Jorge Oesterhel, sacerdote periodista escritor director de Vida Nueva Cono Sur bloguero Con la mirada puesta
Director de Vida Nueva Cono Sur

El peregrino que invita a caminar


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La visita del papa Francisco al santuario de Fátima permitió ver, una vez más, la fe del pueblo cristiano reunido en torno a María Santísima. Los santuarios marianos son lugares de peregrinación en los que se expresa una fe conmovedora, ya sea Fátima, Lourdes o cualquiera de los muchos que hay en diversos países, permiten encontrarse con esa fe simple y profunda de millones de personas.

En el caso del último viaje a Portugal que realizó Francisco para participar del centenario de las primeras apariciones, el mismo Papa señaló que lo hacía “como un peregrino más”, y eso fue lo que se pudo ver en todos los gestos del Santo Padre. Quizás el momento más emotivo fue el saludo del Papa a la Virgen agitando un pañuelo blanco junto a la multitud, al finalizar la santa misa.

La piedad popular debe crecer

En esas celebraciones multitudinarias Francisco habitualmente se acerca a la imagen de María que se coloca cerca del altar y se detiene ante ella y la toca. Es un gesto entrañable que se puede observar en los peregrinos de cualquier parte del mundo y que el Papa repite, uniéndose así al sentimiento del pueblo fiel. Son gestos que expresan esa fe popular que el Papa valora y propone como un ejemplo a seguir.

Papa Francisco, procesión de las candelas, Fátima, Portugal, 12 de mayo de 2017

Francisco reza en Fátima (Potugal) durante la vigilia de las candelas/EFE

Pero esa piedad popular, tan llena de riquezas, también debe crecer; como debe crecer siempre la fe. Ya sea la fe de los grandes teólogos, como la de los obispos, los pastores o los niños. La fe que no crece se muere. Nadie puede considerarse satisfecho con la fe que tiene. El papa Francisco lo sabe mejor que cualquiera de nosotros, y por eso no se limita a repetir gestos de piedad popular; además, invita a dar nuevos pasos; invita a cuestionarse y a cuestionar.

Tres preguntas inquietantes

Con tres preguntas desafió el Santo Padre a la multitud reunida en Fátima; tres preguntas inquietantes que para muchos pueden haber resultado molestas.

La primera: “Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el ‘camino estrecho’ de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora ‘inalcanzable’ y por tanto inimitable?”. María es presentada así no solo como objeto de veneración, sino como “maestra espiritual”, como alguien que propone una manera de vivir nueva y diferente.

E inmediatamente, la segunda: “¿La ‘Bienaventurada porque ha creído’ siempre y en todo momento en la palabra divina (cf. Lc 1,45), o más bien una ‘santita’, a la que se acude para conseguir gracias baratas?”. La pregunta, portadora de cierta ironía, invita a un cuestionamiento profundo: invita a preguntarnos si queremos con nuestra vida seguir los pasos de “la Bienaventurada” o si lo que pretendemos es que ella siga los nuestros.

Y finalmente: “¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?”. Muchas preguntas en una. Preguntas que apuntan a no conformarnos con una piedad superficial y que nos invitan a dar un paso más, cualquiera sea la madurez de nuestra fe.

El pastor llegó a Fátima como “un peregrino más”; y todos los peregrinos invitan a caminar, a no quedarse en lugares confortables.