agosto por la mañana, escuchando Radio Vaticana, me llevé dos gratas sorpresas: la noticia de que el Papa Francisco había escrito una carta  al cardenal Ricardo Ezzati, su enviado especial a las celebraciones del centenario del nacimiento de monseñor Romero; y un bello reportaje sobre el beato Pablo VI, al cumplirse al día siguiente treinta y nueve años de su muerte, acaecida a las 9:40 de la noche  del 6 de agosto de 1978 (1:40 de la tarde, hora de El Salvador).

Yo me enteré en el autobús cuando regresaba de la misa del Divino Salvador del Mundo al Seminario. En la carta al cardenal de Santiago de Chile, el Santo Padre califica a nuestro beato como: «Obispo y mártir, ilustre pastor y testigo del Evangelio y defensor de la Iglesia y de la dignidad de los hombres». Además, le llama portavoz del amor de Cristo «entre todos, especialmente entre los pobres, los marginados y los descartados por la sociedad», y añade que como sacerdote y como obispo difundió «la justicia, la reconciliación y la paz».

Más sorprendente para mí fue escuchar,  durante el homenaje rendido por la emisora,  la voz del Papa  Pablo VI, porque en el reportaje se puede escuchar, en la propia voz del Pontífice, dirigiendo amables palabras a monseñor Rivera y a monseñor Romero. Una verdadera emoción.  La ocasión es propicia para plantear ante el país y ante la Iglesia que estamos en deuda con monseñor Rivera.

No es justo que olvidemos su testimonio y no sólo por su incansable lucha para llevar al país a la paz, sino por ser fiel continuador de la herencia de monseñor Romero, a quien sucedió en la sede arzobispal de San Salvador. La Iglesia tiene que estar siempre en diálogo con el mundo y escuchar primero para poder responder, eso es lo que caracterizaba a monseñor Romero al igual que a monseñor Rivera, supieron responder en su momento a la historia.

Otra deuda pendiente la tenemos con monseñsor Luis Chávez y González. Él fue el arquitecto de la Iglesia que estamos viviendo. Participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. Fue miembro de la Comisión antepreparatoria del Concilio, elegido por el Papa Juan XXIII. Anunció que esta Iglesia se declaraba «en estado de Concilio», es decir, que asumía de antemano lo que este Sínodo iba a dar para la Iglesia.

Y cuando se aplica el Concilio para América Latina, en Medellín, monseñor Chávez asume estos documentos. Allí comenzó nuestra historia martirial porque vivir lo que enseñan estos documentos lleva al martirio. Tanto monseñor Rivera como monseñor Romero fueron sus obispos auxiliares.

¿Quién iba a pensar que después se convertirían, junto al tercer arzobispo de San Salvador, en las tres columnas en las que descansa nuestra Iglesia arquidiocesana? Monseñor Chávez, monseñor Romero y monseñor Rivera son esas tres columnas. ¡Y qué columnas más fuertes las que tenemos como regalo de Dios! El escudo episcopal de monseñor Chávez me llama la atención por dos cosas: primero porque tiene dibujada la silueta del volcán de San Salvador tal como lo vemos desde aquí. Y, en segundo lugar, por el lema, escrito en latín, que dice: «Ipsum audite»; «A él tienen que escuchar».

Podría evocar al monte Tabor donde tuvo lugar la transfituración del Señor según una sólida tradición. Siendo aún sacerdote, el padre Óscar Romero, en 1956 visitó Tierra Santa y dejó una serie de hermosas crónicas sobre distintos lugares de la patria de Jesús. Al hablar del Monte Tabor escribió: «Se siente a Dios en este divino paisaje de montaña y de llanura». «El Tabor está a 562 metros sobre el mar, a unos 300 metros sobre la llanura. Por su altura y sus elegantes líneas lo llamó bien el Evangelio “a un monte elevado”. Porque esa es sin duda la montaña de la transfiguración. El Evangelio no menciona el nombre; pero todas las circunstancias concuerdan con la antiqúisima tradición que por el testimonio de Orígenes en el siglo III bien puede remontarse a los mismos apóstoles».

