José Beltrán, director de Vida Nueva y bloguero Notas al pie
Director de Vida Nueva

Bandera blanca


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MIÉRCOLES 27. Entra don Ricardo a la sala de prensa. Sereno. Más serio de lo habitual. Lee la nota de la Conferencia Episcopal. Y se va. Con esa sensación que deja siempre de serenidad ante la excepcionalidad. Excepcional la situación. Pero también el texto. En el fondo y en la forma. Pero quien lo ve desde fuera, solo ve equidistancia. Y hasta ñoñería. Ni tan siquiera lo han leído. Al menos entero. Me atrapa la cita a aquel 28 de febrero, cuando Tarancón pasaba el relevo a don Gabino. Incertidumbre entonces, como ahora. Diálogo entonces con amparo legal, como ahora. Claro, que la sutileza de la cita no parece estar al alcance de muchos. Esperaban el lenguaje de la polarización. Frente a eso, la voz de quien está convencido de que el consenso no es un marco para embellecer la puerta, sino la puerta en sí misma. También estrecha.

DOMINGO 1. Llega el 1-O. Pesar. Tristeza. Por la violencia. Por la perversión del lenguaje. Democracia. Libertad. Facha. Fuerzas de ocupación. Escudo humano. Represión. Autoritario. Dictadura. Traidor. Lo que esconden las palabras. Ya se sabe. Prensa manipuladora. Pero la foto está ahí, la que legitima la ilegalidad. Aparco el 1-O. Porque la jornada pide más. Los escolapios abren el Espacio Míguez, a unos días de su canonización. Su habitación. Su espacio de oración. Y sus gafas, con las que miraba al mundo con ojos de Dios. “Como Calasanz fue combativo y transgresor”, sentencia Ángel Ayala. Que no se perviertan estas palabras.

LUNES 2. María tiene 88 años. Pertenece a la Institución Teresiana. Y es de Getafe, de las de toda la vida. Nos separa alguna que otra generación, pero hay cosas que no cambian aunque aquel pueblo sea ahora mucho más que una ciudad dormitorio. Sin buscarlo, un descubrimiento: “¿Sabes que el padre Faustino fue confesor de mi madre? Ya entonces me decía que era un santo. Vivo, pero santo”. El pueblo siempre suele adelantarse a la comisión de teólogos.

MIÉRCOLES 3. Oído en la redacción. Alguien lee en alto algo que ha escrito Armand Puig. En otro momento, cazo al vuelo dos palabras: bandera blanca. No he visto ninguna en todos estos días. Ninguna. Porque quienes las portan no presumen de llevarlas al hombro. Las llevan dentro, sin agitarlas, pero ejerciendo con la discreción que precisa una intervención de alto riesgo para evitar la quiebra definitiva. Sea en Moncloa o en el Palacio Arzobispal.

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