¿En días así, hay espacio para la utopía?


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La semana

Hay veces que los acontecimientos no invitan al optimismo. En esta semana que ha pasado se ha consumado la muerte del pequeño Alfie Evans, un duro acontecimiento que ha puesto –una vez más– rostro a la tendencia legislativa actual que camina hacia una bioética alternativa y deshumanizante basada en la comodidad y la ocultación del sufrimiento.

La sentencia a “la manada”ha desencadenado un malestar social –ciertamente alimentado con intereses ideológicos camuflados de empatía feminista– que ha provocado que haya que replantearse la diferencia entre abusos sexuales y violación. Por otra parte, entristece ver que el necesario –y muy legítimo– acompañamiento y apoyo a una víctima se confundan y edulcores, por momentos, en una reivindicación social de venganza en las plazas y en los tuits.

Una semana más, la política ha dejado los debates de altura para enfangarse en los procesos abiertos contra la corrupción y la malversación pública más allá de colores o regiones. Aunque el bochorno ha encontrado su cabeza de turco en esa presidenta de una comunidad autónoma que lejos de aclarar sus méritos académicos, tuvo que contemplar cómo el hurto de dos botes de crema es algo que dista mucho de la ejemplaridad. Cristina Cifuentes definió su acto como un “error” y un “acto involuntario”.

Con tres acontecimientos como estos parece difícil encontrar en nuestra sociedad quien, como Abraham en palabras de san Pablo, “creyó, esperando contra toda esperanza” (Rm 4,18).

Los estudiantes

Sin embargo hay más vida más allá de los titulares de informativos, periódicos y webs. Por casualidad, asistí hace una par de semanas a la final regional de una “olimpiada de filosofía”. La competición tenía como tema las utopías y distopías. Estudiantes de Bachillerato habían plasmado su visión del mundo a través de unas fotografías o resolviendo de forma creativa un dilema moral basado en una curiosa de serie de televisión.

La prueba final era escribir un ensayo en el que cada uno debía elaborar su propi utopía, desarrollar el mejor de los mundos posibles. Los tres finalistas fueron leídos en público. Alejandra se reveló al diseñar su mundo ideal contra las etiquetas y propuso el respeto como engranaje de la sociedad soñada. Un respeto que se constituya en base de la paz y la cooperación, sugirió. La joven apelaba a esas pequeñas “revoluciones de salón” que son capaces de cambiar la vida de apenas cinco personas, pero que son las que permitirán que los jóvenes dejen de ser considerados la generación dormida.

Otra estudiante, Natalia, apostaba por el diálogo en un mundo deshumanizado por la técnica o los sistemas económicos. “La clave es recuperar la propia identidad, ya que somos un enigma para nosotros mismos en un mundo en que muchos siguen un esquema predeterminado de vida”, reflexionaba. Ella soñaba con una utopía donde todos respetan a todos como consecuencia de su libertad personal. “¿Seremos capaces de dejar de lado nuestro egoísmo?”, se interrogaba.

Un tercer estudiante, Álvaro, establecía un recorrido filosófico en el que el individualismo que propugnó los ideales que han basado una egotopía daba paso a una ecotopía en el que las personas cuidan la casa común y toda la sociedad humana, como una demotopía. Un recorrido que no se quedaba en lo teórico, sino que inundaba sectores tan alejados de lo que podría tenerse como un mundo ideal, como son la economía o la política. “Todos construimos con el diálogo el mañana más brillante posible”, aseguraba lleno de convicción y, acaso, de ilusión.

La isla

‘De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae’ es el título en latín del libro “sobre el estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía” que Tomás Moro publicó en 1516. Una isla que nada tiene que ver con la de ‘Supervivientes’, sino que sirve de escusa literaria al brillante humanista para dialogar con el lector sobre los problemas filosóficos, políticos, religiosos y económicos de la Inglaterra de Enrique VIII.

Moro describe una sociedad ideal sin muros –así se llama precisamente su ciudad principal, “Amaurota”– ni propiedades, en la que todos se encargan de la subsistencia de todos empeñados en los campos y las granjas, las casas son luminosas y ventiladas, las familias se organizan por grupos, la jornada laboral es de seis horas, el tiempo libre se pasa con creatividad e inteligencia…

Llama la atención leer estas páginas conociendo la historia del propio autor, ya sea por sus biografías o el retrato que de él ha ofrecido la película de Fred Zinnemann “All man for All Seasons” (1966) o la serie de “Los Tudor”. Comprometido en las entrañas mismas del poder político en la corte del rey, autoexiliado ante la deriva del propio Enrique VIII con el Papa, comprometido con el movimiento humanista y prevenido frente a las consecuencias de las reformas protestantes…

El clima de paz y de armonía descritos por Moro no es una escapada delante de los problemas de la vida y del mundo. En su tiempo la sociedad vivía las tensiones propias de un cambio de época, llena de inseguridades y incertidumbre del futuro… como consecuencia del orgullo que dominaba unas relaciones humanas en las que lo competitivo invadía todos los órdenes de la existencia.

Por ello, para el santo patrono de los políticos la utopía –sobre todo la evangélica– consiste en ser capaz de soñar despiertos para comprometernos la realidad que vivimos, descubrir las raíces de nuestros males y ponernos a caminar siendo pacientes inconformistas que viven la solidaridad universal que anuncia Jesús como elemento constitutivo del Reino.

Quizá esta sea la fuerza purificadora de las utopías y que estas sean hoy más necesarias que nunca.