Al nivel del sufriente

Manos sucias

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Manos sucias recurre al relato de viaje para dar cuenta de la compleja situación que sufre Buenaventura, el principal puerto sobre el Pacífico colombiano.

Jacobo y Delio llevan años sin verse. Los hermanos se reencuentran tras aceptar por separado el encargo de trasladar por agua una carga de cocaína y entregarla a un enlace en coordenadas extrañas.

Inicialmente, la película interna al espectador en los barrios de Bajamar, donde, a través de falsas promesas, muchos jóvenes son reclutados para hacer “mandados” a los narcotraficantes. Sin embargo, se aleja de los lugares comunes para hacer que entre sus valores se cuente el sitio de enunciación. Gracias a éste, el plano se ubica al nivel del sufriente y no del héroe-criminal.

En la espesura de una región sitiada por la violencia la muerte cobra víctimas demasiado pronto y uno podría comparar la vida toda como un continuo canto fúnebre. “Sálvanos”, es la súplica que reitera la estructura del film, acompañada por el recurso al estribillo, conjunción de canciones del litoral. 

En mar abierto, los hermanos intentarán recuperar algo del tiempo perdido. Entonces, el esquivo sol  iluminará fugaces momentos de aparente liberación. Sin embargo, cuando hay un trabajo por hacer el tiempo apremia. Jacobo y Delio llegarán hasta el límite de la supervivencia a cambio de una semana más de oportunidades (así de escasas son éstas en el país del desconcierto).

Intercambio cultural

“Buenaventura prestó su alma a la película, hubo mucha generosidad por parte de la comunidad”, señala Josef Kubota Wladyka, director del proyecto. El joven realizador conoció acerca de la región en 2007. En 2010, siendo estudiante de la escuela de cine en la Universidad de Nueva York, volvió para iniciar una investigación. Su idea era penetrar el mundo de los jóvenes que viven historias impresionantes, vinculados al negocio del narcotráfico. “Grabamos en barrios donde la policía no va”, comparte en entrevista con El País, “acabamos haciendo un taller de cortometraje con cámaras de celulares para tratar de transmitirle a los jóvenes cómo contar una historia visualmente, porque allá hay muchas historias”. De esos relatos se nutrió el film, más adelante, en el momento de su producción. 

El resultado es una película que conmueve hasta la médula, que lleva a que el observador se enfrente a la complejidad de un mundo donde no es posible ubicar a los buenos a un lado y a los malos a otro. La historia de Jacobo y Delio es hoy la historia de muchos jóvenes que esperan una mejor suerte para su región.

Miguel Estupiñán

Actualizado
02/11/2014
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