En la nueva crisis migratoria, ¿se refuerzan o se debilitan los valores europeos?


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La cumbre

El pasado jueves comenzó la última de las cumbres celebradas en la Unión Europea (UE) entre los jefes de Estado y de Gobierno. Un encuentro, inicialmente pensado para abordar determinadas reformas de la moneda única y las negociaciones más inmediatas de cara al inminente “brexit”; pero que, sin embargo, se ha visto modificada su agenda por noticias como la de la llegada del Aquarius a Valencia y la nueva posición de italia ante la acogida de refugiados que circulan por sus aguas.

La cuestión migratoria, con no ser nada nueva, ha obligado a replantearse políticamente el espíritu de la UE. Ya en la puerta de las instituciones, el propio presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, señalaba que se buscaba establecer plataformas de desembarco para inmigrantes fuera del territorio comunitario para evitar un “avance caótico hacia el cierre de las fronteras” que no generaría más que enfrentamientos continuos entre los propios países europeos.

El encuentro se ha saldado con acuerdos parciales entre Alemania y Grecia y España. También se ha determinado que establecerán, en aquellos países que de forma voluntaria lo deseen, “centros controlados” de inmigrantes, así como una serie de plataformas de desembarco en el Mediterráneo fuera de la propia UE. Valorando la cuestión, un periódico italiano (La Repubblica) abría su edición titulando “Europa suprime la acogida”.

Quien ha hecho una reflexión más de fondo sobre la cuestión, en el encuentro con los medios de comunicación, ha sido Alexis Tsipras, el primer ministro griego. El cierre en falso de la cuestión migratoria por parte de los líderes de la Unión muestra para él una falta de “valores europeos”. “Lo que entendíamos como valores fundadores de la UE: la solidaridad, el humanismo, el respeto a los derechos humanos y al derecho internacional..; no son compartidos por todos los Estados miembros”, señaló abiertamente. A la vez, denunció la tensión que se da en una UE que está “dividida en dos percepciones: una autoritaria, antiinmigración, y otra más democrática y humanista”.

Los valores

“Más allá de la unión política y del mercado único, la Unión Europea es también una cuestión de valores”, se podía leer en uno de los materiales publicitarios de las elecciones de 2014 al Parlamento Europeo. Como ejemplo de que estos valores traspasan las fronteras de los estados miembros se ejemplificaba con el hecho de que el propio Parlamento impulsa cada diciembre el Premio Sajarov a la Libertad de Conciencia, para reconocer a personas u organizaciones que luchan por los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Pero, ¿cuáles son en concreto los valores de la UE? La respuesta es de manual: “El Tratado de Lisboa recoge como valores fundamentales de la Unión Europea el respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad y los derechos humanos y establece que la Unión tiene como finalidad promover la paz y el bienestar de sus pueblos”. Para los que examinan jurídicamente los textos constitutivos de la Unión esta formulación es un avance respecto a los pasos embrionarios de los tratados iniciales que como mucho, tras haber vivido dos cruentas guerra, hablaban como mucho de forma genérica de la “defensa de la paz y la libertad”.

El camino del papel a la realidad, sin embargo, es largo en muchas ocasiones. Releer ‘El nuevo desorden mundial. Reflexiones de un europeo’ del búlgaro Tzvetan Todorov (Editorial Península, 2003) da claves para comprender este trasfondo de los valores europeos. “Actualmente, cuando la construcción europea está entrando en una fase decisiva, puede ser útil hacer un debate abierto sobre los valores europeos”, escribía yendo más allá que el acuerdo de mínimos del Tratado de Lisboa, a la vez que ofrecía algunas claves para hacer una lectura maximalista de la racionalidad, la justicia, la democracia, la libertad individual, la laicidad en sentido cristiano y una tolerancia que se entienda de forma más amplia que el sentido protestante. Pautas para seguir caminando.

La estatua

Hay en la ciudad holandesa de Róterdam una escultura particular. La ciudad del humanista más universal es hoy una ciudad moderna con una gran potencia económica gracias a su puerto, el más grande de Europa conectado con el Rin y el mar del Norte. Sin embargo, no siempre ha sido así. En la Segunda Guerra Mundial los nazis bombardearon y saquearon la ciudad. Se estima que murieron una millar de personas, muchos fueron desplazados a los pocos días de los bombardeos, más de 25.000 viviendas quemadas, 2.230 pequeñas tiendas arrasados, 24 iglesias reducidas a cenizas, más de 80.000 personas perdieron su hogar… El antiguo centro de la ciudad, con importantes edificios históricos irrepetibles, fue barrido por el fuego.Los foráneos recuerdan el 14 de mayo de 1940 como el día del “holocausto de Róterdam”. Tan impactante fue el bombardeo y sus consecuencias, que el gobierno holandés se rindió inmediatamente.

Finalizada la guerra, los pobladores no se dejaron abatir por el pesimismo y la reconstrucción se produjo a marchas forzadas. En 1953 se inauguró la primera calle comercial, peatonal y llena de tiendas, de toda Europa. Se abrieron teatros, un zoológico o varios rascacielos… Pero no todo eran proyectos de futuro, en 1960 se inauguró el recuerdo más visible de la devastadora guerra: la escultura “La Ciudad Destruida” (‘De Verwoeste Stad’), obra de Ossip Zadkine, un artista judío de origen ruso. La estatua de bronce, de 6 metros de altura y 3 toneladas de peso, es aparentemente sencilla ya que el se representan los desastres a través de la figura de un hombre, un hombre sin corazón.

La Europa de las guerras mundiales con el corazón arrebatado, arrancado a base de violencia generada por el odio al diferente. ¿Puede que en parte se repita la historia de nuevo?