Tribuna

Mujeres visibles y mujeres invisibles

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Comparto lo que pasa por mi corazón a donde se vienen a modo de disparador, mujeres visibles para muchos: Teresa de Calcuta, Malala Yuosafsaid, Rigoberta Menchú, Isabel Allende, Frida Kahlo, Juana Azurduy, la Beata Catalina de María Rodríguez, mi fundadora. De todas ellas sin mucho esfuerzo encontramos sus biografías.

Me quiero detener en aquellas que tienen historia de vida invisibles para casi todos, conocidas por pocos y así mismo dinamizan la vida y son mujeres que apuestan a cambiar el mundo desde lo cotidiano. No aparecen en los libros ni en Google, yo las conocí y se las comparto. Dios ha tenido la generosidad de mostrármelas  y de traerlas a mi memoria cada vez que caigo en la desesperanza o la autoreferencia.

Comienzo por Marta quien cuida a hijos, nietos y bisnietos y da catequesis en la Parroquia. Les participo su frase de cabecera “hoy los padres se hacen tiempo de llevar a los hijos a todos lados menos a Misa”. Una de sus hijas murió muy joven en un accidente por la imprudencia de un alcoholizado y en el velatorio pidió por la mamá de él y les exigió al resto de la familia anteponer el amor al rencor. Otro dato: Marta siempre tiene una sonrisa de esas que salen del corazón.

Para los que a veces pensamos que tres hijos son demasiado les cuento que Patricia tiene cuatro hijos, no le sobra el dinero y además de pilotear un hogar-escuela para chicos de la calle, con su esposo adoptaron otros cuatro más “de esos” (hermanos entre sí) para evitar que la Secretaría de Minoridad los separara.

¿A quién no le gustan las papas fritas? Hemos de saber que la papa se desarrolla bajo tierra y hay que cosecharla y muchas veces se hace a mano, sacando una por una. Dominga, con sus manos ásperas y castigadas por la tarea, me contó sonriendo tras los dientes que le faltan, que por cada papa que cosecha reza un Ave María “para que la gente mala se abuene”. Aclaro que por día cosecha unos 10 kilos y por todo le pagan 20$ (un dólar). Probablemente quien la contrata (como un modo de decir), la vende a bastante más.

Tuve el regalo de vivir en la misma comunidad con la Hermana Pancha, una mujer deliciosa, llena de buen humor que cada noche antes de dormir le cantaba a la Virgen y repetía que Jesús era lo importante. Expresión que también vivía aún con 90 años y demencia senil. Siempre me llamó la atención que aunque se olvidaba de quienes éramos, confiaba plenamente en todos. Creíblemente era su experiencia de entrega a Dios.

Teresa es catequista, se gana la vida haciendo tortas ¡exquisitas! y frecuentemente me llama para darme ánimo en mi vocación y contarme de su vida (o su no-vida rodeada de problemas familiares). Siempre le lleva comidas ricas al párroco y pícaramente dice ¡la heladera del cura siempre tiene que tener comida! Si no sale a buscarla y … ¡sabe Dios dónde la encuentra!

No puedo dejar de pensar en mi madre que me enseño a rezar y me mostró a la Virgen. Era una apostadora viciosa de la vida, tuvo embarazos complicados, se le murieron dos hijos al nacer y es la responsable de que yo esté viva y que con mis tres hermanos tengamos vida.

El escritor argentino, Ernesto Sábato, un gran hombre dice en “Antes del fin” que “Solo lo que se hace apasionadamente merece nuestro afán y lo demás no vale la pena”. Todas estas pequeñas historias tienen vigor porque tienen pasión, son mujeres que no se dan por vencidas, que tienen un por qué y un por quién.

Finalmente quiero rendir un homenaje a una mujer judía: María. Siempre decimos que Jesús nos la regaló en la cruz, me gusta pensar que fue un regalo de Dios en la Anunciación. Pero esa es otra historia.