Luis y Celia, un hogar modelo de santidad

“Estos dos santos esposos y padres de Teresita de Lisieux vivieron su vida cristiana en la familia”

luis-y-celia-padres-teresa-Lisieux-G

Telar en el Vaticano tras la canonización de Louis Martin y Zélie Guérin

JOSÉ MARÍA AVENDAÑO PEREA. Vicario general de la Diócesis de Getafe | Seguro que sus nombres te suenan, pues su hija, santa Teresa del Niño Jesús, en Historia de un alma, evoca a sus padres como ejemplo de matrimonio cristiano. Louis Martin y Zélie Guérin fueron canonizados el pasado 18 de octubre por el papa Francisco.

En el año 2002, peregriné a Lisieux, estuve en la tumba de los entonces venerables. Desde aquel día tenemos una estampa junto a la chimenea en casa de mis padres. Cuando supimos la noticia de su canonización, hace ya algunos meses, mis padres –Cándido y Jorja– dijeron: “Dos nuevos santos amigos que nos cuidan”.

Es una santidad para los tiempos que corren. Nos enseñan que la santidad, lejos de ser un ideal reservado a unos cuantos, es una gracia que se ofrece a todos. Las condiciones de vida de Luis y Celia son sorprendentemente parecidas a las de nuestros contemporáneos. Su vida es una vida cotidiana. Ella bordaba encajes, él arreglaba relojes, los dos trabajaban en el cuidado de sus hijos, conocían las alegrías y las penas de una familia ordinaria, y murieron de enfermedades que hoy también nos resultan conocidas: Celia, de un cáncer de mama y de arterioesclerosis; esta misma enfermedad le afectó a Luis al cerebro y haría que fuera ingresado durante tres años en un hospital psiquiátrico.

Fueron padres de nueve hijos, pero tres de ellos murieron prematuramente. Un dolor inenarrable ver morir a tres de sus hijos. Un sufrimiento que les dejará una herida para siempre. A este respecto, señalan: “Soportar al pequeño que llora treinta y seis horas sin parar, las peleas entre hermanas, las noches de dos horas…”, pero para ambos es el pequeño precio que hay que pagar: “¡Es un trabajo tan agradable ocuparse uno de sus niños!”.

Su vida matrimonial estuvo entretejida con la hermosa urdimbre de palabras hechas vida, como “permiso”, “gracias”, “perdón”. Palabras que encierran la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de dificultades y pruebas.

El amor es algo que cuidan como oro en paño, pues saben que Dios está ahí, junto a ellos, velando por ellos, custodiando su “íntima comunidad de vida y amor”. “Estoy impaciente de estar junto a ti, querido Luis; te amo con todo mi corazón; me resultaría imposible vivir lejos de ti… Te abrazo tan fuerte como te amo”, dice Celia a Luis. “Mi querida… Te pido tranquilidad y moderación, en el trabajo sobre todo… No te agobies tanto, conseguiremos, Dios mediante, montar nuestra casita… Tu marido que te querrá toda la vida”, dice Luis a Celia.

Fe y contemplación

Celia tiene una fe incondicional: “Lo mejor es poner todas las cosas en las manos de Dios y esperar los acontecimientos con calma abandonándose a Su voluntad”. Luis es un contemplativo en la belleza de cada día, del don de la vida y de la fe: “¡Si pudiera hacer que sintierais todo lo que yo siento admirando las grandes y bellas cosas que suceden ante mí!, ¡Dios mío, qué admirables son tus obras!, gritaría de buen grado: ¡es demasiado, Señor, eres demasiado bueno conmigo”.

La llegada de los hijos les lleva a rehacer sus proyectos: “Cuando tuvimos a nuestros hijos, cambió un poco nuestra forma de ver las cosas; tan solo vivíamos para ellos, eran todo cuando nos daba la felicidad, y no la hemos encontrado nunca fuera de ellos”.

La celebración de la Misa y el amor a la Virgen les llevaron a vivir con sublimidad el amor conyugal, con atención al prójimo y entrega a los pobres y necesitados. Estos santos esposos vivieron su vida cristiana en la familia, haciendo de cada jornada un lugar de fe y amor, y en este clima brotaron las vocaciones de sus hijas.

En un momento difícil, Celine y Leonina toman la decisión de ingresar a su padre Luis en el hospital psiquiátrico Bon-Sauveur, en Caen. Celina cuenta: “Leonina y yo hemos guardado silencio todo el tiempo; estábamos anonadadas, rotas”. Ahora, por la pasión de su padre, Teresa descubre la de Jesús, en toda su locura de amor por el hombre. Es en esta época cuando Teresa del Niño Jesús se convierte en Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Ella escribe. “Jesús arde de amor por nosotros… ¡Mira su rostro adorable!… ¡Mira sus ojos apagados y gachos!… Mira sus llagas… Mira a Jesús en su rostro… ¡En él verás cómo nos ama”.

En verdad que Dios nos ha dado la vida y la fe en este mundo, y este mundo es el lugar de nuestra santidad. El hogar de Luis y Celia es modelo de santidad que la Iglesia propone al mundo actual, donde la familia y la vida humana pasan por tiempos recios. Amigos fuertes de Dios. San Luis y santa Celia, interceded por nosotros. Gracias por todo y por tanto.
 
En el nº 2.962 de Vida Nueva 

Actualizado
30/10/2015
Compartir