‘Calvary’: la cruz del inocente

Una película que explora el pecado y reivindica la virtud

Fotograma de 'Calvary'

J. L. CELADA | Un confesonario, una condena a muerte y una semana por delante para que el presunto reo “ponga su vida en orden”. El inquietante arranque de Calvary no solo presagia un desenlace sobrecogedor, sino que constituye la primera estación del particular vía crucis que se dispone a recorrer el protagonista de esta historia, un atípico sacerdote irlandés (nada sería igual sin el inmenso Brendan Gleeson) obligado a beber el cáliz amargo de Getsemaní en la pequeña comunidad costera donde desarrolla su ministerio.

La amenaza que activa la cuenta atrás responde a una de las lacras que arrastra la Iglesia de aquel país: los múltiples casos de pederastia que se han producido en su seno durante las últimas décadas.

Sin embargo, lo que aquí nos plantea John Michael McDonagh, autor de El irlandés (2011) –aquel inclasificable thriller policiaco con el propio Gleeson al frente del reparto– traspasa los límites de tales abusos para explorar el territorio del mal y del pecado en sus frentes más diversos. También para reivindicar la necesidad de la virtud, sobre todo, una especialmente devaluada entre nuestras descreídas sociedades: el perdón.

Fotograma de 'Calvary'Una variopinta galería de personajes nos permite descubrir el lado más humano de este exalcohólico, viudo y padre de una hija, convertido ahora en un cura bueno y honrado, que trata de escuchar y consolar a cuantos se cruzan con él a diario. Aunque no siempre tenga respuestas para ellos.

En el templo, en el pub, en el hospital, en la cárcel o en la playa; con un médico ateo, con un rico corrupto, con un anciano huraño…; con vecinos atrapados en la trampa de la mentira, el adulterio o el asesinato…, nunca deja pasar la ocasión de dedicarles un minuto de su jornada y una palabra de aliento, a menudo teñida del mismo humor negro que atraviesa toda la cinta.

Contra el escepticismo reinante, empeñado en firmar el acta de defunción de la Iglesia, nuestro hombre defiende la vigencia de una fe redentora, cuya perpetuación (o pérdida) no esté sujeta al miedo a la muerte. Pero una fe sometida a prueba, porque la maldad no distingue entre inocentes y culpables, víctimas y verdugos. Unos y otros comparten remordimientos o la necesidad de expiar la culpa.

Y mientras prosigue la búsqueda del anónimo penitente, camino de ese domingo en el que la cruz se tornará luz, Calvary va desgranando un rosario de primeros planos y jugosos diálogos –sencillos y directos, como la estructura narrativa que sostienen–, que hacen de un drama así referencia obligada para cinéfilos y creyentes.

Tal vez la cita de san Agustín que abre esta extraordinaria película nos ayude a entender mejor lo que su director trata de decirnos o, al menos, a asumir la escandalosa paradoja que supone vivir en cristiano: “No desesperes, porque uno de los ladrones fue salvado; pero no presumas, porque el otro fue condenado”.

FICHA TÉCNICA

Título original: Calvary.

Dirección y guión: John Michael McDonagh.

Fotografía: Larry Smith.

Música: Patrick Cassidy.

Producción: Chris Clark, Flora Fernández-Marengo, James Flynn.

Intérpretes: Brendan Gleeson, Kelly Reilly, Aidan Gillen, Chris O’Dowd, Dylan Moran, M. Emmet Walsh, Marie-Josée Croze, Domhnall Gleeson, David Wilmot, Orla O’Rourke, Pat Shortt, Gary Lydon, Killian Scott, Owen Sharpe.

En el nº 2.933 de Vida Nueva

Actualizado
13/03/2015
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