Muchos años después, en su condición de arzobispo, monseñor Romero predicó la homilía de la transguración el 13 de agosto de 1978 con estas palabras: «Un pueblo que clava su mirada y su corazón en Jesucristo como Salvador del Mundo, es un pueblo que no puede perecer. Hay, pues, un signo de esperanza que hay que mantener: Nuestro amor al Divino Patrono. Mantengamos este honor y tratemos de profundizar más en esa adhesión inquebrantable, llena de esperanza en el Hijo de Dios».

Este  sano ejercicio de memoria, nos permite entender el presente e inmediatamente recuerdo las palabras del Papa Francisco a los jóvenes en Río de Janeiro en la Jornada de la Juventud: «Mirándolos a ustedes en este momento, recuerdo la historia de san Francisco de Asís, que mirando al crucifijo escucha la voz que le dice: “Francisco, repara mi casa”. Y el joven Francisco responde con prontitud y generosidad a esta llamada del Señor: pero, ¿qué casa? Poco a poco se da cuenta de que no se trataba de hacer de albañil; se trataba de ponerse al servicio de la Iglesia, amándola y trabajando para que en ella se reflejara cada vez más el rostro de Cristo».

Hay muchos jóvenes hoy metidos en la Iglesia, con mucho entusiasmo, con gran creatividad. Pero falta una cosa: no los estamos preparando para que cambien la historia. Y eso es lo que tenemos que hacer los que somos dirigentes y somos mayores en esta Iglesia: preparar a la generación que viene para que cambie la historia que tanto nos está haciendo sufrir.

Las celebraciones de este año han tenido como tema central el centenario del nacimiento de monseñor Óscar Arnulfo Romero y la naturaleza martirial de nuestra Iglesia. Así lo ilustra  la figura de nuestro amado pastor y en el costado se podía leer el lema de su episcopado: «Sentir con la Iglesia». Debemos interiorizar esta dimensión tan desconocida y gloriosa que tiene nuestra Iglesia: somos una Iglesia de mártires.

Nos resulta fácil aplicar este calificativo cuando hablamos de monseñor Romero, de los sacerdotes asesinados y de las cuatro mujeres estadounidenses —tres religiosas y una misionera seglar— a quienes se arrebató la vida en diciembre de 1980. Sin embargo tenemos una deuda que debemos comenzar a pagar cuanto antes: estamos obligados por gratitud a Dios y por amor a la verdad, a rescatar la memoria de cientos de mártires anónimos, la mayoría de los cuales son humildes campesinos y humildes campesinas.

Tienen dos cosas en común: la primera es que, durante los años de la guerra, nunca se mancharon las manos con sangre; y la segunda es que fueron hombres y mujeres que se esforzaron en amar a Dios y al prójimo. No olvidemos las palabras de san Juan Pablo II: «Los mártires son lo mejor que tiene la Iglesia».

La tarea no es fácil porque en nuestro país se sigue llamando mártires a quienes empuñaron las armas y murieron  siguiendo un ideal y porque el término sigue siendo incómodo para buena parte de la población salvadoreña. Para nosotros mártir significa testigo. El mártir por excelencia es Cristo, «el testigo fiel», como le llama el Apocalipsis.

Sí, debemos caminar con ellos en pos de Cristo. Una hermosa parábola de esta invitación  es la peregrinación que pondrá en marcha a miles y miles de hombres y mujeres de toda edad y condición social los días  viernes 11, sábado 12 y domingo 13 del presente mes cuando recorramos por primera vez en nuestra historia «El camino de monseñor Romero». El lema que los obispos de El Salvador hemos propuesto para este año es: «Peregrinando hacia la cuna del profeta», que es Ciudad Barrios.

Es bueno tener presente que todos podemos participar recorriendo al menos una parte del camino según lo permitan nuestras fuerzas y nuestro entusiasmo. Estoy seguro de que el país y el mundo mirarán con asombro algo nunca visto y que se convertirá en tradición año tras año: un pueblo que se pone en camino, en actitud de fe, en profunda oración y pidiendo la intercesión del beato Romero para conseguir el tan ansiado don de la paz, es un pueblo que no será vencido.

Repito aquí lo que he dicho en varias ocasiones: un pueblo que decide ponerse en camino, es invencible. Es invencible si sabe por qué camina, si sabe a dónde camina y si confiesa su fe en Jesucristo, camino, verdad y vida.

(*) Artículo original publicado en L’Osservatore Romano. 

 

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