¿Es compatible el silencio con la transparencia?


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El ‘pizzaiolo’

En la edición de este domingo, 30 de septiembre, de un periódico local italiano la ‘Gazzetta di Reggio’ hay una pequeña entrevista a un pizzero. Es Giovanni Mandara, cocinero del Piccolo Piedigrottaoriundo de la provincia de Reggio Emilia, situada al norte del país entre Bolonia y Milán. El titular le define como “el pizzero de dos papas” ya que confiesa que pudo servir en 2013 una pizza romana al papa Francisco –la tomó con una cerveza rusa de importación y una naranjada– y preparar, para llevar, una cuatro estaciones para Benedicto XVI.

Este reportaje dominical de amable lectura y lleno de entusiasmo me hizo pensar en una viñeta publicada, no recuerdo dónde, poco tiempo después de la elección del papa Francisco. En la tira cómica aparecían el papa emérito junto al nuevo Pontífice viendo un partido de fútbol en televisión. Entonces Francisco va al teléfono y le pregunta a Benedicto si le apetece una pizza, a lo que él recomienda que sea sin anchoas. Como en el clásico juego infantil del ‘teléfono estropeado’ el telefonista toma nota y el mensaje de las anchoas va pasando de boca en boca hasta tomando un sentido diverso al inicial. Tanto es así que cuando llega a alguien de la curia interpreta que el Papa ha mandado prohibir a todos los católicos el consumo de anchoas.

Entonces me pareció una ocurrente manera de cómo muchas veces, según los subrayados de los diferentes pontificados, se puedo confundir lo esencial con lo accesorio, las recomendaciones con la doctrina, el Magisterio con la animación pastoral, la Tradición del depósito de la fe con las tradiciones y costumbres. Algo que se ha dado en el pasado y se repite en nuestros días.

El silencio

En este sentido desde el entorno de Benedicto XVI nos ha llegado una lección. Su apoyo sin fisuras al pontificado de Francisco está fuera de toda duda por más que haya sido puesto en entredicho en algunos momentos como en aquel prólogo al libro del cardenal Sarah o en la carta que ha precipitado la dimisión del prefecto Darío E. Viganò. Ahora, mientras otro Viganò busca la proyección mediática que le generan, a partes iguales, blogs tradicionalistas y diarios marcadamente anticlericales, el silencio elocuente de Benedicto es el mismo silencio que Francisco ofreció a los periodistas de forma pública a la vuelta de Irlanda invitando a utilicen la misma madurez profesional que les lleva a analizar la credibilidad de las fuentes.

Este silencio del Papa, que irá acompañado de la respuesta anunciada en la última reunión del C-9 o en la investigación independiente encargada por la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos sobre el defenestrado cardenal MacCarrick, contrasta con otros silencios que amenazan con ser algo muy presente, retomando estrategias eclesiales muy habituales hasta no hace tanto.

Y es que en tiempos de la transparencia de las instituciones, parece estar muy presente en diferentes entidades eclesiales una vuelta a la opacidad informativa. Un silencio que incluso se formula como teoría a seguir por quienes gestionan la comunicación eclesial. Una falta de mensaje que no es como el de Francisco cuando resta credibilidad al panfleto vengativo de Viganò sino que se convierte en negligencia ante quienes tienen la misión de publicar en las azoteas cuanto su fe confiesa. Esta no es una opción por los silencios elocuentes -recuerdo a Francisco ante la niña filipina que le preguntaba por qué Dios había permitido que llevase una vida en la calle marcada por la prostitución ante la que no respondió, solo la abrazó- sino por otros silencios cómplices que solo generan más ruido y confusión.