Misericordia sin condiciones


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La Carta Apostólica “Misericordia et misera” que el Papa Francisco ha publicado en la culminación del Año de la Misericordia, contiene una inmensa riqueza que no puede ser resumida en unas pocas líneas. Mucho se escribirá sobre ella, habrá que estudiarla y, sobre todo, ponerla en práctica.

En una primera lectura podemos destacar solamente algunas afirmaciones sorprendentes, no por su novedad sino por la claridad con la que se dice lo que se quiere decir y por el énfasis que Francisco pone al decirlo: “ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia”. El “nosotros” parece referirse a los ministros ordenados, a los que tienen que hacer palpable la misericordia de Dios. La frase completa dice así: “Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona.” (Nº 2)

Más adelante, en el número 5, el Papa invita a las comunidades a una conversión pastoral que muestre en el día a día la fuerza renovadora de la misericordia, y entonces aparece nuevamente el llamado a una misericordia sin fronteras: “no limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.”

La misma idea vuelve a aparecer cuando se dirige a los confesores. Les recuerda que ellos también han sido perdonados y que son “testigos en primera persona de la universalidad del perdón”, por eso les dice: “No existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina.” Un poco más adelante profundiza en el tema, por si quedara alguna duda: “Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina.” (nº11)

Es en ese contexto de una misericordia sin límites que el Papa extiende a todos los sacerdotes la facultad de absolver el pecado del aborto y, teniendo en cuenta a los que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, concede “por decisión personal” la posibilidad de “recibir válida y lícitamente la absolución sacramental de los pecados”. Todo lo que dice y hace Francisco tiene como objetivo último “que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia.”

Misericordia et misera comienza recordando ese momento en el que la mujer adultera y Jesús, quedan solos, frente a frente. Ya las piedras han caído de las manos de los acusadores que estaban dispuestos a lapidarla y ellos se han retirado. “No se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador” dice Francisco. No se trata de una cuestión teórica sino de una situación conmovedoramente humana. Es el encuentro entre la miseria y la misericordia. El final lo conocemos todos: “Anda, y en adelante no peques más”. (Jn 8,11)