Periferias


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El Papa venido del fin del mundo ha llevado de pronto a Roma, al Vaticano, la periferia a través de sus ojos. El punto de vista desde el que ha mirado el papel que debía asumir, la forma de vida prevista para un Papa, era tan nuevo que inmediatamente se arriesgó a separarse de la vida real, de las relaciones con los otros seres humanos, sobre todo esas relaciones imprevistas de las que -él lo sabe bien- podrían llegar inspiración y fuerza.

Ver el mundo desde el punto de vista de las periferias ha inspirado cada gesto y cada decisión de su pontificado: Desde el primer viaje a Lampedusa, isla perdida en el Mediterráneo, cuyo interés a sus ojos era el de ser punto de llegada de miles de inmigrantes, periferia que acogía a aquellos que huían de las periferias desastradas del mundo. Después fueron los viajes a la frontera entre Estados Unidos y México, otro lugar donde se consuma la tragedia de las migraciones, y a las zonas más devastadas del planeta -como los barrios más pobres de las ciudades de Latinoamérica donde se prepara y distribuye la droga que después se vende en los países ricos- siempre buscando las palabras justas para sacudir un mundo rico que ya no quiere hablar de los pobres.

El Papa Francisco sabe bien que de las periferias sale el mal, y por tanto puede salir el bien para el mundo. A la vista de esto, revolucionando las tradiciones de la Curia, ha creado muchos cardenales que operan en lugares periféricos y han sido tenidos poco en cuenta, para hacer entender una vez más que mirar a las periferias significa dar un golpe en la mesa y renovar en serio.

Son dos los actos más fuertes que ha llevado a cabo: la encíclica Laudato si, que ha cambiado completamente el punto de vista desde el que se mira la contaminación, poniendo ante los ojos del mundo -habituado a las quejas por el smog de las grandes ciudades- el precio enorme e injusto que pagan aquellos que viven en los países pobres a un desarrollo que no tiene en cuenta las exigencias de los seres humanos o la naturaleza, sino solamente las del beneficio.

Y después la apertura del Jubileo de la Misericordia en Bangui: cuando Francisco abrió la puerta de esa pobre catedral, en medio de una población desgarrada por la guerra, todo el mundo entendió que la era de la Iglesia triunfal que muestra su belleza y su opulencia desde san Pedro había sido superada.

Pero aún queda una periferia por salvar, dentro del corazón de la propia Iglesia: las mujeres, religiosas y laicas, que tienen tanto que decir, tanto que dar, y no son escuchadas.