Isabel Corpas, teóloga
Doctora en teología

Una noticia interesante


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Quiero referirme esta semana a una noticia: la publicación de la instrucción Ecclesiae sponsae imago, fechada el pasado 8 de junio de 2018, que trata del “Orden de las vírgenes”. Lleva la firma del cardenal João Braz, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, quien dijo en su presentación que “es el primer documento que profundiza la fisonomía y la disciplina de esta forma de vida”.

Una forma de vida en la Iglesia que yo creía que había dejado de existir con la aparición del monacato femenino, pero especialmente cuando la institucionalización del cristianismo dejó por fuera a las mujeres, sobre todo porque la sacerdotalización de los ministerios eclesiales implicaba prohibiciones relacionadas con la pureza cultual que marginaron a las mujeres del ámbito sagrado propio del oficio sacerdotal.

Permanecen en el mundo

Pues resulta que el “Orden de las vírgenes” sigue existiendo hoy y que, actualmente, hay cerca de cinco mil vírgenes consagradas a nivel mundial. Que a ellas se refirió Juan Pablo II en su exhortación Vita consecrata (1996): “Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy vuelve a florecer el antiguo Orden de Vírgenes testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos apostólicos. Consagradas por el obispo diocesano, asumen un vínculo especial con la Iglesia, a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo en el mundo”.

Que a ellas se dirigió Benedicto XVI en su discurso a las participantes al Congreso del Ordo virginum sobre el tema Virginidad consagrada en el mundo: un don para la Iglesia y en la Iglesia (Roma, 2008), señalando los “diversos estilos y modalidades de vivir el don de la virginidad consagrada”.

Una fuerza de atracción

Y resulta –dice la instrucción, refiriéndose al resurgimiento de este estado de vida– que, “muchos siglos después de su desaparición y en un contexto histórico totalmente cambiado, en donde se producían procesos de profunda transformación de la condición femenina en la Iglesia y en la sociedad, […] esta antigua forma de vida consagrada revelaba una sorprendente fuerza de atracción capaz de responder no solo al deseo de muchas mujeres que querían dedicarse totalmente al Señor y a los hermanos, sino también al redescubrimiento contextual de la identidad propia de la Iglesia particular en la comunión con el único Cuerpo de Cristo”.

Las vírgenes consagradas, de quienes trata la citada instrucción, no son monjas y no viven en comunidad. Han hecho opción por este estilo de vida para servir en la Iglesia y dependen jurídicamente del obispo, que es –dice la instrucción– “el ministro ordinario” del rito de consagración. Como si fuera un sacramento. Y siguiendo a los Padres de la Iglesia, que vieron reflejada en ellas la imagen de la Iglesia Esposa, dice que “son la imagen de la Iglesia como esposa de Cristo”, y agrega que son “mujeres que, permaneciendo in saeculo, es decir en sus ordinarias condiciones de vida, son admitidas a la consagración por el obispo diocesano”. Dice también que “pueden vivir solas, en familia, junto a otras consagradas o en otras situaciones favorables a la expresión de su vocación”, y que viven del fruto de su trabajo.

Ceremonia de consagración

Precisa el sentido de “la celebración litúrgica de la consecratio virginum”, durante la cual las consagradas expresan el sanctum propositum, que “es acogido y confirmado por la Iglesia mediante la solemne plegaria del obispo, quien invoca y obtiene para ellas la unción espiritual que establece el vínculo esponsal con Cristo y las consagra a Dios con un nuevo título”.

Y precisa la instrucción: “Por esta razón, la consagración establece una relación de comunión especial con la Iglesia particular y universal, definida por un vínculo peculiar, que determina la adquisición de un nuevo estado de vida y las introduce en el Ordo virginum”. Por eso, su entrega a la Iglesia, dice asimismo el texto, las lleva “a discernir las formas concretas de su servicio eclesial, que pueden expresarse en la disponibilidad para asumir ministerios y trabajos pastorales”, subrayando la importancia de “una conciencia ministerial profunda” .

Figura clave en la Iglesia antigua

Lo interesante de la noticia es que, en la Iglesia antigua, el “Orden de las vírgenes” formaba parte de lo que podría considerarse jerarquía eclesial, al lado del “Orden de los obispos”, el “Orden de los presbíteros”, el “Orden de los diáconos” –también hubo diáconas– y el “Orden de las viudas”. Y así lo hace notar la instrucción, al recordar que, en las Constituciones Apostólicas (siglo IV), “las vírgenes aparecen, junto a viudas y diaconisas, como miembros institucionales de la comunidad cristiana”. Y se enfatiza que era “un estado de vida públicamente reconocido por la Iglesia”, precisando que “en el cuerpo vivo de la Iglesia aparecían como un coetu institucionalizado, denominado Ordo virginum”.

Lo interesante de esta noticia, a mi modo de ver, y por eso me quise referir a ella, es el paralelismo que ofrece el reconocimiento formal del Ordo virginum –una institución de la Iglesia antigua– con el posible reconocimiento, igualmente formal, del Orden de las diáconas, que también existió como ministerio eclesial en la Iglesia antigua y, por circunstancias históricas, dejó de existir en la organización eclesial. Por eso, resulta tan interesante la noticia y tan esperanzadora: es posible que también pueda ser restablecido el diaconado femenino.