Editorial

Francia: cordura democrática

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Europa respira algo más tranquila tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. La victoria del centrista Emmanuel Macron sitúa a este exministro de Economía a solo un paso del Elíseo, tras concitar el apoyo de los candidatos que no han pasado a la segunda vuelta del 7 de mayo. El triunfo de su perfil europeísta y moderado aporta una dosis de estabilidad, no solo a Francia, sino a todo el continente.

Sin embargo, estos comicios dejan tras de sí otros recados que no han de pasarse por alto. Por un lado, la derrota de los dos grandes partidos tradicionales, o lo que es lo mismo, el rechazo ciudadano a los “candidatos del sistema”, identificados de una manera u otra con el orden establecido y la corrupción, frente a un Macron independiente, ajeno al aparato de partido.

Esta rebeldía electoral también se ha manifestado en el auge de la ultraderechista Marine Le Pen. Más allá del signo político, el histórico resultado del Frente Nacional habla de cómo el populismo cala en Europa y América, fruto del desencanto de los ciudadanos y el consiguiente repliegue ante lo desconocido, propiciado por el terrorismo yihadista, la criminalización de los inmigrantes y refugiados, el temor al hundimiento del Estado del bienestar…

“Algo en la democracia se está volviendo loco”, expone en una entrevista a Vida Nueva el primado de las Galias, Phillipe Barbarin. El cardenal arzobispo de Lyon alerta del riesgo de que la democracia como la conocemos hoy degenere en absolutismo si los pilares en los que descansa –el poder político, las fuerzas económicas y sociales, el pueblo– pierden la armonía entre sí al imponerse uno sobre los otros. Este razonamiento sobre la pérdida del equilibro democrático es extrapolable a otros países, incluido España.

El coctel generado por la corrupción, el imperio de los poderes económicos, esa tercera guerra mundial por fascículos o la indignación popular está cambiando el escenario geopolítico sin que se promueva una reflexión o un debate profundos para hacer frente a todos los efectos de una tensión en la vida social y política que no parece tener fin.

Recuperar el horizonte del humanismo cristiano, que sitúa en el centro a la persona, se vislumbra como la única vía para acabar con esta espiral de confrontación. Solo cuando los políticos hagan suya esta visión y se pongan de nuevo al servicio del pueblo soberano, podrán recuperar la confianza popular y garantizar una estabilidad que fomente la participación ciudadana, defienda los derechos fundamentales y promueva la dignidad de todos y cada uno. Solo así la democracia recobrará la cordura necesaria para hacer frente a las amenazas de este mundo global.

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