Tribuna

El deporte rey

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Este 14 de junio, cuando el árbitro pitó el comienzo del partido entre Rusia y Arabia Saudí en el mítico estadio Lužniki, el tiempo quedó como suspendido. Hasta la final del 15 de julio, el mundo verá alterada su rutina. La vida de millones de personas, especialmente hombres, experimentará un cambio drástico por la irrupción del campeonato del mundo de fútbol, auténtico evento planetario, universal como pocos, capaz de aglutinar a hombres de toda raza, pueblo y nación en torno a las pantallas de televisión, para asistir a las proezas deportivas de las selecciones nacionales.

Esperado con ansia por unos, que ven en las dosis masivas de fútbol que la televisión propinará a sus ciudadanos un potente anestésico contra los males de la economía y la política; aborrecido por quienes ven en él la consumación del exceso, de la vanidad y la locura colectiva, el caso es que, durante un mes, el rey incontestado de las pantallas, de las conversaciones, de las redes sociales y aun de las vidas, será el fútbol. Algo tendrá cuando es capaz de suscitar tantas y tales pasiones, toda la gama cromática de la emotividad humana en sus más variadas declinaciones, del ansia a la exaltación, del delirio al abatimiento, de la resignación al consuelo. ¿Qué hace del fútbol, del deporte de masas, un fenómeno colectivo de tal envergadura?

Una pregunta así no puede dejar indiferente al teólogo. No sería justo despachar la cuestión diciendo que se trata de una evasión de la realidad, que es un espectáculo alienante, que no es algo serio ni merece la atención del teólogo. Para Ortega, como es sabido, el deporte de masas, junto al cine, era una forma devaluada de dramatismo. Él lo despreciaba como entretenimiento barato para las masas, incapaces de elevarse hacia formas más nobles de dramatismo. Este prejuicio intelectual está muy extendido y, a juzgar por la escasa producción teológica sobre el deporte, habría que concluir que no se libran de él ni siquiera los teólogos.

Y, sin embargo, por otro lado, no falta quien recuerde que el fútbol es algo más que una mera forma de locura tribal, de simple y primitiva exaltación dionisíaca. Eduardo Galeano, el polémico ensayista uruguayo, decía: “Yo soy de los que creen que el fútbol puede ser eso, pero es también mucho más que eso, como fiesta de los ojos que lo miran y como alegría del cuerpo que lo juega”. En vísperas del Mundial de fútbol de 1978, el teólogo Joseph Ratzinger reconocía en una página memorable que el fútbol debía de tocar algo genuinamente humano cuando era capaz de concitar tanta atención.

Cuestión teológica

Sí, el fútbol debería interesar también al teólogo y al pastor. No solo en sus aspectos morales, como con los excesos y perversiones que rodean al deporte rey, de sobra conocidos: corrupción, doping, partidos amañados, violencia dentro y fuera del estadio, comercialización de los jugadores. El ministerio profético exige denunciar estos abusos contra la dignidad de la persona, como ha hecho el reciente documento del Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida Dar lo mejor de sí. Pero, más allá de la dimensión moral, o antes incluso de ella, el fútbol mismo, y más en general el deporte, independientemente de sus consecuencias y sus efectos, en sí mismo debería interesar al teólogo.

Es la alegría del juego. Esta alegría permite al hombre redescubrir su más íntimo origen, que consiste en ser criatura, hechura de la Sabiduría creativa que, en el comienzo de la creación, estaba junto a Dios “como aprendiz”: “Todo el día jugaba en su presencia, jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres” (Prv 8,30-31). Inspirados en este texto, miles de deliciosas imágenes medievales muestran al Niño Jesús jugueteando con una bola en la mano. Es la imagen de un Dios que se divierte… jugando a la pelota. ¿Cómo no iba, pues, a ser tan popular el fútbol?

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