Tribuna

Dios al teléfono

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Gianfranco Ravasi, cardenal presidente del Pontificio Consejo de la CulturaGIANFRANCO RAVASI | Cardenal presidente del Pontificio Consejo de la Cultura

“Tenía razón Erri De Luca cuando escribía que ‘creyente no es el que ha creído una vez, sino quien, obedeciendo al participio presente en el verbo, renueva su credo continuamente’…”.

“Cuando suena el teléfono, respondo con la esperanza de que sea Dios el que llama, o al menos uno de los ángeles de su secretaría”. Con la fría ironía que disolvía sus dramas, Ionesco respondía así a un periodista que le preguntaba sobre la fe. Hace unos años, en París, tuve la oportunidad de encontrarme con un amigo del célebre dramaturgo, un historiador francés, que me confesó: “Cuando iba a verlo, la biblioteca donde estábamos sentados me parecía más la de un teólogo o un místico que la de un escritor”.

El discurso sobre la fe personal es uno de los más fluidos y complejos y no admite etiquetas apresuradas. Cuando en octubre de 2011, por deseo de Benedicto XVI, llevé al Encuentro interreligioso de Asís a un pequeño grupo de no creyentes, la empresa más difícil fue definir su denominación.

Ellos rechazaron en seguida el término “ateo”, obsoleto y negativo, que por otro lado habría reducido a los creyentes a “teístas”. Tampoco les gustaba “agnóstico”, que habría catalogado de “gnósticos” al resto. Y lo mismo ocurría con “racionalistas”, porque era demasiado reductivo y destinado a clasificar como “fideísta” al creyente (santo Tomás de Aquino y legiones de pensadores cristianos se revolverían en la tumba). Les resultaban igualmente desagradables la voz antigua “incrédulo” y el reciente “no creyente”, pues está modulado de forma negativa.ilustración de Jaime Diz para el artículo de Ravasi Dios al teléfono 2877

Esta dificultad para ponerles nombre al final se resolvió con el término inglés, no del todo satisfactorio, humanist, que el filósofo mexicano Hurtado se apresuró en su intervención pública a corregir en “humanismo laico”, sabiendo cuánto me gustaba que se me considerase a mí, aun siendo cardenal, un “humanista” clásico.

¿Por qué enredarnos con el berenjenal terminológico e ideológico de creer o no? Lo hacemos por un acontecimiento público: la conclusión del Año de la fe, impulsado por Benedicto XVI y continuado por Francisco, una celebración que coincide con el cincuenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, un evento eclesial capital en el encuentro entre la fe cristiana y la modernidad.

No soy capaz de resistir la tentación del autobiografismo: yo también estaba aquella tarde del 11 de octubre de 1962 en la Plaza de San Pedro para escuchar el famoso “discurso de la luna y de la caricia” de Juan XXIII. Acababa de llegar a Roma para iniciar mis estudios de Teología en la Universidad Gregoriana. Entonces se abrió para la Iglesia católica una época de diálogos, reflexiones, reformas, pasiones, tensiones y acontecimientos muy variados. En el centro estaba, y sigue estando, la fe, esa realidad que aparece con el nacimiento mismo de la humanidad y que se entrelaza en una serie de binomios a menudo candentes: fe y razón, fe y política, fe y libertad, fe y gracia, fe e historia, fe y ciencia, fe y sociedad…

En este medio siglo hemos asistido al fenómeno antitético de la secularización, con su “desencanto” y la desacralización, pero también a la desertificación ética y a un vacío de sentido. Se ha registrado, por otro lado, un despertar de lo sacro que, más allá de las degeneraciones fundamentalistas, revela la energía del fenómeno religioso. La fe sigue siendo, pues, un tema capital a nivel social y cultural.

Tenía razón Erri De Luca cuando escribía (¿como no creyente?) que “creyente no es el que ha creído una vez, sino quien, obedeciendo al participio presente en el verbo, renueva su credo continuamente”. Y una sólida “laica” como Natalia Ginzburg en su libro Nunca me preguntes advertía a los no creyentes que “la fe no es una bandera que se lleva con gloria, sino una vela encendida que se lleva con la mano entre la lluvia y el viento en una noche de invierno… A Dios no le gusta que le quieran como los ejércitos aman la victoria”.

Una curiosidad al margen del tema. ¿Ionesco, al final, recibió esa llamada telefónica celestial? Es difícil decirlo. Pero está el hecho, que me contó su amigo, de que el día antes de su muerte escribió en su diario solo esta línea: “Rezar. No sé a Quién. Espero a Jesucristo”.

En el nº 2.877 de Vida Nueva.