Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Instituto de la Familia de la Universidad Pontificia de Comillas

El Cordero de Dios, de Jonathan Mayer


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Jonathan Mayer es un artista luterano estadounidense dedicado al arte litúrgico, nacido en la década de 1980. Su obra ha sido realizada en la segunda década del siglo XXI. Es el caso de ‘Este es el Cordero de Dios’, una impactante creación destinada a inspirar el tiempo pascual.

Mayer crea digitalmente sus obras, lo cual imprime una textura detallista, minuciosa, de contornos perfilados y colores saturados. La piel plana y fluida característica todavía de las técnicas digitales se deja sentir en la obra de Mayer. Mayer se formó como ilustrador, lo cual también explica la fábrica de su estética.

Cordero de Dios pintura obra de Jonathan Mayer

Esta obra ‘Este es el Cordero de Dios’ es especialmente importante para Mayer, ya que da nombre a su estudio, Scapegoat –el Cordero Expiatorio-. La imagen muestra un cordero joven que tiene las cuatro patas atadas entre sí y ha sido sacrificado. La sangre que se ha vaciado de su cuerpo forma una extensa mancha con los cinco continentes del planeta. Entre ellos se extienden ramas de sangre que parecen unirlos en una única raíz.

El firme sobre el que está depositado el cordero es de piedra gris, lo cual nos sugiere un espacio formal, pero incluso el escenario podría ser interpretado como una calle cualquiera de nuestro mundo violento, en cuya calzada han matado al Cordero de Dios. La luminosidad alumbra de frente el cuerpo pacífico y calmado de la criatura. En su gesto resplandece una profunda paz, su cuerpo yace sin violencia, suave. No ha sido quebrado, roto, desgarrado. Está desprovisto de patetismo. El drama lo muestra su sangre derramada. Él, parece solamente dormido.

La sangre extendida contrasta con la pose tranquila del cordero. Mientras que el cordero tiene una presentación tersa, redondeada, la gradación de la luz es equilibrada y suave, el mapamundi de sangre es violento, lanzado a chorro, estallado en el pavimento. En ese escenario de piedra o cemento, no parece un sacrificio, sino un crimen.

La mancha de sangre sigue espasmódica el contorno de los continentes, es un dramatismo muy marcado que impacta a quien lo ve. Quizás en un primer momento no se percibe que la sangre forma el mapa de nuestro mundo pero enseguida aparece ante una segunda mirada atenta. Es posible que pase desapercibido a algunos y luego se sorprendan.

El mensaje es claro: el Cordero de Dios se ha vaciado por el mundo. El dolor del planeta es sangre derramada de Cristo. La encarnación de Dios se manifiesta en su muerte, cuando su muerte tiene la formas de tanta víctima del mundo. Muestra un mundo dolido, sufriente, mortificado. La imagen es el rastro dejado por tanta víctima asesinada en plena calle. Recuerda a muchos lugares del mundo, asolados por la violencia.

Pero ese intenso patetismo invita a la esperanza. De nuevo uno vuelve la mirada al cordero: a su paz, confianza, esperanza, como si un instante después volviese a despertar. Una estampa impactante que esconde la estupefacción por el dolor y el asombro de la paz.