Editorial

La Iglesia, madre de todas las familias

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Dublín acogerá la tercera semana de agosto el Encuentro Mundial de las Familias, evento que nació de la mano de Juan Pablo II en 1992. Con este motivo, Francisco viajará a la capital irlandesa cuatro décadas después de que lo hiciera Karol Wojtyla en un contexto radicalmente diferente. Y no solo por los escándalos de abusos sexuales que han azotado a la Iglesia en los últimos años, con el consiguiente desgaste de credibilidad y confianza por parte de la ciudadanía. El epíteto identitario de católica Irlanda, como sucede en el resto del continente europeo, ya no lo es tanto. Hace cuarenta años, aquel pontífice se movió por un país en el que estaban prohibidos tanto el divorcio como el aborto, y ni siquiera se hablaba de uniones gay. Sin embargo, en este tiempo, la sociedad irlandesa se ha sometido a una nueva graduación de la vista respecto a su concepto de pareja, de matrimonio, de paternidad… Alejándose no solo del discurso eclesial oficial, sino literalmente de la propia institución.



Es en este nuevo contexto en el que Francisco aterriza trayendo bajo el brazo la apuesta pastoral de su pontificado para las familias de todo el planeta: Amoris laetitia. Dos años después de su publicación, este Encuentro Mundial de las Familias se convierte en un chequeo para evaluar si el plan de acción para construir una Iglesia en salida está aterrizando en el día a día de diócesis, parroquias, movimientos y, sobre todo, en los hogares cristianos, llamados a convertirse en comunidades evangelizadoras.

De ahí que el congreso que vertebra la cita se haya estructurado en torno a los diferentes capítulos de la exhortación, al mismo tiempo que se dará voz a familias de migrantes, quienes sufren adicciones, matrimonios con dificultades económicas, divorciados… Y, por primera vez, se abordará oficialmente la acogida al colectivo LGTBI. La realidad toma la palabra frente a proclamas de despacho.

No en vano, al elaborar cualquier proyecto de pastoral en materia de familia, se puede correr el riesgo de desarrollarlo partiendo de un retrato posado, inmortalizando un instante para el que padres e hijos se visten con sus mejores galas, ponen su mejor cara. Tomando este marco como referencia, puede caerse en la tentación de plantear un modelo de uniformidad y, a partir de ahí, medir al resto por ese mismo rasero, juzgando y excluyendo a quienes no alcancen esos mínimos que ilustra la familia modelo.

Esta no es la vía que propone Francisco. En Amoris laetitia, el Papa subraya cómo “de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza”, huyendo de “cualquier relativismo” que menoscabe la verdad de la familia. Pero, tomando como referencia a la familia de Nazaret, el Papa advierte que “el mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos”, apuntando cinco verbos que deben guiar toda acción misionera: comprender, acompañar, perdonar, esperar e integrar.

Por eso, el planteamiento del encuentro busca fotografiar lo cotidiano, que sean los abuelos, padres e hijos quienes se hagan un selfie con sus imperfecciones, arrugas y heridas, que hacen reales a esas familias. Nadie debe aparecer desenfocado: ni quienes han visto cómo se ha roto su proyecto familiar, ni tampoco aquellos que, sin ajustarse a los parámetros, viven y se sienten Iglesia. Precisamente son ellos quienes deben percibir con más intensidad el abrazo de la comunidad y de sus pastores.

En definitiva, y siempre con la alegría del Evangelio como telón de fondo, el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín ha de reivindicar el papel de la Iglesia como madre de toda esta diversidad de hombres y mujeres, sin exclusión, por muy pródigas o alejadas que puedan parecer a priori. Con una pastoral de máximos que renuncia a una teología moral desencarnada y, en cambio, se reconoce en la primacía de la caridad, del amor incondicional de un Dios padre que abraza a todos sus hijos, sin que ninguno de ellos se quede fuera de plano en el retrato de la gran familia en su casa común.

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