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MARÍA DE LA VÁLGOMAMARÍA DE LA VÁLGOMA | Profesora de Derecho Civil. Universidad Complutense de Madrid

El primer artículo que escribí para ‘La última’, ya hace dos años, recuerdo que lo titulé ‘Perplejidad’. Era el sentimiento que me provocó el que, sin mérito alguno por mi parte, Vida Nueva me pidiera que escribiera, rodeada de gente tan importante (¡incluso dos cardenales!) a mí, que no lo era en absoluto. Siempre me he considerado del montón, típico “hombre de la calle”, ya que –por la perversión del lenguaje– ser mujer de la calle es otra cosa. Tras darle vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que quizás era eso lo que se buscaba: la voz de una mujer corriente, quizás incluso como contraste a todos los hombres que colaboraban.

Como creo en la radical igualdad de hombres y mujeres (pese a lo distintos que somos en tantas cosas), en derechos y acceso a oportunidades (si eso es ser feminista, entonces lo soy), igual que creo en la de blancos y negros, altos o bajos, nacidos en Barcelona o en Sevilla, incluso entre obispos y guardia civiles, nunca suelo escribir de temas que afectan exclusivamente –o casi– a mujeres. Pero me asusta la indiferencia con la cual se escucha ya cada asesinato machista (y no lo llamo “de género” por la abrumadora mayoría de mujeres asesinadas).ilustración de Tomás de Zárate para artículo de María de la Válgoma 2999 julio 2016

La semana pasada, Rosa Montero contaba el caso de una adolescente paquistaní a la cual ¡su propia madre! había rociado con queroseno y quemado viva por casarse sin permiso de la familia. Y similar a este caso iba desgranando una interminable letanía de atrocidades.

Si nos referimos a la violencia en el mundo, las cifras son aterradoras: 700 millones de niñas son obligadas a casarse, 200 millones son mutiladas genitalmente, la mayoría teniendo menos de 5 años en más de 30 países, en México seis mujeres son asesinadas cada día con la mayor impunidad, la inmensa mayoría de los asesinatos de mujeres son causados por parejas, exparejas o familiares cercanos. El pasado año, solo en Pakistán, casi mil mujeres murieron por los mal llamados “crímenes de honor”. Y no digamos en los conflictos armados donde se las viola, muchas veces en presencia de sus hijos o de su marido, solo como un arma más contra el enemigo.

Pero no pensemos en que esas cosas ocurren en países remotos, sin cultura y poco civilizados, que viven aún en una especie de Edad Media. En nuestra civilizada Europa, el 45% de las mujeres ha sufrido acoso sexual. He oído a hombres decir: “Es que ahora por deciros un piropo ya lo consideráis acoso sexual”. No, acoso es la solicitud de favores sexuales, o el empleo de fuerza para obtenerlos en el ámbito de una relación laboral, docente o de otro tipo.

Y si aún reducimos más el círculo, sabemos que en España hubo el pasado año 57 asesinatos de mujeres por parejas o exparejas. Y lo más descorazonador es que, pese a las leyes, a juzgados especializados, a seguimiento policial, al 016 (que únicamente utiliza el 4% de las mujeres que padece violencia), en lugar de disminuir, aumenta. En febrero de 2016 ya había el doble de asesinatos que en el mismo período del año anterior. En el 45% de los casos, los hijos estaban presentes. ¡Imagínense cómo quedan esos niños!

¿Por qué ocurren todas estas crueldades? “La repuesta es simple –decía Montero, que con la agudeza que la caracteriza titulaba su artículo “Porque pueden”–, porque no se toman en serio este lento, silencioso genocidio”. Que no nos acostumbremos a estas cifras pavorosas, que no escuchemos cada nuevo crimen con indiferencia.

Termino con la periodista: “Hay que reaccionar, organizarse, exigir. Hacer algo”. Si no lo hacemos, nos convertiremos en cómplices.

En el nº 2.999 de Vida Nueva

 


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