Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Instituto de la Familia de la Universidad Pontificia de Comillas

El icono abierto, de Paul Roorda


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‘Icono II’ introduce una ligera variación respecto al primer icono que creó el artista canadiense Paul Roorda. La lógica es la misma que en ‘Icono I’, pero la pieza central se ausenta y abre un espacio de silencio y misterio. Remite al Dios cuyo rostro nadie ha visto, al Dios que se puede amar pero no se puede poseer, a la Teología del No, del desasimiento y el desprendimiento. Puede que haya quien se pregunte si tal cambio no responde al tipo de páginas bíblicas que el autor ha dorado. Puede que sean páginas relativas a la muerte y ese rectángulo nos sugiera una sepultura. Puede que sean páginas que relatan la propia muerte de Jesús de Nazaret y estemos ante su tumba vacía. O puede que sea la fosa de Lázaro de la que de un momento a otro asomará su cuerpo resucitado.

Icono II de PAul Roorda para el blog de Fernando Vidal

La pieza ausente era la que presidía la obra ‘Icono I’, la que podía representar la figura y Palabra de Cristo. Su desaparición en ‘Icono II’ presenta el pasaje de su muerte y la noche de espera pascual. Esa Noche Oscura recoge toda la Teología de la Ausencia, el misterio de lo inalcanzable salvo por la gracia de lo que se da.

La pieza ausente o la sepultura abierta le da profundidad absoluta a la textura del icono. Hace sentir la fragilidad de esa página compuesta por diferentes columnas doradas de versículos. Convierte la superficie en página que podría ser pasada. Forma también una cerradura abierta: la Biblia no está cerrada sino que uno forma parte de ella al reflejarse, y puede ser abierta. Es una gloria accesible, un dorado cuyo umbral invita a pasar. Puede también sugerir que en esa composición de páginas falta una, la del espectador, invitado a unirse a la alabanza.

La expresividad de esta obra permite hablar de un icono abstracto, todo un desafío que dialoga con esa tradición de fidelidad a la primera imagen pintada por el propio evangelista que conoció el rostro de Jesús y su Madre. Establece una relación honda ya que establece un rostro ausente en medio de un icono que se atreve a darle forma. Es un icono abierto, en donde el propio rostro de Cristo aparece como pregunta. Es una contradicción que expresa una paradoja y un misterio, el de la representación imposible pero necesaria. Compromete al espectador en su interior para relacionarse con esa ambigüedad. Es posible que más que el dorado que hace posible el reflejo, el mejor espejo para incorporar a quien contempla sea esa ausencia en la que se le espera a él.

Referencias