Solo para adultos


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Pasados cuatro años de aquel momento en el que el Papa del fin del mundo pedía su bendición al Pueblo de Dios, la Iglesia vive para la inmensa mayoría de los cristianos una larga y fascinante primavera. Para otros, es un tiempo de inquietudes, desconfianza hacia el papado, confusión y, en ocasiones, una oposición que ya no se disimula. Conviene detenerse en los argumentos de quienes no están conformes, para nosotros poder comprender la magnitud del cambio que está proponiendo Francisco.

Al inicio de este pontificado las cuestiones giraban en torno a la reforma de la curia y, en especial, a los temas económicos referidos a oscuros manejos financieros en la banca vaticana. Contra lo que muchos esperaban, no se cerró el banco vaticano y solo hubo una integración a los grandes mecanismos de control internacional sobre ese tipo de instituciones. Luego arreciaron los rumores sobre resonantes cambios en los lugares claves de poder en los principales dicasterios romanos, pero tampoco ocurrieron en ese tema grandes modificaciones. Por el contrario, poco a poco la sorpresa fue la capacidad de este Papa de compartir el gobierno de la Iglesia con cardenales muy poco cercanos a su manera de pensar y conducir.

A medida que fue pasando el tiempo fue quedando más claro lo que para algunos es el verdadero problema: ese “estilo Bergoglio” de gobernar y comunicar. Especialmente a partir del final del sínodo sobre la familia y la exhortación Amoris Laetitia comenzó a aparecer la verdadera resistencia al camino emprendido por Francisco. En la superficie se trata de una cuestión sobre la moral familiar y el tema del acceso a los sacramentos, pero en realidad lo que está en discusión es más profundo: lo que molesta es la supuesta “ambigüedad” del Papa en temas esenciales; lo que se reclama son palabras que con autoridad incuestionable definan con claridad “lo que hay que hacer”, lo que está bien y lo que está mal. Genera una enorme inquietud el espacio que el Papa otorga al discernimiento, a ese diálogo espiritual entre los sacerdotes y los fieles. Se interpreta que por allí se pueden introducir en la Iglesia todo tipo de errores y malas prácticas.

Esa actitud, además de demostrar poca confianza en la acción del Espíritu y en la capacidad y honestidad del clero, pone de manifiesto la verdadera dificultad de muchos: Francisco está actuando y hablando como se actúa y habla con adultos, con personas capaces de discernir y hacerse cargo de sus vidas y sus acciones. Lo que preocupa a algunos, y más que una preocupación parece un ser un ataque de pánico, es que desde la silla de Pedro se considere al Pueblo de Dios como un pueblo de adultos y no como un rebaño, no ya de mansas ovejas, sino de niños que necesitan a cada momento que se les diga lo que tienen que hacer.

Después de cuatro años de ser tratados como adultos, algunos están descubriendo que no es lo mismo ser adulto que tener poder. O, peor aún, que durante toda su vida se han refugiado en el poder para huir de las responsabilidades del adulto, que son mayores y más comprometedoras. Otros están experimentando que la Iglesia no nos llama a una obediencia ciega, que es posible una obediencia adulta y responsable. Algunos, están descubriendo que ser adulto, tampoco es ser alguien que ha estudiado mucho. La verdadera resistencia a un papa como Francisco no se encuentra en los pasillos de las curias, sino en los secretos laberintos de los corazones que se resisten a abandonar la comodidad que conlleva que otro les diga cómo actuar, pensar y sentir.

En esta maravillosa y larga primavera, el papa Francisco, como nuestro Señor Jesús a los paralíticos, nos invita a estar de pie y caminar, como camina el Pueblo de Dios, con la seguridad que da la confianza. No se trata de desplazar curiales sino de una verdadera revolución espiritual.