¿Es hora de volver al cristianismo primitivo?


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El ángelus

La mañana de este domingo ha tenido cierto movimiento poco habitual en lo que a información vaticana se refiere. Lo previsible era el ángelus, además el evangelio del domingo invitaba a que pudiese leerse de acuerdo a la praxis pastoral que ‘Amoris Laetitia’ ha introducido tras los últimos dos sínodos. Además, hablando de sínodos estaba el encuentro del sábado de los padres sinodales con algunos jóvenesde todo el mundo. Una cita llena de preguntas, experiencia y las interesantes recomendaciones que Francisco dio a todos dejando de lado sus papeles y sin querer robar ni un ápice al cometido de los participantes en este sínodo.

Por otra parte, tras un comunicado del sábado sobre las investigaciones que se están impulsando para clarificar todas las denuncias en torno al arzobispo estadounidense Theodore Edgar McCarrick por abusos de menores y encubrimiento de sacerdotes pederastas; el domingo llegó una carta abierta del cardenal Mar Ouellet frente a la actitud que Carlo Maria Viganò ha mostrado en los últimos meses. El prefecto de la Congregación de Obispos, desde su privilegiada posición, deslegitima una vez más –tirando de archivo y de hemeroteca– las pretensiones del exnuncio que parece haberse aliado con el frente más rancio del catolicismo de nuestros días. Como si no supiésemos del trasfondo de su actuación…

Pero, más allá de toda esta vorágine informativa –si bien dentro del microcosmos vaticano– uno de los anuncios del ángelus –en el que también se puede ver la alargada sombra de Viganò tras la insistencia a rezar el rosario y a san Miguel frente a las divisiones que el demonio genera en la Iglesia de nuestros días– me ha tocado personalmente hasta casi eclipsar la mirada periodística. Y es que Francisco ha promocionado personalmente la 1ª Jornada de las Catacumbas. Ha señalado que se celebrará el próximo sábado con diferentes propuestas didácticas y culturales, e incluso abriendo espacios cuyo acceso actualmente está limitado. Una buena propuesta para alejarse de este ambiente enrarecido que se cuece entre curiales de ayer y de hoy.

Una Roma subterránea

Si el ‘Apocalipsis’ invita a la iglesia de Éfeso a “volver al amor primero” (cf. Ap 2, 2-7) y los ‘Hechos de los apóstoles’ –sin desmerecer otros escritos del Nuevo Testamento– nos ayudan a meternos en la dinámica del cristianismo primitivo… lugares como las catacumbas –donde el tiempo prácticamente se ha detenido tras las invasiones bárbaras– nos ayudan a tocar y sentir quienes en tiempo de persecución mantuvieron viva la llama de la fe, dentro de sus limitaciones y fragilidades personales.

Durante unos cuantos meses, en Roma, además de colaborar con esta web, he podido recorrer y acompañar a peregrinos y visitantes por las galerías subterráneas de las catacumbas de san Calixto. Una experiencia que ciertamente me ha tocado profundamente. Y es que la historia de las catacumbas cristianas de Roma –y otras regiones del sur de Italia o de sus islas– es el testimonio real, auténtico y palpable de los orígenes de la iglesia en la Ciudad Eterna. Y es que, hoy en día, en ella se localizan más de sesenta cementerios cristianos de los primeros siglos, con cerca de casi dos millones de tumbas en galerías subterráneas que ocupan entre 150 y 170 kilómetros de longitud.

Tras adentrarme en algunos lugares todavía reservados para el turismo, uno puede comprender cómo la humilde situación económica de las comunidades de esta nueva religión que había surgido en Galilea fue capaz de crear estos lugares de enterramiento subterráneos, dando lugar a la expresión ‘catacumbas’ para definir estos cementerios particulares. Sin nada que enviar a las tumbas de Pedro y Pablo, creo, junto a los apóstoles ha quedado el testimonio de tantos cristianos anónimos de los primeros siglos. Y no tan anónimos por que el cementerio de San Calixto en la vía Apia, que nació como el primero oficial adquirido por la iglesia de Roma, durante casi cuatro siglos acogió a papas, mártires y en torno a medio millón de sepulturas cristianas. El redescubrimiento en los últimos siglos, tras el abandono sufrido en la Edad Media, ha sacado a la luz una serie de restos arqueológicos con los que, a través de los elementos históricos, artísticos y, en menor medida, epigráficos permites reconstruir algunos aspectos nucleares de la comunidad paleocristiana y del culto dado los muertos por la nueva fe en el Resucitado.

Y es que las catacumbas son una fuente histórica significativa para descubrir la realidad del cristianismo primitivo que se vivió en la ciudad de Roma entre el siglo II hasta el final del primer milenio. Recorrer hoy en día las galerías vacías –haciendo el mismo recorrido que los antiguos ‘romeros’– puede ayudar a comprender el testimonio teológico de cómo la nueva fe afrontaba la muerte, cómo vivía los sacramentos o celebraba el culto que daba a los mártires.

Permítaseme la licencia de abusar en este blog de algunas impresiones y recuerdos personales. Lo digo porque me ha impactado siempre la arquitectura y las pinturas de las catacumbas, que dentro de su sencillez y la proyección que tenían en un lugar húmedo y oscuro, son un arte escondido que evidencia la fe de la nueva comunidad y, al mismo tiempo, son el vestigio más antiguo del arte paleocristiano. Las grandes decoraciones de las basílicas constantinianas y las futuras iglesias romanas tienen su referente inicial en el incipiente y casi torpe arte de las catacumbas. Imágenes como el pez, la mesa compartida, el Buen Pastor, el ancla de la esperanza… son el esbozo de una fe enraizada en la gente sencilla por encima de persecuciones y desesperanzas.

El pacto

Hoy en día, cada nueva jornada varios cientos de personas, recorren el mismo camino de los antiguos romeros que acudían a las catacumbas de las afueras de Roma con la aspiración de venerar las tumbas de los primeros papas, de santa Cecilia o de otros mártires. Son de diferentes países y culturas, alumnos de un colegio o esmerados peregrinos. A un puñado de ellos les he podido acompañar y compartir algunas de sus impresiones.

Es verdad que hoy las antiguas reliquias ya no están en la catacumba de San Calixto, pero –entre los nichos vacíos o los sarcófagos incompletos– queda el testimonio de los primeros cristianos en la fe en la Resurrección que tantos cristianos anónimos han transmitido hasta nuestros días. Quizá ha llegado el momento de seguir el ejemplo de los pioneros de la arqueología cristiana y revalorizar los trabajos de restauración para que ese testimonio sea aún más lúcido para los cristianos –o no– de este tiempo.

Así lo vieron una cuarentena de obispos –la mayoría de América Latina– que durante el Vaticano II, el 16 de noviembre de 1965, celebraron la eucaristía en la basílica semienterrada de la catacumba de Domitila y se comprometieron –a través de 13 puntos– a llevar una vida sencilla, lejos de las posesiones innecesarias y con una actitud pastoral que se desvive por los más pobres. Algo tan actual como antiguo. De las periferias de la historia que representan las catacumbas a las periferias existenciales que espolean la misión de la Iglesia de hoy en día.