Una “novedad” de especial importancia

Al contrario que antaño, ya nadie puede apoyarse en la Iglesia para justificar la violencia

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JORGE OESTERHELD, portavoz de la Conferencia Episcopal Argentina | Después de muchos años en los que la imagen de la Iglesia estaba unida a la intolerancia, el dogmatismo y las visiones autoritarias de la vida, poco a poco esa realidad va cambiando y va quedando en evidencia un perfil de la Iglesia como institución incansable constructora de consensos, diálogo y convivencia pacífica.

Los más jóvenes, los niños, los que no han conocido las visiones del siglo pasado sobre el lugar de la Iglesia en la sociedad, dentro de unos años se sorprenderán al leer los juicios que sobre esta han presentado los medios de comunicación, así como muchos pensadores, intelectuales y líderes políticos.

La imagen del papa Francisco recorre hoy el mundo mostrando un hombre que llama constantemente al diálogo y a la cultura del encuentro. Lo mismo hacían sus predecesores, que, no solamente con discursos, sino con acciones concretas, se comprometieron con la paz en todo el mundo. Basta recordar la intervención de san Juan Pablo II en el conflicto entre los pueblos hermanos de Argentina y Chile; o la memorable intervención del Pablo VI en las Naciones Unidas.

No son solamente los papas los promotores de la paz y la concordia. Infinidad de instituciones y grupos de Iglesia trabajan en casi todos los países intentando mediar en los conflictos o haciéndose cargo de las víctimas cuando los esfuerzos por la paz son insuficientes.

Tampoco es algo que caracterice solamente a los católicos; los fanáticos y fundamentalistas de todas las religiones son sistemáticamente descalificados por las máximas autoridades de su credo. Salvo algunos grupos minúsculos, ya nadie puede identificar las opciones religiosas con la violencia; el hombre o la mujer con sentimientos religiosos es hoy asociado a una persona que rechaza, o debería rechazar, la violencia en cualquiera de sus formas.

No siempre ha sido así. La imagen de la Iglesia y de las religiones como generadoras de conflictos de todo tipo y de largas y cruentas guerras no es algo inventado por la imaginación de algunos. Lamentablemente, sobran ejemplos históricos que nos muestran que este compromiso con la solución pacífica de los conflictos que se observa en la actualidad es, en muchos casos, una novedad.
 

Acento latinoamericano

En la realidad de los países latinoamericanos, la violencia ha estado dolorosamente presente en guerras y conflictos armados. Ya sea por enfrentamientos entre naciones como por luchas internas, se ha derramado mucha sangre. Las dictaduras y las enormes injusticias sociales han sido causa de largos e intensos enfrentamientos.

Y, en esta parte del mundo, la influencia de otras religiones ha sido muy poco significativa, así que el peso de los cristianos tanto en la generación como en la solución de los conflictos ha sido importante. En última instancia, las luchas latinoamericanas han sido incluso entre hijos de la Iglesia.

Por eso, para los países del sur de América, en su inmensa mayoría herederos de España o Portugal, esta Iglesia, que ahora se puede observar absolutamente comprometida con la solución pacífica de los conflictos, es una “novedad” de especial importancia. Ya nadie puede apoyarse en la Iglesia para justificar la violencia en cualquiera de sus formas. Los que en otros tiempos aprobaron rebeliones armadas o dictaduras asesinas en nombre de valores cristianos se han quedado completamente sin argumentos.

Sin embargo, esta “novedad” no surge de un avance hacia nuevas doctrinas o del descubrimiento de teorías sociales superadoras. Lo nuevo es que se ha vuelto a lo viejo. Mejor dicho, a lo que nunca envejece: el Evangelio, la figura inagotable y siempre sorprendente de Jesús de Nazaret. En Él la palabra “paz” no es un sentimiento vacío de contenido, ni siquiera es ausencia de tensiones y conflictos; es una manera de superarlos que excluye toda forma de violencia.

Se trata de la cultura del encuentro y las palabras que repite Francisco: “El diálogo, el diálogo, el diálogo”… Son el eco de aquellas palabras del Señor cuando, con violencia, fueron a llevarlo para una parodia de juicio que terminó en la Cruz: “Pedro, envaina la espada”. Nunca habría que haberlo olvidado.

En el nº 2.897 de Vida Nueva

Actualizado
06/06/2014
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