Director de Vida Nueva Colombia

El clóset de los ateos


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Antes se escondían los homosexuales temerosos de la intolerancia social. Hoy los que confiesan su condición de ateos dicen que salieron del clóset.

Así se le oyó decir al Ministro de Salud de Colombia en una entrevista en que informó su condición de ateo. La declaración provocó reacciones tan intolerantes como la de quien preguntó si alguien le confiaría la salud de los suyos a un ateo.

Esta y otras reacciones igualmente fanáticas pusieron sobre la mesa el tema: centenares de años de violencia producida por la intolerancia no habían enseñado ni la tolerancia cristiana, ni la igualdad y fraternidad de una sociedad civilizada. ¿Por qué?

Para algunos columnistas colombianos, es un efecto de la condición mayoritaria de los creyentes. Según las estadísticas solo un 0,9% de la población es atea; en cambio, sumados católicos y otros cristianos, llegan al 85% los que en gran parte creen que la verdad está de parte de las mayorías y que las minorías, por serlo, están equivocadas. Pero ese 85% se mueve entre dos situaciones extremas: la de un cristianismo anclado en el Concilio de Trento, para la que el Concilio Vaticano II y el papa Francisco representan un peligro para la fe; en el otro extremo están, entre otros, los que leyeron con satisfacción la entrevista al biólogo keniano Richard Hawkins, un ateo militante convencido de los daños que la religión le hace a la sociedad.

Según él, unas mejores condiciones educativas y socio-económicas pueden curar el mal de lo religioso en Colombia. Las propuestas laicistas de gravar con impuestos a las iglesias, de negarles el apoyo estatal a eventos culturales de larga tradición como la Semana Santa de Popayán o de retirar los crucifijos que tradicionalmente han presidido los despachos judiciales en nombre de la separación de la Iglesia y el Estado son las otras manifestaciones de ese extremo que se opone al fanatismo religioso con un fanatismo laical.

La superación de viejos prejuicios

A lo largo de la historia de este país siempre hubo guerras con un componente religioso. La más sangrienta de ellas, la de los mil días, al comenzar el siglo XX, contó con bendiciones episcopales. Los combatientes conservadores, llamados en algún documento episcopal “soldados de Cristo”, fueron al combate convencidos de liberar a su patria de los incrédulos del partido liberal; ese mismo sentimiento se pudo percibir durante el período de la violencia de los años 50 ,y es el que movilizó votantes en el plebiscito del pasado 2 de octubre contra los acuerdos de paz con la guerrilla. Vistos en esa perspectiva y con tales antecedentes, los ateos estaban en el clóset como medida de seguridad.

Contribuyó a su salida otro factor: la progresiva superación de viejos prejuicios, como el que hacía ver en el ateo un mal ser humano. Durante la reciente discusión sobre el tema, se conoció, citada por el columnista Mauricio García Villegas, la investigación que demuestra que los hijos de los ateos son más altruistas.

¿La explicación? Que para ellos no existe ese sesgo que introduce en la conciencia el cumplimiento de ritos religiosos que dan una “licencia moral”. El ateo no cuenta con ritos, sino con una vida generosa, una contundente comprobación que deja al descubierto una de las debilidades de los creyentes: la doble vida.

Los que de modo sereno observaron esta diferencia comenzaron a ver con ojos distintos tanto su propia creencia como la del ateo, y debieron entender que la auto-reclusión de los ateos en el clóset, como la de Ana Frank en su buhardilla, revelan la crueldad y la intolerancia como vergonzosas marcas de una cultura que necesita ser bautizada.