José Beltrán, director de Vida Nueva y bloguero Notas al pie
Director de Vida Nueva

Prefiero Sálvame


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MIÉRCOLES 29. ‘¡Italó, Italó!’. Los peregrinos de Lucca se desgañitan en la plaza de San Pedro para corear el nombre de su arzobispo, Italo Castellani. Sin embargo, la obsesión de algunos les lleva a tuitear que, en realidad, es un grupo de respaldo al nuncio jubilado norteamericano –’¡Viganò, Viganò!’– que se han plantado en el Vaticano para un escrache papal. Cera en el oído del corazón o cómo construir el relato a la medida de tus objetivos. Al rato, se habla de un huido cardenal Wuerl de Washington por miedo a la Justicia. Desmontado solo con mirar en su agenda el encuentro con sacerdotes que tiene en los próximos días.

JUEVES 30. Yo veo Sálvame. De vez en cuando. Con ojos de comunicador que ha descubierto la creación del género de la realidad aumentada, del show con personas que se deconstruyen en personajes, de un entretenimiento con mucho mérito, aunque cuestionable éticamente. Basura, lo pueden llamar. Pero cada uno sabe a lo que va. Y el espectador no se lleva a engaño de lo que consume. No sé si todo vale en el entretenimiento. Pero en el periodismo religioso, no debería. Prefiero Sálvame.

VIERNES 31. Lidia me llama preocupada. “¡Que quitan la misa de La 2!”. Un telefonazo que llega 24 horas después de que se lance un globo sonda y con el consiguiente desmentido de la cadena pública. Otra ‘fake news’ combatida. Pero ya es tarde. Las riadas –que no cadenas– de WhatsApp no tienen freno. Una vez más “Escribe al Defensor del Pueblo…”. “Sintoniza este fin de semana para que no la quiten…”. Por varios grupos, por varios sitios… Y aquí no hay periodista emisor culpable. Aviso a navegantes. Si lo comparto, soy cómplice de la mentira.

DOMINGO 2. “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?”. Porque salieron a la calle y se mojaron por ‘Evangelii gaudium’, por ‘Amoris laetitia’, por ‘Laudato si’’, por ‘Gaudete et exultate’.

LUNES 3. La infalibilidad del obispo de Roma era para él un mandamiento sin apostillas. Tanto como que el Papa tenía que morir en el ejercicio de su actividad. Ya vivió como un susto la renuncia, pero supo reconducir sus impolutos principios. Ahora, de un plumazo, ha dejado de guiarse por criterios divinos para llevarse por los terrenales. Si el Papa no me gusta, se le despide como al CEO de turno. Y punto. Relativismo ortodoxo.

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